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Sopa de gansos

MARÍA OFIR ABOY GARCÍA   | 11.09.2016 
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Duck soup, en inglés, es, además del título de una película, una frase hecha que equivale a decir en castellano, "es pan comido" o "coser y cantar".
Analizando pormenorizadamente la situación política actual, con representantes que están más preocupados por sus propios egos que por el bienestar común; muy lejos del consenso que se espera de éstos en momentos difíciles y en los que parece vivimos en un continuo día de la marmota (en un año vamos camino de las terceras elecciones generales, y no pasa nada), parece que estamos asistiendo a un espectáculo de vodevil propio de los inolvidables hermanos Marx.

Me viene a la mente una de las joyas de su filmografía, Sopa de ganso, un esperpento que intentaba mostrar con sorna la sociedad de aquella época, enmarcada por las consecuencias que se derivaron de la gran depresión americana, con profundas desigualdades sociales, a medio camino entre las dos grandes guerras mundiales, y que se asemeja, triste paradoja, quizá demasiado al actual panorama social.

'Sopa de Ganso' transcurre en un país imaginario, Freedonia, cuyo Gobierno se muestra incapaz de hacer frente a la crisis económica y a las protestas ciudadanas y en la que sus dirigentes, con poca sesera y menos escrúpulos, solicitan desesperados ayuda económica a una viuda rica para solventar los acuciantes problemas en los que está inmerso el país.

Esta millonaria extravagante, propia de la sociedad burguesa americana de los años 30, más preocupada por los acontecimientos sociales de alta alcurnia que por otra cosa, se muestra dispuesta a rescatar a su país de la crisis financiera con la condición de que se nombre jefe de estado a su adorado Rufus T Firefly, un excéntrico personaje interpretado magistralmente por Groucho Marx, que de la noche a la mañana se convierte en dirigente de un estado amenazado por una guerra y a punto de entrar en bancarrota.

Este libertador de la patria es ignorante, corrupto, vago, más preocupado por llenarse los bolsillos que por encabezar un Gobierno que estabilice el país, que se encuentra sumido en la desesperación al no saber qué hacer ante tanta ineficacia y debe pagar el precio de poner en manos de los caprichos de una viuda enamorada, quién debe gobernar.

Entre escenas delirantes, que se han convertido en clásicas del cine, con frases como "Este informe lo entendería hasta un niño de cuatro años, tráigame a un niño de cuatro años", o "¿A quién va a creer, a mi o a sus propios ojos?", se ridiculiza al tirano, al que partiendo de la nada alcanza las más alta posición, o como diría Groucho, las más altas cotas de la miseria, y obviamente no está a la altura de las circunstancias.

Con toda sinceridad pienso que todos los políticos que no fueron capaces de elegir presidente y nos abocaron a las urnas por segunda vez, y los que ahora están debatiendo el sexo de los ángeles y nos convocarán, si un milagro no lo remedia, a otra cita electoral, han demostrado con creces estar inmersos en un clima similar al de Freedonia. Deberían, por tanto, ver esta desternillante película, mirarse al ombligo y aprender la lección.

El humor de Los hermanos Marx era una cosa muy seria. Tal vez si los políticos se detuviesen a analizar su terca ineficacia, sus luchas internas, sus ansias de poder, llegarían a la conclusión de que están contribuyendo a que los ciudadanos, hartos, vacíos, cansados, decepcionados,encuentren en cualquier chiquilicuatre el líder que les salve. Y llegará el día en que los votantes digan: "A mí que me importa quien gobierna. Que lo haga el que sea, pero por lo menos que gobierne alguien, aunque nos lleve al caos".

Y la respuesta, será, inexorablemente: Duck soup, pan comido, coser y cantar: cualquier loco puede gobernar un país. Y a eso, como sigamos así, nos acabaremos enfrentando. Señores y señoras diputados, no nos sigan mareando, hagan lo que tienen que hacer y dejen el espectáculo para los que saben hacer reír. Ustedes dan pena.

(*) La autora es licenciada en Derecho