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La sombra inmensa de un gigante

XF  | 12.02.2017 
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UNA CARRERA QUE COMENZÓ EN SAN PETERSBURGO
La historia es como la grieta que permitió a Occidente entrever uno de los secretos mejor guardados del Viejo Régimen. Allí había sido siempre uno de esos dioses locales que, desgraciadamente, transcendían sólo a duras penas. Cuando viajé a la antigua URSS por vez primera, me coincidió un recital suyo en el Teatro Mariinsky de la señorial ciudad llamada entonces Leningrado y, siempre, San Petersburgo. Aquella que Pedro El Grande mandó construir entera según un curioso plan de urbanismo consistente en tomar París como base y multiplicar las proporciones. De manera que, por ejemplo, uno cogía los Champs Elysées, triplicaba su anchura y de ahí salía la Nevsky Prospekt. Un melómano me vendió su entrada a un precio más que razonable. En realidad, una ganga. Me preguntaba si conocía a Vladimir Sofronitsky, y le contesté que, por supuesto, que sí. "Pues Sokolov es mejor aún..." Lo miré con los ojos muy abiertos, y le contesté que eso era estrictamente imposible. Pero, en efecto, lo era. Un dios frente a un Pleyel, sorbiendo del instrumento esa sonoridad broncínea. Una autoridad tocando a la contra, con halo de anacrusa o, mejor, de abajo a arriba. No percutiendo. Extrayendo ese vaho armónico del teclado. Algo muy parecido, en efecto, a Sofronitsky o, también, cómo no, a cierto Glenn Gould (no el que interpreta a Bach, sino el que toca a Brahms). Aquello era apoteósico. En el programa, alguna de las últimas sonatas de Beethoven, y varios Scriabin y Rachmaninov. Salí con fiebre. Con ganas de comprarme todos sus discos. Por desgracia, no encontré ninguno entonces. Más tarde, en Barcelona, me hice con un alijo importante. Hasta me encontré con algo que me sorprendió, primero, y me maravilló después: el Arte de la Fuga de Bach. Al cabo de unos cuantos años, Sokolov aterrizó en A Coruña. Ese día me fuí de excursión con una pandilla de amigos pianistas. El efecto fué fulminante. Todos ellos querían, a la salida, renunciar a sus aspiraciones virtuosísticas y, como en la trama de El malogrado de Bernhard, regalar el piano a la hija tonta de la portera. Y es que Sokolov es exactamente eso: un panorama perfectamente nítido de la perfección, del genio, de lo sobrenatural. Más vale que, al oírlo, disfrutes el momento. Los discos no le han hecho justicia nunca. Y si eres instrumentista, tu futuro corre serio peligro. Pero sí. Ilumina a todos. Pero, como pasa con el Sol, exponerte a él también puede dejarte ciego...