El Correo Gallego

Tendencias » El Correo 2

Rosa Montero: "La madurez pasa por borrar parte del yo"

La escritora presenta 'La Carne' (alfaguara), una historia sobre el deseo en la edad madura, en la que invita a aprovechar el día antes de que llegue la noche

ROSA MONTERO - FOTO: J.P. GANDUL
ROSA MONTERO - FOTO: J.P. GANDUL

TEXTO JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ FOTO J.P. GANDUL   | 18.09.2016 
A- A+

Cuando era pequeña, Rosa Montero se decía a sí misma: "Rosita, aprovecha el día, la tarde es muy bonita, pero corre, porque antes de que te des cuenta estarás en la cama y la noche habrá llegado, y antes de que te des cuenta se habrán muerto tus padres, y también te habrás muerto tú". Así era Rosa con diez años. Y esa sensación de urgencia, de que debe aprovecharse el día antes de que llegue la noche y sea demasiado tarde, como dice el tópico medieval, y como dice el dicho latino, ha ocupado muchas líneas de su literatura. Y las ocupa, particularmente, en su nueva novela, La carne, publicada por Alfaguara, que acaba de llegar a las librerías. Esta es una historia sobre el amor y el sexo en la edad madura, pasados ya los sesenta años. Cuando Yeats decia que la vejez comienza a convertirnos en algo así como un abrigo hueco y andrajoso, cuando uno querría viajar hacia Bizancio y eternizarse en las cúpulas de oro. Rosa Montero cuenta aquí la necesidad que Soledad, la protagonista, tiene de ser amada, pero también la necesidad de amar. "De dar ese amor, ese lago interior que no se ha consumido, y que quiere entregar de verdad a alguien, antes de que sea tarde", explica.

 Estamos en A Coruña, mientras cae la primera lluvia de septiembre. Ha venido Rosa Montero para participar en el ciclo literario que Javier Pintor organiza en la fundación Luis Seoane y, sentados en una mesa solitaria del comedor de hotel Hesperia de Juan Flórez, recordamos algunas coincidencias, algunos encuentros en estas vidas itinerantes que llevamos, porque a Rosa te la puedes encontrar en muchas partes. "Ya no sé muy bien de dónde vengo hoy", bromea, entre risas. Y quizás por eso, Rosa Montero fotografía lo que se ve desde las ventanas de las habitaciones de todos los hoteles por los que pasa. Luego las cuelga en Facebook y consigue que todos tengamos, aunque sea por un segundo, su misma mirada. La última vez que estuvo en A Coruña su habitación daba al mar. Se puso a fotografiar, y, en esto, alguien haciendo kite surfing llegó volando. Un momentazo que apresó de inmediato: como si apresara a un supermán en vuelo, arrebatado a la tierra en la mañana ventosa de Riazor. Esta vez su foto fue diferente, sin hombres voladores. Pero basta para localizarla en el mapa, para ver por sus ojos. 

Localizarse en el mapa es lo que quiere también Soledad, la protagonista de La carne, "una mujer, a ver si lo dejo claro, que no tiene nada que ver conmigo. Porque siempre me dicen si yo estoy en mis protagonistas, sobre todo lo dicen cuando coinciden con mi edad. De todos mis personajes, creo que me parezco a Bruna Husky, o ella se parece a mi. Pero a Soledad, no, desde luego", dice convencida. Le pregunto por ese título tan contundente, tan limpio y decidido: La carne. Breve y directo, si lo comparamos con otros suyos, y en seguida me dice que le sobrevino hacia la mitad de la novela. "Si todo va bien, los títulos se me ocurren en el primer tercio. Cuando se me ocurrió éste dije: ¡guau! ¿Cómo es posible que no haya veinte mil novelas que se titulen La carne? Y no, no las hay. Para este libro es perfecto, porque es sobre la carne que nos aprisiona nos enferma y nos mata, pero es también sobre la carne que nos eleva y nos hace rozar la gloria. Y sobre la carne animal, que va más allá de lo humano: el gozo de sentir un rayo de sol sobre la piel. Y sí, eso es la novela".

 La novela cuenta, creo que algo hemos dicho ya, la decisión de Soledad. Ha roto con su amante, un hombre casado, y decide vengarse. Solicita los servicios de un gigoló, Adam, y lo lleva a la ópera, a Tristán e Isolda, para ser exactos. Y ahí empieza todo. Luego, los que la vieron en la función, confundirán al joven scort con su hijo. Pero ella se enamora. O quizás él. O ambos. Conviene no desvelar la trama, conviene no desmontar a estos dos personajes que reinventan sus vidas. Algo en lo que Rosa Montero cree, absolutamente. "El amor ha ido ganando importancia en mi obra. Pasaba en El peso del corazón, y más en ésta. Llegué a la conclusión de que el amor es esencial para el ser humano. Ya ves, qué cosas. Se lo digo a mis amigos. Les digo que he llegado a esa conclusión, ¡pero he llegado ahora! Y que creo que el desamor, o el amor frustrado, explica todo lo malo, incluso las guerras, y muchas catastrofes. Y los movimientos sociales. Es uno de los grandes motores del mundo. En mi vida he sido muy apasionada. Pero racionalizar esto del amor, de esta manera, estar segura de que alguien que no ha sido lo suficientemente amado puede convertirse en un monstruo, es algo que sólo ahora he logrado ver con claridad. Hay un corazón negro que se crea con la falta de amor", dice.

Hablamos de que esta es una novela no de inocencia, sino de experiencia. Y asiente Rosa. "No se puede escribir esto a otra edad, creo. Esta es una novela de madurez. Yo creo que estoy en mi plenitud literaria. Noto que estoy dando lo mejor en las tres últimas novelas, que estoy al mando de lo que estoy escribiendo. Pero, paradójicamente, la madurez literaria pasa por flotar con las palabras. Pasa por borrar parte del yo consciente. Este libro lo escribí en un estado de gracia conmigo misma. Ya sabes que a veces escribir una novela es como picar piedra. Un secarral de meses... Pero esta no. Esta ha fluido, ha sido como un río, un torbellino de emociones, como deslizarse, como patinar... no sé patinar, pero debe de ser maravilloso (ríe). Aquí no hay que ir a buscar a las palabras, sino que ellas vienen solas, y te levantan del suelo", replica sin disimular un ápice de su entusiasmo. "La labor del escritor tiene que consistir en no poner trabas a la voz del inconsciente", explica. "Un escritor moldea la voz interior, como un carpintero. Y claro, eso a los sesenta ya te sale mucho mejor."

La novela juega con propia literatura. Soledad es comisaria de exposiciones, y prepara una sobre escritores malditos cuando la historia sucede. Cuando Adam aparece. Y Rosa se adentra en las biografías de personajes y escritores torturados por el amor y otros demonios, hasta la locura (también está la locura de la hermana de Soledad, Dolores, que ya ha roto la comunicación con este lado de los vivos). Rosa Montero se adentra en los escritores malditos, en el amor no correspondido, en los desequilibrios terribles, como Thomas Mann, o Philip K. Dick, o Anne Perry, mientras sus propios personajes viven sobre el cable indeciso que se balancea, bailan sobre la cuerda floja de sentimientos tan apasionados como frágiles. Se reconstruyen flotando, intentando esquivar el daño irreversible al que también el amor puede conducir.

Esta es una novela en la que se celebra el amor, el sexo y la carne en la edad tardía, pero también es una novela sobre el final, sobre la muerte. "Es una novela sobre el tiempo, sobre el miedo a la muerte, sí, pero también sobre el miedo a la vida. Es una novela sobre la rabia de que la vida se escape, porque Soledad siente que la vida no le ha pagado lo que le debe", cuenta Rosa. "Y es también una novela sobre el miedo al fracaso". Es el mismo fracaso que invadió a todos esos escritores malditos en los que ella, la protagonista, se mira. "Ella se siente también una maldita", insiste Rosa Montero. "Se siente fuera de la sociedad, y eso es un desgarro espantoso. Porque todos queremos ser normales. ¿Por qué? Para que nos quieran. Claro que la novela tiene muchas sorpresas... y poco a poco vamos a ir viendo la verdadera cara de Soledad".

Le digo que la locura (como ocurre aquí con Dolores, pero también con muchos de los escritores malditos que cita) parece una de sus claves literarias. Está muy presente en cuanto escribe. "Pero la culpa fue mi ansiedad, tuve algunas crisis, crisis clínicas, antes de los treinta. Tuve ataques de terror tremendos... Y, a pesar de todo, me siento contenta de haber pasado por ahí. Es un trastorno más común de lo que parece, pero viene a ser como pasar la gripe de los futuros problemas mentales. Ese pánico no está explicado, pero, de hecho, es el miedo a la muerte. Siempre me ha fascinado la enfermedad mental porque sé lo que se siente ahí", cuenta.

Y termina: "La gente me gusta mucho. Por algo me hice periodista y narradora desde pequeña, y luego hice teatro... Juegas a ser otras personas. Soy vitalista. Creo que al final siempre hay un poco de luz. Y este final no es feliz, aunque creo que mi personaje va a tener un futuro un poco mejor que el que tenía al principio de la novela. Pero la pregunta sigue siendo: ¿Qué hacemos con el miedo a envejecer? ¿Qué hacemos con la frustración? ¿Qué hacemos con nuestros sueños rotos?".