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Un lugar, un tiempo, una mirada

Extractos de la obra, de próxima aparición, 'La vuelta al mundo en ochenta años', Vol. I, 1931-1976, de Modesto Seara Vázquez. Un viaje reflexivo a través del tiempo y del espacio recorriendo diferentes lugares en momentos de su historia que han llenado la vida del autor.

11.09.2016 
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En Navidad, Semana Santa y el Verano pasábamos en casa (Allariz) las vacaciones. Algunos trataban de divertirse todo el tiempo. A nosotros, en casa nos imbuyeron el valor del trabajo muy firmemente y teníamos que trabajar en los comercios de la familia, así que no teníamos tanto tiempo libre. Recuerdo los consejos de mi abuela paterna, que siempre nos decía que no había ningún trabajo indigno, que lo único indigno era no trabajar. No era una filosofía de la vida muy común en la España de los años 40, en la que pervivían los prejuicios medievales, contra el trabajo. Había todavía quienes presumían de ser hijosdalgo y por menos de nada trataban de recordarnos sus títulos y sacaban pergaminos que olían a moho.

Era una sociedad clasista, ridículamente clasista, porque la aristocracia del pueblo, apenas tenía para comer con las rentas de las propiedades que les quedaban, que cada vez valían menos. Pero eso sí, se daban el lujo de levantarse tarde, salían a pasear por el pueblo, tomaban unos vasos de vino, iban a comer, luego al Casino del pueblo, el lugar más elegante, al que sólo tenían acceso los socios. Había también otros lugares de reunión para las otras clases: la sociedad de artesanos, para los del medio (llamarle clase media sería un poco impreciso) y otro sitio que era a donde acudían los jóvenes de las aldeas y las criadas. Los de arriba podían entrar en los lugares de los de abajo, pero los de abajo no podían ir a los de arriba.

Así era aquella sociedad pueblerina, clasista, reaccionaria e inmovilista. Recuerdo las sesudas conversaciones del Casino, en los veranos calurosos de la década de los años cuarenta, en que se preguntaban cómo se podría transformar el pueblo y hacerlo crecer, y sólo se les ocurrían dos soluciones: descubrir petróleo o que llegaran los norteamericanos con un Plan Marshall (al estilo de la película Bienvenido Mr. Marshall).

A ninguno se le ocurría una sencilla solución, al alcance de todos: ponerse a trabajar. Al Casino iban después de comer, los señoritos a tomar café, y quizás una copa de coñac; también jugaban una partida a las cartas, para regresar a la casa a refrescarse y volver de nuevo a la calle. Una vida parasitaria, que años más tarde iba a tener consecuencias, porque para esos señoritos llegó el momento en que no pudieron competir con los de abajo, que marcharon a la emigración dentro o fuera de España (a Europa principalmente) y ya en la época del desarrollo volvieron con dinero ahorrado y con hábitos de trabajo que los señoritos del pueblo no tenían.

El desarrollo económico y la transformación política que vino después, acabó con esa plaga, que no se entiende bien fuera de España. Cuando quiero explicar en otros países qué era eso de los señoritos me encuentro en serios aprietos, aunque abunden las definiciones. Sólo cuando vi la película Los santos inocentes, de Mario Camus, encontré la forma adecuada de explicarlo. A quienes me piden que se lo explique, les recomiendo que la vean; todos acaban diciéndome que ya entienden lo que era el repugnante señorito.