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Sentir eslo que importa

MARÍA OFIR ABOY GARCÍA  | 14.08.2016 
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En más de una ocasión, todos debemos poner en orden las cosas que de verdad nos importan antes de tomar la decisión acertada sobre un asunto que nos inquieta. Muchas de las decisiones que tomamos a diario afectan al grupo del que formamos parte. No vivimos aislados de los demás, lo que estos opinen sobre nuestras acciones cotidianas nos condicionan, y mucho.

Pero ¿no deberíamos actuar como verdaderamente sentimos?, ¿hacer lo que de verdad nos apetece, nos gusta, nos enriquece?, ¿no deberíamos ser lo que somos en lugar de aparentar ser como los demás nos quieren ver?

Sin lugar a dudas, creo que sería más fácil ser como queremos, conseguir desprendernos de las innumerables cárceles que nos aprisionan y no nos dejan a veces sentirnos libres, y mostrarnos como verdaderamente nos gustaría.

Si nos encontramos en una encrucijada, si no sabemos qué camino hemos de seguir, inevitablemente pensamos que el tiempo nos deparará la solución; y en esa fe en el futuro incierto posamos nuestra esperanza de salir del atolladero.

Otras veces sabemos perfectamente qué queremos, qué nos gustaría hacer, cómo nos gustaría que fuera nuestro futuro, pero nos detenemos a analizar qué pensarían los demás de nosotros si avanzáramos, y con esa pesada losa a nuestra espalda postergamos la decisión, enterramos los legítimos anhelos, nos retraemos... condicionados al pensar en aquellos que no verían con buenos ojos nuestras decisiones, por más sinceras que sean.

¿No nos estará preocupando demasiado la falsedad de muchos de los que nos acompañan y su qué dirán? Con toda seguridad, sí. Lo peor es la consecuencia: realmente eso nos importa tanto como para paralizarnos y no continuar. Buscamos poder llegar a ser felices algún día, pero no entendemos que la felicidad ni se busca ni se llega a ella.

Un día nos sentimos nostálgicos y recordamos cualquier fin de semana en el que estuvimos con alguien que nos hizo reír con sus bromas, o cuando nos encontramos con un amigo de la infancia y charlamos horas y horas, esbozando sonrisa tras sonrisa. Nos sentimos felices al revivir momentos que fueron mágicos, irrepetibles, imborrables ¿No son esas sensaciones las que de verdad nos deberían importar? ¿Las que tendrían que estar en un primer plano? ¿lo que de verdad cuenta?

Si nos despojáramos de cosas insignificantes, de opiniones falsas, de personas injustas; si creyéramos más en nosotros mismos, si tuviéramos confianza en que tomar la mejor decisión es en ocasiones, simplemente, tomar la contraria a la de los demás, porque esa es la única que nos hace más felices, otro gallo cantaría, que dice la conocida frase.

Quizá si caminar contracorriente fuera lo que tuviéramos que hacer y no lo cuestionáramos tanto, no nos quedaríamos inmóviles, viviríamos más momentos mágicos y no seríamos tan críticos ni con nosotros ni con los demás.

La vida es en sí complicada, puede estar llena de situaciones difíciles, puede también ser fuente de sufrimiento o dolor, pero cuando recordamos, cuando nos dejamos llevar por la imaginación y afloran en la cabeza situaciones que ya hemos vivido, siempre, siempre vuelven a nuestra mente aquellos lugares en los que fuimos fieles a nuestros sentimientos. Entonces nos importarán muy poco los éxitos o fracasos, el dinero que atesoramos o los padecimientos que soportamos, sólo visualizaremos aquél día o aquella noche mágica que nos hizo sentir que éramos nosotros mismos, sin máscaras, sin disfraces, sin cuestionarnos nada.

Alguien que nos observe en ese momento en nuestro particular y exclusivo mundo nos podrá hacer todas las preguntas que quiera sobre lo vivido ¿Qué estás pensando?, nos dirán perplejos ante la mirada ensimismada en no sabemos bien qué. Pero no lograrán obtener una única respuesta. Bueno si, una. Les contestaría: "Pienso sencillamente que sentir es lo que importa".

(*) La autora es licenciada en Derecho