El Correo Gallego

Tendencias » El Correo 2

Tribuna Libre

La Torre de Hejduk

LUIS MIGUEL BUGALLO PAZ  | 09.04.2017 
A- A+

La torre de Hejduk, que no sé si estaré escribiendo bien porque el nombre que ostenta es casi ilegible y es impronunciable para mí, viene a ser un espectáculo digno de ser tenido en cuenta. Tengo la torre frente a mí y ya se me hizo imprescindible: tal es su belleza. Lo digo para aquellos que no la hayan visto todavía, torre de luz, como la veo yo desde mi ventana, sobre un negro perfecto. Porque tiene un pedestal de montes bajos que son negros por la noche y lo demás, según alzamos la vista, es el negror perfecto de la noche misma. Un cuadro de Caravaggio en que el Santo del día desaparece para transmutarse, por las noches, en una torre de luz. Lo que no deja de ser un cambio sumamente milagroso y certero.
Para quien no lo sepa todavía, les diré que esta torre de la que hablo puede lucir sus tonos más hermosos, azules profundos, o lucir túnica blanca, algunas noches, como de novia, o hacerse granate, un árbol con magnolias en flor, por ejemplo. Otras veces puede ser, según a alguien se le vaya ocurriendo, de colores cambiantes, falda azul y chaquetilla granate, o al revés, según las ocasiones del día.

Ahora, para ahorrar en la cuenta de la luz, seguramente, la torre se ha reducido a la mínima expresión, un simple trazo, aunque hace pocos días fue perfil de una rara botella de Coca-Cola invertida, que se consigue perfilando el contorno de las dos torres a la vez, como he podido comprobar. Pero luego ha vuelto otra vez al pasado, a ser ella misma, a ser auténtica. He mirado varias veces las alturas donde sabiamente se erigió la torre, y he mirado otras tantas veces en mi gramática griega. Y no hay dudas, apenas tengo ya alguna duda: ese trazo tan sencillo que señalaba hace unos días la presencia de la torre es la letra griega gamma mayúscula. Se le parece mucho. Lo malo es que no consigo resolver el crucigrama: a ver, pregunto, palabra que empieza por g, o sea, por gamma. La que más me trabaja por el cerebro profundo, allá por el subconsciente, del que tanto sabemos gracias al psiquiatra que consultaba en Viena, llamado Sigmund Freud, es gameto. Sin duda, tiene prestigio esa palabra, y es verosímil. O usaremos la palabra ovario, con g, para no discriminar. Bastará con pronunciar todo ello rápidamente, o escribirlo a vuela pluma, como quien dice, para no hablar demasiado, y no entrar en la noche oscura del alma o en la Mística.

Me ha sorprendido que la letra gamma haya desaparecido, substituida otra vez por la botella invertida, que luce bien en las alturas, pero que no cambiará seguramente de color, o eso supongo: será siempre igual a sí misma, permanente en su ser. Lo contrario a la torre, que cambiaba de vez, y no podría verse dos veces igual en el mismo río. Pues la Torre de Hejduk, la verdadera, es cambiante, y en eso ya se parece más a nosotros mismos. En ese giro continuo que ofrece la realidad, de nuevo he observado, alegremente, que la famosa torre, ya casi una pesadilla, volvió a su ser natural. Volvió a ser Torre de Hejduk, ¡ya era hora! La cosa pudo ser solo una avería… o varias…

Todo eso de la quietud y lo que cambia, lo estante y lo fugitivo, que diría Heidegger, va pareciendo una Intro­ducción a la Metafísica. Hay que dejarlo: Vuelva todo a la paz, y hasta otro día, si toca.