El Correo Gallego

Tendencias » El Correo 2

tolo por ti

El trocito de papel

Por José María Máiz Togores

07.08.2016 
A- A+

Alo largo de nuestras vidas hemos realizado incontables anotaciones en todo tipo de papel: servilletas, tarjetas, hojas de apuntes, restos de periódicos... La mayoría de ellas, seguro que extraviadas en los más diversos lugares a los cinco segundos de haber sido emborronado el papel con nuestro pulso vital, sereno o parsimonioso. Pero algunas las conservamos como oro en paño.

Allá por mis años de COU en el colegio universitario Cardenal Cisneros de la calle Maldonado de Madrid, los de mi generación vivimos situaciones inolvidables. Los alumnos de aquel mítico centro desayunábamos en un pub irlandés que había en la confluencia de Maldonado con General Pardiñas. Hoy se sigue llamando igual, pero me niego a reconocer lo que hay allí como tal lugar, pues la reforma que sufrió en los 90 desmanteló, y hace tres fulminó, todo el encanto que tenía el mítico Dickens, así se llamaba, donde podíamos escuchar nuestra música de la Transición en un ambiente cálido y añejo mientras degustábamos un café con una sabrosa tostada.

Voces y risas de jóvenes, miradas furtivas, enamoramientos fugaces, apuntes manchados de grasa y café, besos atolondrados, parodias de profesores y personajes de la tele, futuros inciertos, broncas paternas un día sí y otro también, planes de arrebatadores fines de semana casi siempre irrealizables..., entre otras cosas.

Ella se llamaba Olga. Pienso que se llama. Le perdí el rastro hace muchísimos años. Desde el primer día tuve que 'competir' con el profesor de Filosofía. Al final 'se decantó' por mí, por mi torpe inmadurez de adolescente abrumado por su belleza y por su aplomo. Vivimos un amor juvenil: numerosas complicidades, verdades a medias, promesas eternas con fecha de caducidad más que cercana, mentiras necesarias, incomprensiones familiares, cines furtivos, horas imborrables en jardines recónditos, vivencias imperecederas por solitarias calles de Madrid, proyectos de futuro esbozados con ánimo débil por mi parte y un sinfín de lugares en los que manos, besos y miradas se confundían con la angustia que nos invadía cada tarde porque súbitamente afloraba en nosotros la idea de que no nos volveríamos a ver. Al menos en mí. Posteriormente supe que con el paso de los meses en ella fue anidando un punto de hartazgo que yo, con la inconsciencia de la postadolescencia no supe calibrar. Por eso, un día me escribió un incompleto poema en un folio cuadriculado que yo guardo, bastante deteriorado por sus mil lecturas, con un celo casi enfermizo. Me contó que lo había bosquejado la noche anterior en unas horas de hiriente y clarificador insomnio.

Creo que el día que pierda el papel, dudo que esto llegue a ocurrir, sentiré el mismo dolor que cuando me lo entregó, y lo leí, en un desvencijado banco del parque del Retiro mientras balbuceaba no sé qué de mi carácter pusilánime y de mi poco interés en luchar por ella. Y ahí terminó todo. No supe más de Olga. Sólo guardo de ella este trozo de papel, que me confirma cada día que aquello que hoy me parece un sueño entonces fue una inolvidable vivencia.

 

(*) El autor es profesor