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"La Vuelta al Mundo en 80 Años"

11.09.2016 
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Ese esquema social, absurdo y grotesco, se fue diluyendo de forma progresiva a partir de los años sesenta y se derrumbó precipitadamente en los años setenta, hasta no quedar nada de ello. Atrás quedó la España de los que eran "de buenas familias", el "está estudiando para ingeniero", o el apabullante y definitivo "tiene coche" que inmediatamente clasificaba a los de arriba y a los de abajo; sin olvidar la pregunta burlona "¿pero tú trabajas?".

Esa era "la España de charanga y pandereta", de Lola Flores y Cifesa y el NO-DO, de los pantanos inaugurados, de Su Excelencia el caudillo, de Los últimos de Filipinas, de Pablito Calvo (Marcelino pan y vino), de la Agustina de Aragón rediviva (Juan de Orduña y Aurora Bautista), de Bobby Deglané y la Cabalgata Fin de Semana, de Juanito Valderrama y sus canciones sentimentales y patrióticas, de García Sanchiz y sus "españoleadas", del Instituto de Cultura Hispánica y sus juergas transatlánticas, de las oposiciones para cualquier cosa, del peligro bolchevique y la conspiración judeo masónica. De aquella época también nos quedan algunas cosas positivas, aunque no sean muchas más que las carcajadas amargas de La Codorniz, el Talgo y la genialidad fugaz del Pegaso, un automóvil totalmente español, que iba a convertir a España en rival temible de Masserati, Mercedes Benz y General Motors y se quedó en solo cien suspiros, bastante menos que los veinte mil ejemplares del Biscuter de los años cincuenta, la edición española del auto popular (Volkswagen) hitleriano y antecedente del SEAT 600, que en los años sesenta empezaría a invadir las carreteras españolas y realizar el sueño hasta entonces inalcanzable de "tener coche"...

...Un ejemplo de "acción directa". ... En ese ambiente de tensión política, yo decidí pasar a la acción y contribuir en algo a la lucha antifranquista, sin planear muy bien las cosas, ni medir las posibles consecuencias, pues debe recordarse que en los años inmediatamente después de la Guerra Civil, la represión era muy fuerte. Esto fue lo que pasó en 1945 o 1946; no estoy muy seguro del año. Quería mandar un mensaje que provocara cierta reacción entre la oposición a Franco, así que me pareció que pintar mensajes subversivos en las calles del pueblo podría tener resultados. Mi proyecto era pintar en lugares estratégicos del pueblo la hoz y el martillo y las iniciales UHP (Uníos Hermanos Proletarios), lo cual no significaba mi identificación con una definición política concreta, sino que expresaba más bien mi vaguedad ideológica, pues todavía no me aclaraba bien ni apreciaba los matices debidos, en los distintos colores de la oposición a Franco.

Para realizar esa operación, preparé primero unos moldes de cartón y unos botes de pintura, aplanados, para esconderlos bajo el pantalón, en la cintura. También preparé las brochas, y esperé el momento que me pareció oportuno. Ese llegó cuando vino al pueblo una trupe de gitanos titiriteros, que ofrecieron un espectáculo en la plaza mayor del pueblo. Ese día iba a haber mucha gente en la calle y no llamaría la atención que yo anduviera a altas horas de la noche por la calle. Pero la presencia de gente por las calles tenía un lado negativo y es que alguien podría quedarse demasiado tarde y descubrir lo que hacía, así que pensé que era necesario dejar el pueblo a oscuras, y se me ocurrió la estupenda idea de sabotear el transformador del pueblo. Para ello había hecho ciertas preguntas a un amigo, que me explicó la forma de hacerlo. No era muy complicado, pues bastaba con provocar un cortocircuito en los cables de entrada y eso podía conseguirse lanzando un alambre que estableciera un puente entre los cables. Puse manos a la obra y conseguí un alambre de alrededor de metro y medio y en un extremo enrollé el cable a una piedra, y al otro extremo le até un cordel.

Llegada la noche fui al espectáculo y a punto de terminar dije que me retiraba a la casa, pero me escondí en una zona obscura, cerca de la carretera. Cuando constaté que la gente había marchado a sus casas, fui hacia al transformador y en la parte de atrás, por donde llegan los cables de alta tensión, lancé mi artefacto. El primer intento fracasó, porque no alcancé la altura; al segundo volví a fracasar, porque me pasé y el alambre con la piedra no tocó los cables, pero el cordel se enrolló en los cables y al tirar del cordel se rompió. El alambre permaneció colgado de los cables durante varios meses, sin que nadie se preguntara qué hacía allí. Fui extraordinariamente afortunado que no hubiera tenido éxito mi operación de sabotaje, como puede comprobar varias semanas más tarde, pues un vecino del pueblo, en un acto desesperado producido por la depresión, se lanzó contra los cables y el cortocircuito que produjo, además de dejar a obscuras el pueblo, produjo una llamarada que se observó a varios kilómetros del pueblo.

A pesar de que había fracasado la parte previa de mi proyecto, continué con el resto y me dediqué a pintar el mismo transformador, y varios edificios en la carretera y otras calles y cuando estaba pintando en una puerta de la muralla, en la calle llamada Entre las cercas, oí pasos, que me hicieron pensar que alguien dentro de la casa al oír ruido iba a abrir la puerta, así que di un salto hacia atrás, y al salir de la obscuridad hacia la luz me topé con una persona que venía por la calle y que al verme saltar salió despavorida corriendo calle abajo, al mismo tiempo que yo corría calle arriba. Ante el riesgo de que me descubrieran, decidí acabar mi correría: tiré los trastes a una finca y me fui para la casa de mis abuelos. Al día siguiente se armó un desbarajuste: los pasajeros de los autobuses de línea que pasaban por la carretera con dirección a la capital de Orense, vieron las pintadas y le añadieron su propia imaginación, describiendo un pueblo ocupado por las guerrillas. De Orense mandaron a guardiaciviles a averiguar que pasaba, y por de pronto cubrieron con cal todas las pintadas, que con la primeras lluvias volvieron a quedar al descubierto y pudieron verse durante muchos años...

En las semanas siguientes, mandaron al pueblo a un policía de la brigada político-social que, curiosamente, iba al comercio de mi padre para charlar con él acerca de la investigación que realizaba. Cuando yo estaba presente me ponía muy colorado y tenía que esconderme bajo el mostrador. Pasado el primer impacto, el único efecto de lo que había hecho fue una serie de reuniones que según supe, habían realizado algunas personas del pueblo, no afectas al régimen. No pasó nada más. Unos meses después, las autoridades averiguaron que aquello había sido una especie de travesura juvenil y tuvieron el buen tino de dar todo por olvidado.

Mi familia era republicana, y mi madre conservó, durante todo el periodo franquista, una bandera republicana doblada, sobre la mesa de la sala. Su mayor ilusión era que llegara el día en el que pudiera colocarla a lo largo del barandal del balcón.

Tras la rendición alemana, se incrementaron nuestras esperanzas de que desapareciera el franquismo, y la terrible noticia de las bombas nucleares sobre Hiroshima y Nagasaki, que en aquel momento todavía no se percibían en su verdadera magnitud, nos reafirmó en ello, pero la terminación de la Segunda Guerra Mundial no significó para los demócratas españoles lo que se esperaba. Es verdad que aparecieron después muchos indicios que preludiaban dificultades serias para la dictadura, como la negativa de permitir la entrada de la España franquista en la Organización de Naciones Unidas y las sanciones que la Organización impuso al régimen de Franco y que llevaron a su aislamiento, con la retirada de los representantes diplomáticos acreditados en Madrid; también la negativa de incluirla en el Plan Marshall.

Internamente, el régimen encontraba otras dificultades, y los militares estaban inquietos y entre ellos había una facción partidaria del restablecimiento de la monarquía, mientras que algunos republicanos, mantenían un serio desafío con una actividad guerrillera bastante extendida, al menos hasta 1947. Por si fuera poco, la Falange tomaba ciertas distancias respecto a Franco, que había iniciado una ofensiva contra ellos desde 1942, cuando había eliminado a los sectores más irreconciliables. Ello no impedía el mantenimiento de una retórica falangista que cada vez sonaba más hueca...

... La Encuesta Pinillos y el despertar político de los universitarios españoles. También hice un diplomado en el Instituto Jaime Balmes de Sociología, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. El tema era Métodos de Investigación de las Actitudes Sociales, y estaba dirigido por el profesor José Luís Pinillos.

El trabajo colectivo que hicimos bajo su dirección, fue una encuesta para medir la actitud de los jóvenes respecto al régimen franquista. Una vez elaborado el cuestionario, que se discutió como trabajo de clase, a algunos de los participantes en el curso, nos entregaron una parte de los trescientos ejemplares que se habían impreso, y que debíamos de repartir para que los respondieran los estudiantes. A mí me tocó, entre otros lugares, la Facultad de Farmacia. Esa fue la famosa Encuesta Pinillos, para cuya realización se nos dijo que teníamos el respaldo de ciertas personalidades, incluyendo al ministro de Educación Joaquín Ruiz-Jiménez, al rector de la Universidad Central, Laín Entralgo y Monseñor Antoniutti, el nuncio.

Los resultados de la encuesta fueron analizados en la clase y el profesor nos pidió que los mantuviéramos reservados; pero alguien los filtró, porque poco tiempo después los escuché en la BBC de Londres. Preocuparon tanto al gobierno, que fue tema de discusión en un Consejo de Ministros. Fue una desagradable sorpresa para la dictadura, que creía tener controlada a la juventud española y que en las respuestas a la encuesta, demostraba independencia y despego frente a las instituciones del Estado franquista. No conservo copia ni del cuestionario ni de las respuestas. Hasta entonces la universidad española había estado relativamente tranquila y las inquietudes políticas las encauzaba, más o menos, y las manipulaba, tanto como podía, el SEU (Sindicato Español Universitario). Pero las cosas empezaban a cambiar, porque los estudiantes universitarios, prácticamente todos procedentes de la clase media, empezábamos a encontrar puntos de coincidencia entre nosotros, descendiéramos de uno u otro bando, y nos empezaba a fastidiar que se nos tratara de encasillar en confrontaciones del pasado. De ahí el gran éxito que tenían siempre los encabezados de las presentaciones orales o publicaciones, que se iniciaban con aquellas palabras que anunciaban una ruptura con el pasado, que nos negábamos a repetir: "Nosotros, los hijos de los vencedores y de los vencidos". Nos negábamos a ser herederos del odio entre españoles.

Entre las inquietudes políticas y la preocupación por el futuro, en la España inmóvil de la primera mitad de los años cincuenta, iban transcurriendo los años, salpicados también por las calenturas propias de la edad. Metido en la dinámica de trabajo que me había llevado a la recuperación del tiempo perdido (¿?) en los primeros años de la carrera de derecho, me dejé llevar por la corriente pequeño burguesa, de tratar de conseguir una posición económica estable y segura. En aquel entonces, la clase media soñaba con triunfar en unas oposiciones y llegar al nirvana de un puesto fijo en la burocracia del Estado.

Ser notario era el sueño de muchos jóvenes españoles, que una vez terminada la carrera de derecho, pasaban los mejores años de su vida destrozando el cerebro, para ganar una oposición que les garantizara un ingreso y una posición social. Trabajaban muy duramente, preparándose para las oposiciones, en alguna escuela de las muchas que vivían de eso. La preparación consistía en el aprendizaje memorístico de los temas y la repetición ante los profesores, quienes, reloj en mano, medían el tiempo que tardaba el pretendiente en recitar la lección y hacían recomendaciones que iban de un aumento en la velocidad de la expresión, hasta un recorte de los temas, para ajustarlos al tiempo disponible. Diciéndolo de otro modo, más cruel, pero real, los jóvenes titulados de la carrera de derecho, normalmente los más brillantes, se dedicaban varios años, de tres a cinco o más, no a mejorar sus conocimientos, sino a reducirlos, para acomodarlos al formato de la oposición. Como el número de plazas era muy reducido y el de opositores era muy elevado, ese sistema absurdo llevaba a la esterilización de muchos de los cerebros más brillantes de la juventud española. Y ¿qué pasaba con los que conseguían superar las pruebas y alcanzar la ansiada notaría? Le daban una plaza en un pueblo, a donde iban a vegetar, dejando que los funcionarios inferiores hicieran el trabajo; lo único que tenían que hacer era pasear y dejarse cortejar por las muchachas en busca de marido. Lo mismo pasaba con los que hacían las oposiciones a judicatura, registradores, abogados del Estado, etc. Los abogados hacían la oposición el terminar la carrera, los ingenieros debían hacerla antes, para entrar a las Escuelas Especiales, pero al final el resultado era el mismo: para la inmensa mayoría, el fracaso inevitable por la carencia de plazas suficientes y para los pocos que conseguían salvar los obstáculos, el sacrificio de los mejores años de la vida, para conseguir un ingreso fijo, al precio de renunciar a la creatividad y al ejercicio de la inteligencia.

Yo estuve como tres meses, sometido a esas rutinas "entontecedoras", y un día me puse a soñar despierto: soñé que después de tres años de preparación ganaba un puesto de notario y me enviaban a un pueblo, a dormir, a comer y a tratar de conseguir a la rica (que lo fuera y de ser posible que también estuviera rica) del pueblo; y a engordar y envejecer en medio del aburrimiento que da la seguridad de que no va a pasar nada extraordinario, ni bueno ni malo. Y me quedé aterrado; así que cambié de rumbo y decidí seguir un camino en el que no iba a trabajar para saber menos, sino para saber más y en el que la incertidumbre del futuro obligaba a asumir riesgos de derrotas, pero también abría perspectivas de esperanza...