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Vida, pasión y muerte de una revista

Desde su inicio, el 22 de mayo de 1976, se convirtió en un modelo único. Su falta de adaptación a la red acabó con ella

XURXO FERNÁNDEZ  | 21.01.2018 
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CUENTA ATRÁS

Interviu nace en mayo de 1976 exactamente a la par que la transición, y a un año vista de las primeras elecciones democráticas tras la dictadura. Lo mismo que el diario el país. La una y el otro comienzan a ejercer un cierto magisterio informativo en medio de un erial. Hasta entonces, podía haber buenos o malos medios de comunicación de masas, pero, o bien eran accesibles, y entonces eran monocromáticos (azul sombrío) o eran inaccesibles, sólo al alcance de los bolsillos privilegiados o de aquellos capaces de detectar una trastienda clandestina... o, cómo no, de viajar al extranjero. hay una casuística amplia en el seno de este último grupo: desde Vieiros, impresa en méxico y distribuída en mano y con grandes precauciones, o la carísima Índice, en manos sólo de las élites, que se permitía el lujo de decir, en 1972: "lo de franco no volverá a pasar..." aunque había alguna que otra que batía récords del uso de expresiones de doble sentido, en las que había que leer con un código, como en Cuadernos para el diálogo. Pues bien, el objetivo base de Interviu fue desvelar lo oculto (tanto las ideas como los senos)...

GÉNESIS DEL MEDIO QUE CAMBIABA LAS COSAS

Siempre se ha dicho que el verdadero inventor de interviu fue Manuel Martín Ferrand, quien habría recibido el encargo de montar una revista de tetas y política por parte del empresario Antonio Asensio. El hecho de que no fuera él el primer director obedecería a razones contractuales enormemente complejas, gracias a lo cual el primero que tomaría las riendas desde el principio sería Antonio Álvarez Solís, un veterano periodista de los de raza, extraordinario columnista pletórico de ideas y con un sentido del humor extraordinario.

Desde el primer número, el nuevo producto mediático tuvo un éxito enorme. Las novedades, respecto de aquél entorno gris que predominaba en 1976, recién enterrado de una vez por todas Franco (que no tanto el franquismo, como todo el mundo sabe) en el Valle de los Caídos, eran bastante obvias. Comenzaba el destape, si bien, en ese momento, bastante tímido. Y comenzaba, también, un largo rosario de denuncias contra el abuso de poder, el verdadero papel de las fuerzas armadas y de los cuerpos de seguridad del Estado (y esto, en medio de la batalla campal entre, por ejemplo, ETA y la Guardia Civil), y a intentar dinamitar todos los resquicios malolientes de ese fascismo tan salvaje y, desde luego, tan pintoresco, reinante durante la friolera de 36 años...

Ese rosario de denuncias de que hablamos comenzó a entrelazarse (por el lógico principio de acción y reacción) con una cadena de detenciones, juicios, zancadillas legales y las múltiples miserias dependientes del tristemente célebre Tribunal de Orden Público. Una dinámica que, a lo largo del tiempo, y por las razones de siempre –el enfrentamiento con el poder–, se mantendrían incluso durante la ya establecida democracia formal...

A partir de Álvarez Solís, se sucedieron una serie de directores tan efectivos como peculiares. El segundo en la lista fue una suerte de hippy encantandor: Darío Giménez de Cisneros, quien, justo a continuación, fundaría un diario de barrio que soliviantó los cimientos de una de las zonas más populares de una Barcelona efervescente. Era El Sol de Gracia. Y luego vino otro tipo humanamente colosal, Eduardo Álvarez Puga... Y por ese cargo llegarían a pasar varios profesionales muy conocidos, como Agustín Valladolid, o auténticos mitos en la flor de la vida, como el caso de la inconmensurable Teresa Viejo, que mantendría su célebre página Hombres, modo de empleo hasta el último número de enero de 2018...

Esos primeros tiempos fueron convulsos para la revista, respondiendo a aquella inestabilidad general en toda España, que estuvo a punto de naufragar en una famosa asonada, el 23 de febrero de 1981.

Hubo miembros de la redacción que, por ser muy arrojados (o que iban muy al fondo de las cosas en cuestiones de investigación política o criminal –y, con frecuencia, en las dos juntas–), se convirtieron en un objetivo claro de la extrema derecha. Tipos como Xavier Vinader, por ejemplo, que habría de huir por piernas del país, pasándose unos cuantos años voluntariamente desterrado.

Desde un primer momento, el plantel de columnistas fue espectacular. Por ahí pasó Manuel Vázquez Montalbán, en los primeros tiempos del Detective Carvalho, o Camilo José Cela, con sus Cachondeos, escarceos y otros meneos, o el veterano director de Pueblo, Emilio Romero, con sus Cartas porno-políticas, Francisco Umbral y sus Mitologías, Yale y sus Españolas sin sostén, Tip y Coll (Tipycoll Spain), Fernando Fernán Gómez, Alfredo Amestoy, Adolfo Marsillach... O Eleuterio Sánchez, El Lute. Y hasta un anciano pero muy vital Xavier Cugat, en un tiempo en el que ya no daba un paso fuera de su magna suite del Ritz de Barcelona... Más recientemente, Sabina mantuvo una tercera página en verso francamente adictiva. Y Ramón de España, una Parrilla de España imprescindible. O Juan José Millás y su Papel mojado...

Hay quien insiste en que el problema es que descuidaron las redes sociales. También se dice que sus chicas de portada no eran, desde hace tiempo, gran cosa. Sea como fuere, su muerte ha sido una desgracia para todos...