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CINCO CUENTOS ÁRABES ANÓNIMOS

En un lugar perdido de un árido desierto

Sheherazade contando su primera historia al Sultán, por John Dawson Watson. He ahí el arquetipo perfecto de narrador oral. Un ejemplo árabe que ha trascendido a occidente con extraordinaria fuerza
Sheherazade contando su primera historia al Sultán, por John Dawson Watson. He ahí el arquetipo perfecto de narrador oral. Un ejemplo árabe que ha trascendido a occidente con extraordinaria fuerza

JOSÉ LUIS GARCÍA   | 26.02.2018 
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Mucho antes de la cultura escrita hubo una tradición oral. De padres a hijos, durante generaciones, a lo largo del tiempo, fueron transmitiéndose la lengua, los secretos, los diversos saberes prácticos, los pensamientos más profundos, la relación del pueblo con sus dioses, sus gestas, sus fracasos.
Cuando comienza la era de la escritura, todo eso irá pasando a la pizarra, al papiro, al pergamino; mucho más tarde, al papel. A pesar de que toda esa sabiduría acabará impresa, los cuentos de tradición oral siguen cumpliendo su función en la sociedad. Y en algunas culturas, como la árabe, cobra una importancia decisiva.
He aquí cuatro hermosos cuentos de origen sufí (alguno aparece, con variantes, en Las mil y una noches). Tienen la virtud y la magia de saber que se han oído de viva voz. Y que se espera, de todo aquel que los lea, que los repita a sus amigos, a sus familiares, a los viajeros de paso...

‘Amigos’. Dos amigos viajaban por el desierto. En un determinado punto del viaje discutieron, y uno le dio una bofetada al otro. El otro, ofendido, sin nada que decir, escribió en la arena: “Hoy, mi mejor amigo me pegó una bofetada en el rostro”
Siguieron adelante y llegaron a un oasis donde resolvieron bañarse. El que había sido abofeteado y lastimado comenzó a ahogarse, siendo salvado por el amigo. Al recuperarse tomo un estilete escribió en una piedra: “Hoy, mi mejor amigo me salvó la vida”.
Intrigado, el amigo preguntó: ¿Por qué después que te lastimé, escribiste en la arena y ahora escribes en una piedra?
Sonriendo, el otro amigo respondió: Cuando un gran amigo nos ofende, deberemos escribir en la arena donde el viento del olvido y el perdón se encargaran de borrarlo y apagarlo; por otro lado cuando nos pase algo grandioso, deberemos grabarlo en la piedra de la memoria del corazón donde viento ninguno en todo el mundo podrá borrarlo.

‘Aserrando una rama’. Nasrudín subió a un árbol para aserrar una rama. Alguien que pasaba al ver cómo lo estaba haciendo le avisó: “¡Cuidado! Está mal sentado, en la punta de la rama... Se irá para abajo con ella cuando la corte”. 
¿Piensa que soy un necio que deba creerlo?, ¿o es usted un vidente que pueda presidir mi futuro?, preguntó Nasrudín.
Sin embargo, poco después, como siguiera aserrando, la rama cedió y Nasrudín terminó en el suelo. Entonces corrió tras el otro hombre hasta alcanzarlo: ¡Su predicción se ha cumplido! Ahora dígame: ¿Cómo moriré? 
Por más que el hombre insistió no pudo disuadir a Nasrudín de que no era un vidente. Por fin, ya exasperado le gritó: ¡por mí podrías morirte ahora mismo!
Apenas oyó estas palabras, Nasrudín cayó al suelo y se quedó inmóvil. Cuando lo encontraron sus vecinos lo depositaron en un féretro. Mientras marchaban hacia el cementerio, empezaron a discutir acerca de cuál era el camino más corto. Nasrudín perdió la paciencia y, asomando la cabeza fuera del ataúd, dijo: Cuando estaba vivo solía tomar por la izquierda; es el camino más rápido.

‘Deseos’. Un emperador estaba saliendo de su palacio para dar un paseo matutino cuando se encontró con un mendigo.
Le preguntó: ¿Qué quieres?
El mendigo se rio y dijo: ¿Me preguntas como si pudieras satisfacer mi deseo?
El rey se rio y dijo: Por supuesto que puedo satisfacer tu deseo. ¿Qué es? Simplemente dímelo.
Y el mendigo dijo: Piénsalo dos veces antes de prometer.
El mendigo no era una mendigo cualquiera. Había sido el maestro del emperador en una vida pasada. Y en esta vida le había prometido: “Vendré y trataré de despertarte en tu próxima vida. En esta vida no lo has logrado, pero volveré...”
Insistió: Te daré cualquier cosa que pidas. Soy un emperador muy poderoso. ¿Qué puedes desear que yo no pueda darte?
El mendigo le dijo: Es un deseo muy simple. ¿Ves aquella escudilla? ¿Puedes llenarla con algo?
Por supuesto, dijo el emperador.
Llamó a uno de sus servidores y le dijo: Llena de dinero la escudilla de este hombre.
El servidor lo hizo... y el dinero desapareció. Echó más y más y apenas lo echaba desaparecía. La escuadrilla del mendigo siempre estaba vacía.
Todo el palacio se reunió. El rumor se corrió por toda la ciudad y una gran multitud se reunió allí. El prestigio del emperador estaba en juego. Les dijo a sus servidores
Estoy dispuesto a perder mi reino entero, pero este mendigo no debe derrotarme.
Diamantes, perlas, esmeraldas... los tesoros iban vaciando. La escudilla parecía no tener fondo. Todo lo que se colocaba en ella desaparecía inmediatamente. Era el atardecer y la gente estaba reunida en silencio. El rey se tiró a los pies del mendigo y admitió su derrota.
Le dijo: Has ganado, pero antes de que te vayas, satisface mi curiosidad. ¿De qué está hecha tu escudilla?
El mendigo se rio y dijo: Está hecha del mismo material que la mente humana. No hay ningún secreto... simplemente está hecha de deseos humanos.

‘El agua del Paraíso’. Un beduino seco y miserable, que se llamaba Harith, vivía desde siempre en el desierto. Se desplazaba de un sitio a otro con su mujer Nafisa. Hierba seca para su camello, insectos, de vez en cuando un puñado de dátiles, un poco de leche: una vida dura y amenazada. Harith cazaba las ratas del desierto para apoderarse de su piel y hacía cuerdas con las fibras de las palmeras, que intentaba vender en las caravanas.
Sólo bebía el agua salobre que encontraba en los pozos enfangados.
Un día apareció un nuevo río en la arena. Harith probó aquella agua desconocida, que era amarga y salada, e incluso un poco turbia. Pero le pareció que el agua del verdadero paraíso acababa de deslizarse por su garganta.
Llenó dos botas de piel de cabra, una para él y otra para el califa Harun al-Rasid, y se puso en camino hacia Bagdad. A su llegada, tras un penoso viaje, le contó su historia a a los guardias, según la práctica establecida, y fue admitido ante el califa. Harith se postró ante el Comendador de los Creyentes y le dijo: No soy más que un pobre beduino, ligado al desierto donde el destino me ha hecho nacer. No conozco nada más que el desierto, pero lo conozco bien. Conozco todas la aguas que allí se pueden encontrar. Por eso he decidido traértela para que la pruebes.
Harun al-Rasid se hizo traer un cubilete y probó el agua del río amargo. Toda la corte lo observaba. Bebió un buen trago y su rostro no expresó ningún sentimiento. Se quedó pensativo un instante y entonces con fuerza repentina pidió que el hombre fuera llevado y encerrado, con la orden estricta de que no viese a nadie. El beduino, sorprendido y decepcionado, fue encerrado en una celda.
Lo que nada es para nosotros lo es todo para él. Lo que para él es el agua del Paraíso no es más que una desagradable bebida para nosotros. Pero tenemos que pensar en la felicidad de ese hombre, dijo el califa a las personas de su entorno, curiosos por su decisión.
Al caer la noche hizo llamar al beduino. Dio la orden a sus guardias de que lo acompañasen de inmediato fuera de la ciudad, hasta la entrada del desierto, sin permitirle ver ni el río Tigris ni ninguna de las fuentes de la ciudad, sin darle otra agua que la suya para beber. Cuando el beduino se iba del palacio en la oscuridad de la noche, vio por última vez al califa. Éste le dio mil monedas de oro y le dijo:
Te doy las gracias. Te nombro guardián del agua del Paraíso. La administrarás en mi nombre. Vigílala y protégela. Que todos los viajeros sepan que te he nombrado para tal puesto.
El beduino, feliz, besó la mano del califa y regresó rápidamente a su desierto.

‘Los expertos’. Un hombre al que se le consideraba muerto fue llevado por sus amigos para ser enterrado. Cuando el féretro estaba a punto de ser introducido en la tumba, el hombre revivió inopinadamente y comenzó a golpear la tapa del fétetro.
Abrieron el féretro y el hombre se incorporó.
¿Qué estáis haciendo? –dijo a los sorprendidos asistentes–. Estoy vivo. No he muerto.
Sus palabras fueron acogidas con asombroso silencio. Al fin, uno de los deudos acertó a hablar:
Amigo, tanto los médicos como los sacerdotes han certificado que habías muerto. Y, ¿cómo van a haberse equivocado los expertos?
Así pues, volvieron a cerrar la tapa del féretro y lo enterraron debidamente.
(De la larga tradición sufi)