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tolo por ti

Tiempo de reposo

JOSÉ MARÍA MÁIZ TOGORES  | 26.06.2016 
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El Gobie Todos los días procuro un lugar para reposar. Sin embargo, bien cierto es, que cada jornada me resulta más difícil encontrarlo. Y cuando el camino recorrido, ya sea laboral, social o personal, se prolonga en exceso el laberinto en el que vivo se enreda más.

Habrá algún lector (de esos cuatro o cinco que todavía soportan mis escritos) que piense que soy como una plañidera, que sólo sé llorar, gemir y ayear; y que ya está bien, hombre, que ni que estuvieras viviendo una existencia lóbrega y aciaga.

Debes ver el lado positivo de la vida, me susurra al oído quien bien me quiere. ¡Tiene tantas cosas increíbles de las que gozar! ¡Hazlo, hombre, hazlo! Pero cada uno es como es y yo soy en la actualidad una línea de alzada soledad que ya solo quiere formar parte del pasado. Hay momentos en los que vivo instintivamente mi presente y no hago otra cosa que intentar con arduo esfuerzo atravesar mi viejo espejo con aullidos ya afónicos.

Frases como la primera estoy hastiado (perdón) de escucharlas todos los días. Qué tendrá que ver el saber aprovechar el día con encontrar un hueco en el que yo pueda mantener libre mi memoria. Me siento en ocasiones desairado por tenerme que sumergir, por imperativo social, en un torbellino de simulaciones, fingimientos y engaños. ¡Estoy harto de vivir de cara a la galería! Deseo tener el tiempo que me sea necesario para poder desnudar mi rostro a solas. Desprecio la máscara que por todas mis vivencias diarias alguien se empeña en que cubra mi rostro. Es como obcecarse en que viva en una abstinencia y en una vigilia vitales. Y por decir o pensar en alto esto, que es una forma de querer conversar del pulso de mi espíritu y de la sangre de mis congéneres, algunos me acusan de depresivo, ermitaño o anacoreta.

Vas a enloquecer si sigues con esa 'brasa', me espeta algún buen amigo en un lenguaje que pretende despertar mi metro cúbico de deforestada vitalidad. Vive la vida, carallo.

Vivimos los tiempos de una cultura que no ahonda en los sentimientos.

Yo veo a diario hombres y mujeres que no hablan sino es del trabajo, de fútbol, de cualquiera de esos programas-basura de la televisión o de ropa y tiendas.

Pero cada asunto requiere su tiempo, y hay momentos en los que tenemos que mirarnos a la cara y contárnoslo todo. Y, por encima de cualquier evasiva, escuchar, escuchar los sentires y las aflicciones del otro. Cada vez juzgamos más las acciones de las personas, y no sabemos nada de los pensamientos y las reflexiones de los que nos rodean. Estamos en el estadio de enmascarar nuestro interior.

Por tal motivo yo me exijo todos los días, ¡como mínimo!, veinte minutos de reflexión; una veces paseando por la calle; otras, mientras viajo en el metro; y las más, acostado en la cama en las últimas horas del día y con un bueno libro en las manos. Desde que lo hago, siento que crezco como persona, siento que cada vez hablo menos cuando el otro quiere que lo escuche, y veo como mis conciudadanos se asombran de verme tan lleno de un aún incipiente sosiego.

Lo cierto es que, por ahora, mi quietud no abarca todas las horas del día, pero, con honradez y lisura de alma, creo que voy por el bueno camino.

(*) El autor es escritor