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Xavier Correo: el triundo del deseo

Está en la Fundación Luis Seoane, de A Coruña. Os día pintados cubre toda la vida de este artista singular. Ha tenido una existencia plena, intensa y sigue teniéndola. Y eso se nota en sus lienzos....

TEXTO Y FOTOS XURXO FERNÁNDEZ   | 05.02.2017 
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Es una antológica de las que llamaríamos completistas. De esas que conservan piezas de cada momento de su vida. Para curiosos, incluso está un cuadro de 1971 que vale su peso en oro: A Tàpies xeóuselle un pé no medio da natureza. Y un buen montón de sus piezas mexicanas... Hay una sensación palpable: Xavier Correa Corredoira es uno de esos pintores tormentosos, demoledores, tremendos, en los que nada queda al azar. Ni falta tampoco nada. Ni sobra, por supuesto...

La elección ha sido perfecta, extraordinaria. Es, paso a paso, su evolución tal como uno la recuerda. Y me precio de haber visto cada una de sus fases. Y hay algo más: él es de los que son capaces de cambiarnos con su magia...

CATÁLOGO DE IMÁGENES PERDIDAS


ÉRASE UNA VEZ, O NACIMIENTO DE UN NUEVO MITO

Corrió la voz insistentemente. Todo parecía indicar que el pintor había encontrado pasta para largarse un tiempo a las tierras del chamán de nombre caballeresco, fundamentalmente para comer botones de peyote. Leíamos entonces al ensayista revoltoso, que nos contaba que había realidades aparte, y que uno hasta podía hacerse invisible, o teletransportarse, o volar ocupando el corazón de un cóndor o un águila. Le creíamos. Quizás no hubiese truco, y lo de las cápsulas que ingería el mago fuera, simplemente, una pequeña ayuda para situar al espíritu en la lanzadera anímica. O tal vez sí que lo de la ayahuasca funcionaba a nivel químico, y creaba por su cuenta un infinito muestrario de imágenes sincopadas y expresivas. Uno podía ser cualquiera, y hacer absolutamente cualquier cosa. Más tarde me quitaría de mi error de apreciación el propio pintor. No. No había probado nada. Pero había experimentado algo insólito: la transfiguración de los colores. Aquellas tierras lo multiplicaban todo. Incluído el sexo. Parecía una aventura del viejo Oeste, donde las balaceras quebraban en mil pedazos la tranquilidad de una noche plagada de olor a cerveza y a comejenes. Todo fue mejor para él desde entonces. Antes, creo que habíamos hecho lo mismo: vacilar imprudentemente, o tal vez leer mucho y bien, y, por supuesto, oír mucha música. Nos traía locos un tipo con voz de volcán en erupción, incluso cuando estábamos juntos en un infierno que, para abreviar, llamaban internado. Recuerdo que, para pasar el tiempo, él rompía puertas con la cabeza y yo me solazaba con el virtuosismo dactilar. Pero, como digo, las cosas fueron bien. Fuímos viéndonos más tarde, de regreso de otra vuelta de tuerca vital. Una vez le regalé una foto que le había hecho a aquél que tanto nos gustaba. Creo que siempre la tuvo en su estudio, como testigo curioso -al menos esa es la expresión que tenía en el momento del disparo- de su labor diseccionando sueños. El otro día volví a ver al pintor. Me acompañaba un filósofo sicalíptico. Aguien importante, pues. Ví, en aquellos espacios magníficos, su vida. Su mirada, como notario sentimental de un tiempo, nos contaba docenas de historias, aparte de la suya propia. Cuando salimos de allí, nos encontramos al escritor, que había tejido unas palabras para su colega artista. Tuve la sensación de que se había cerrado un ciclo: haber absorbido tanto, disfrutándolo, para luego darlo todo. ¿Y qué queda...? El deseo, claro... XF