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tribuna libre

La verdadera escuela de la vida

Por Begoña Peñamaría

04.09.2016 
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Hay personas que, sin saberlo, se pasan su vida entera habitando en el interior de una cápsula de cristal de la que muchos realmente anhelan salir, pero que en el fondo no se atreven siquiera a intentarlo por miedo a descubrir que lo que hay en el exterior pueda romper los esquemas con los que han sido "educados" con "esmero" por parte de unos ancestros que, en su mayoría, por una razón o por otra, han querido creerse a pies juntillas que su forma de vida era la mejor de las formas posibles...

Estos mismos antepasados a los que menciono se hubieran rasgado las vestiduras, al menos de cara a la galería, si tuvieran que ver a sus descendientes viviendo una vida al desuso... Una vida al margen de la ficticia escuela de la vida de la que provienen... Pero las vidas al desuso, cada vez lo son más al uso...

El mundo da vueltas al mismo ritmo en que nosotros cambiamos... Y pobre de aquel que no sepa adaptarse a las nuevas circunstancias o que sea incapaz de "tolerar" los cambios sufridos en las existencias vecinales... Más que nada, porque tal y como señala un famoso refrán español: cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar... Y yo, haciendo alusión a otro, recomiendo además no decir jamás de esta agua no beberé y me repito a mí misma continuamente que torres más altas han caído. Sobre todo, porque los devenires a los que nos vemos sometidos, en la mayor parte de los casos no dependen solamente de uno mismo.

Sé muy bien de lo que hablo, porque hace un par de años y por accidente, mi "perfecta" burbuja se rompió y tuve que reinventarme... Y en esa reinvención, conocí a todo tipo de gente, descubrí a personas que me enriquecieron emocionalmente y a otras que no me aportaron nada en absoluto pero, sobre todo, me topé conmigo misma, que en realidad siempre había sido igual..., aunque por causas ajenas a mi voluntad llevaba algún tiempo viviendo dormida... Y cómo reza el título de mi última novela publicada -puede que visionaria o a toro pasado puede que premonitoria-, había una vida esperando... Descubrí de golpe y a contrapelo que todos los sitios en los que había estado parecían ahora distintos..., que las casas que antes me miraban serias o no me miraban, ahora me sonreían porque en su interior vivían Jaime, Eva o Luis...; que los árboles se movían acariciados por la brisa y que cada hoja que los componía era diferente a las demás... Escuché historias que me inspiraron y viví en carne propia otras que me motivaron... Aprendí a andar conmigo..., y de tanto hacerlo, ya me gusta lo que me pasa... Descubrí que la verdadera alegría de la vida es que exista gente corriente, que al final es la menos corriente de la gente... Y percibí en carne propia cómo la verdadera suerte casi siempre viene de la mano de alguna otra persona...

Personas normales como casi todos los que poblamos este mundo que a veces parece absurdo y otras parece perfecto, según nos vaya la fiesta... Gente común cuya única formación realmente importante es la de persona... La de buena persona a poder ser, tolerante, solidaria, consecuente y poseedora de una conciencia tranquila... Y todo esto, señores, solamente puede obtenerse en una escuela que no es de pago y que está al alcance de todos aunque unos hagan mejor uso de ella que otros-; la escuela de la vida REAL..., que a veces nos hace llorar y a veces nos hace reír, que nos deja en cueros con nosotros mismos y en la que poco valen los bienes materiales acumulados.

Echemos de nuestra vida real a la gente tóxica y nociva. Paremos el tiempo un rato para fijarnos en lo pequeño, en lo menudo, en lo bello... Dejemos que la vida nos bese en la boca, invitémosla a tomar café, seamos felices como los niños a la salida de la escuela... Pero procuremos no olvidarnos de que esa misma vida puede retornar haciéndonos una broma macabra, regalándonos un sueño escurridizo o un borrón en el cuaderno... Por eso, lo único realmente importante es sacarle provecho a la escuela de la vida real para vivir lo que venga, para jugar con ella a las canicas, para perder o ganar el partido pero, sobre todo, para no dejar de jugarlo de la mejor forma posible y sin quedarnos anclados en un pasado, a buen seguro, idealizado.

 

(*) La autora es diseñadora