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Tinto Ribeiro: milagro de tierra, agua y vino

Para Ángel Ramírez, constructor de saberes y amistad

ALBERTO BARCIELA / PERIODISTA   | 01.04.2018 
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En otros lejanos tiempos, un rey Sabio y décimo, hacedor de Cantigas y entendedor de pueblos, lo reclamó para sí en una fiesta de Pascua. Allá, en el segundo tercio del siglo XIII, cuando ya los horizontes de Santiago conocían el discurrir prolífico de los pasos peregrinos, Alfonso X sabía lo que quería: vino fresco, de crianza. "Assi comìeu beveria bon vinho de Ourens...". Bien lo dice en el Cancionero de la Vaticana el soberano más culto, el impulsor de la Escuela de Traductores de Toledo, aquel que componía en galaicoportugués, idioma de corte y de amistad, como el del redondelano Mendinho.

El románico Ribeiro, perfecto compañero de la barroca comida gallega, es agua de cepas de monarcas y de juglares, de monjes cristianos y de judíos asentados, de rezos alborozados y de compartires alegres y cantados, de buen gobierno y de caminantes proclives a alcanzar el sol que se sumergía en el mar, de parlanchines y de ejércitos romanos que se negaban a cruzar ríos para no perder la memoria, ingleses piratas como Francis Drake y John Norris - que lo probaron en el cerco de La Coruña-, y de las tropas francesas napoleónicas... Todos denotaban hambre y sed de Galicia, la deseada Tierra del Fin del Mundo.

Pero el Ribeiro es la bebida del pueblo y la mayoría acaba imponiéndose a un enemigo guiado de estrellas, admirado de paisajes y atolondrado por los efluvios del buen alcohol. Así siempre ha renacido libre de sus conquistadores Gallaecia, y la propia Ribadavia: "puente, iglesia, castillo: una pequeña Praga", en palabras afortunadas de Vicente Risco.

El Ribadavia es fruto de la evolución histórica, protagonista de la economía medieval, junto a los lienzos; alimento de cuerpos y espíritus; milagro en tierra de aguas abundantes y medicinales; trazador, antes que Fontán, de rutas de arrieros, de navegaciones fluviales y marítimas, de recorridos internacionalizados. Fruto de vid que llegó a toda Europa pregonado por los judíos; bebida prodigiosa que alcanzó Inglaterra, Francia, Flandes, Alemania, Italia, Portugal y, por supuesto, Castilla; que en su máximo apogeo llevó a la Inquisición a prohibir su exportación "a tierras de herejes"; que fue vino sacramental y pagano, zumo de uva valorado en palacios, monasterios, tascas -con seguridad incluso de la Taberna de la Sirena, allá por las riberas del Támesis, en donde Shakespeare bien puedo compartirlo con el jurista John Selden, el actor Francis Beaumont, y los dramaturgos John Fletcher o Ben Jonson-. Pero, esencialmente, el Ribeiro é o viño da casa.

CULTURA PURA. Vino literario, al Ribeiro lo adoran en la ficción y en la realidad, gentes como Estebanillo González -protagonista de una de las últimas novelas picarescas, cuyo padre era hijo de un pintor natural de Salvatierra de Miño, asentado en Roma-, a quien despertaba añoranza de su tierra; Tirso de Molina, que en La Villana de La Sagra lo cita; y el propio Cervantes, que por boca de su licenciado Vidriera - que lo cató en una taberna genovesa-, elogia los caldos del Avia.