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tribuna libre

Como en aquel sueño injusto

JOSÉ AGUILAR  | 11.09.2016 
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Con toda la ilusión en las retinas, sin que el oscurantismo difumine las esperanzas de unos creadores que consiguen apartar la mirada de lo cotidiano, los actores viajan hacia la isla de su libertad interior cuando comienzan sus carreras. En la aljaba la energía, su sensibilidad y los deseos íntimos constituyen las mejores armas para entregarse a la difícil tarea de convertir lo literario en algo tangible que cobra vida gracias a las emociones que son capaces de transmitir a las palabras.

Todo parece posible ante un oráculo que es interpretado con la subjetividad de los creyentes en un duelo mortal en lo que supone una profunda renuncia de lo que en muchos casos podría significar la vida. La existencia permanece en hiato mientras se toman las decisiones. Entre los cortinajes las voces que susurran a favor y en contra del torneo que tienen que liderar los campeones bajo un cielo repleto de presagios de tormenta. Todo retenido entre las manos temblorosas de los que piensan que el mañana siempre colocará las cosas en ese lugar justo que parece no llegar en el momento de más desesperación.

Los días pasan y las delicadas marionetas comienzan a descubrir un juego en el que el talento interpretativo resulta no ser lo más importante. Las justas comienzan a complicarse para unos paladines que desconocen las reglas de un circuito que puede llegar a ser insano, aunque los destellos del trofeo conseguido puedan distorsionar su propia esencia. Tantos rostros que se desdibujan al conocer el verdadero paisaje de una profesión dura e injusta, pero inquietante y más que sugestiva. Cada una de las posibilidades de alcanzar el éxito marca el latido de un ritmo cardíaco que se asfixia ante el cansancio. Sin embargo, a pesar de las dificultades, los actores recogen una y otra vez el pañuelo para intentar que nada puede asaltar su empeño por tener esa oportunidad y demostrar de lo que son capaces. Esos registros que algunos pueden abordar como auténticos prestidigitadores sin necesidad de barita mágica.

En el horizonte todos los personajes que nos han permitido deambular por las sendas afrodisíacas de la ficción entonan un himno que nos aleja de nuestros problemas, de las manos invisibles que nos estrangulan sin compasión, de ese hastío que invade el espíritu consiguiendo que se pudra la esencia de nosotros mismos, mientras perdemos el tiempo en negar la evidencia. Por todas y cada una de las veces que nos hacen reír, por las emociones que nos transmiten, que nos hacen empáticos como si de verdad volviésemos a vivir sobre una lápida que tampoco tiene nombre, merecen que les rindamos un homenaje solamente por el deseo de querer ser tantos personajes y poder transmitir las realidades matizadas por sus sensibilidades casi siempre exquisitas. Nada más emocionante que dejarse arrastrar por el poder de sus palabras para convertirnos, aunque por un tiempo limitado, en cómplices de todo aquello que desconocemos, pero que tantas veces juzgamos.

Es la hora de que los políticos se den cuenta de que ellos, los actores, tienen que tener jubilaciones dignas, que sus cotizaciones deben regirse por otros parámetros porque los tiempos de trabajo son diferentes y que sean conscientes, de una maldita vez, de que es imposible que un actor que haya intervenido en más de cincuenta películas se encuentre casi en la indigencia en el final de su vida. Desgraciadamente, pasa lo de siempre, el sector, aunque muy visible, es demasiado pequeño para que se preocupen de sus problemas, del futuro de sus miembros. Son vergonzosas las situaciones por las que muchos intérpretes tienen que pasar en diferentes momentos de su existencia sin que a nadie le importe lo que les pueda ocurrir. Y aunque Aisge ayuda y tiene un estupendo patronato, en ocasiones tampoco es consciente de la verdadera realidad de muchos de ellos y tampoco tiene medios para solucionar tantos vacios.

En aquella sonata regida por malabares los actores con alma de adolescentes entregan su vida en cada trabajo sin mirar el precipicio que apunta esa difícil decisión. Bajo la hierba siempre húmeda subyacen todos los tiempos en los que para ellos es tan difícil seguir adelante. En el horizonte, como ellos dicen, toda la carretera.

(*) El autor es escritor