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¿Tenemos la televisión que nos merecemos?

04.09.2016 
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La televisión ocupa desde hace varias décadas un lugar preeminente en el hogar. Es una de sus diosas indiscutibles. Poseer el mando a distancia ha sido equivalente a poseer la vara del poder doméstico, la gloria catódica. Una manera de protegernos ante el mundo desde el refugio del sofá, la última trinchera. Pero en los últimos años la televisión ha perdido algo (o mucho) de su relevancia tradicional. La tecnología, veloz y voraz, ha retado su inmenso poder como electrodoméstico. Y los jóvenes no sólo no ven ya la televisión como un instrumento de comunicación imprescindible. Para muchos, ante la alternativa de diversas pantallas mucho más manejables, la televisión es una vieja herencia, el icono de una forma de ver el mundo que ya declina. La herencia de una manera de vivir y de entender el equilibrio de las vidas familiares que ya no se corresponde con el presente. Las tabletas, y sobre todo los teléfonos móviles, están empezando a cambiar el papel de la televisión en nuestras vidas. Y el fenómeno parece imparable. Sin embargo, la televisión resiste. Sea en el modelo tradicional (la pantalla en el salón), o en los modelos portátiles, lo que no declina es el consumo de productos catódicos. Aunque también las preferencias de la audiencia están cambiando a gran velocidad. El desarrollo tecnológico empuja, indudablemente, hacia nuevos estilos, nuevas ideas, nuevos conceptos. Todo cambia velozmente en el mundo de la comunicación audiovisual. Y está el debate sobre los diferentes tipos de audiencia. Los expertos creen que en los últimos años se ha producido una división fundamental en los consumos televisivos. Por un lado, el ascenso de los formatos de entretenimientos basados en las tertulias de plató, o en los programas de realidad. Por otro, la fiebre por la ficción de calidad, en gran medida emitida en plataformas de pago, representada sobre todo por el desarrollo de las series de ficción. Ni la telerrealidad ni la ficción seriada son productos televisivos nuevos. Gran hermano, el gran portaaviones del reality, lleva más de una década triunfando en muchos países del mundo. Lejos de agotarse, el entretenimiento parece orientarse por caminos semejantes, la mayoría variantes de la telerrealidad, como el docurreality. Los talent- shows también cotizan en el terreno del divertimento. Y, por supuesto, el gran descubrimiento, el más reciente: la política entendida como el nuevo argumento para entretener. ¿Tenemos la televisión que nos merecemos? ¿Refleja la televisión los gustos verdaderos de la audiencia? ¿Vivimos una drástica separación entre los contenidos de calidad y los productos superficiales que intentan captar audiencias masivas?