El Correo Gallego

Tendencias » El Correo 2

Roger Moore, el agente 007, bajó las armas

EL actor británico, célebre intérprete, entre otros papeles, del agente 007, fallecía el pasado martes 23 de mayo en Suiza. Se va así el actor que dio vida al agente James Bond durante más tiempo

Roger Moore, el agente 007
Roger Moore, el agente 007

J.L. GARCÍA  | 28.05.2017 
A- A+

Sustituyó a Sean Connery en el papel, que mantuvo entre 1973 y 1985, siendo el actor que más veces ha interpretado en filmes oficiales al personaje creado por Ian Fleming. Antes, ya había alcanzado la fama mundial gracias a las series El Santo y Los persuasores. Siete películas repartidas en un periodo de doce años que arrancó en 1973 tras sustituir a Sean Connery. Moore dejó claro, al asumir el papel de James Bond, que lo suyo iba a aplicar un ligero matiz de distanciamiento a la rotundidad recia y viril de Sean Connery. Vale. Connery consiguió llevarse al huerto 18 chicas Bond en siete películas. Y Roger Moore apenas 15, también en siete. Sin embargo, su principal aportación al personaje fue sexual. Le otorgó un sex appeal que dominaba el personaje por encima de la violencia, el cinismo o el humor. Es gracioso, pero Roger Moore fue una de las primeras opciones para James Bond, aún por encima de Connery, pero no le contrataron porque su imagen como El Santo, en la serie de televisión, estaba demasiado fija en la mente de los espectadores. Cuando sobrevino la caída con George Lazemby, que no funcionó, entró triunfal en Vive y deja morir (1973) y empezó un reinado que duraría hasta Panorama para matar (1985), ya con la franquicia en crisis.

LAS SIETE VECES QUE MOORE FUE JAMES BOND.
.VIVE Y DEJAMORIR. Nuevo Bond. Nuevo tono. Con la guerra fría finalizada, entra Roger Moore en acción. El villano ya no viene de Rusia y las armas nucleares parecen desfasadas. Ahora tenemos un negro malo y la amenaza ya no es atómica sino un turbio asunto de tráfico de heroína. Jane Seymour fue la espectacular chica Bond.

.EL HOMBRE DE LA PISTOLA DE ORO. La desaparición del solex agitator, un artilugio que usa el poder de la energía solar, lleva a Bond hasta la isla de Scaramanga, un villano con tres pezones y una pistola de oro, que tiene como siervo asesino al enano Nick Nack y como sierva sexual a Maud Adams.

.LA ESPÍA QUE ME AMÓ.  Moore dio un paso adelante con La espía que me amó (The Spy Who Loved Me) en 1977. Sin duda, una de las mejores cintas del actor británico como James Bond y, para muchos, también una de las mejores películas de toda la franquicia. Sus ingredientes: poderosas persecuciones como la del esquí para caer en paracaídas desde un acantilado, una bella chica Bond llamada Anya Amasova (Barbara Bach), un villano a la altura como el que interpretó Curt Jürgens y el esbirro favorito de los fans, ese mítico Tiburón (encarnado por Richard Kiel.

.MOONRAKER. De la selva peruana al espacio sideral. Bond persigue a Hugo Drax, que aspira a destruir la vida humana. El robo de un transbordador americano en el espacio es el detonante que pone en marcha a 007.

.SÓLO PARA SUS OJOS. El sistema ATAC, artilugio que permite el control de submarinos nucleares, se pierde con un barco hundido. Las pistas llevan a Bond hasta el educado Kristatos, exnazi y aliado de los rusos que quiere apropiarse el mundo. La buena chica Bond se une a 007, en todos los sentidos, con e fin único de vengar la muerte de su padre.

.OCTOPUSSY. Cualquier premonición está fuera de lugar, pero el villano aquí es un príncipe afgano que quiere desatar la tercera guerra mundial en alianza con un general ruso. La clave está oculta en un huevo de Fabergé, tecnológicamente condimentado, que Bond se empeña en conseguir ayudado por Octopussy, una contrabandista de diamantes.

.PANORAMA PARA MATAR. La guerra fría está gélida y, acorde con los nuevos tiempos, Bond se introduce en el mundo de la ingeniería genética, donde debe dar caza al industrial Max Zorin, que planea crear un terremoto en Silicon Valley.

Más de medio siglo de 007
“¡Oh James, no encuentro palabras!”, le dice Anya Asamova (una explosiva Barbara Bach) a James Bond (Roger Moore), después del típico revolcón sexual (que, por cierto, nunca vemos). “Deberías ampliar tu vocabulario” es la gélida respuesta de Bond. Ahí está. Esa pequeña escena de La espía que me amó (1977) recoge la quintaesencia del elegante y frío cinismo de 007. Dos docenas de películas en las que el agente al servicio secreto de su majestad ha salvado al mundo en numerosas oportunidades, haciendo uso de su célebre licencia para matar.

En todos estos años, a Bond le ha dado tiempo de dar la vuelta al mundo, de llevarse al huerto a unas 70 chicas (indistintamente buenas o villanas), de intentar 20 veces meterle mano a Moneypenny, la secretaria de la agencia, de desentrañar secretos y terribles conflictos internacionales, de desenmascarar villanos y de usar con pericia de experto los miles de cacharros maravillosos y letales que inventa Q para defenderse y  defender al planeta. Rara vez ha salido despeinado o herido.  Desde Dr. No, la primera de la serie, hasta Spectre, la última, la fórmula no ha variado. Ha creado sus propias reglas inquebrantables y quizá por ello, cuando se rodaron todos los libros escritos por el ya fallecido Ian Fleming (murió durante los preparativos de Operación Trueno) se le pudo dar continuidad casi sin que se notara.

Todos los Bond se inician con un prólogo de acción brutal y velocidad vertiginosa, generalmente el fin de una misión de 007 que desconocemos. Inmediatamente vienen los espectaculares y reconocibles títulos de crédito que, al ritmo sensual e inequívoco del breve tema Bond (de Monty Norman, dirigido por John Barry), combinan los elementos de la película: chicas con pistolas fálicas que flotan por el espacio y la imagen de Bond que entra a cuadro y le dispara al espectador. Es también el momento estelar de los créditos. Puede que cambie el nombre del actor o del villano, pero el “Albert Brocccoli presents” no falla. Fue el artífice y beneficiario de la saga desde su génesis. Compró los derechos, junto a Harry Slatzman, con quien compartió la producción hasta que se pelearon durante el proceso de El hombre de la pistola de oro (novena de la serie, 1974). Este importante momento inicial es también el de la canción de amor, una tradición invariable que ha tenido voces que van desde celebridades como Tom Jones (Operación Trueno), Louis Armstrong (007 al servicio secreto de su majestad), Paul McCartney (Vive y deja morir) y Tina Turner (Goldeneye), pasando por grupos como Duran Duran (Panorama para matar) y Garbage (El mundo nunca es suficiente), hasta una devaluada Gladys Knight que interpretó, con tan poco éxito como  la película, el tema de Licencia para matar. Sin embargo, la campeona vocal de 007 es Shirley Bassey, responsable de tres pegadizos hits: Goldfinger, Diamantes para la eternidad y Moonraker.

La llegada de Bond a la oficina es el ritual iniciático. Magreo obligatorio con Moneypenny, visita con regaño a su jefe M, que le asignará la nueva misión, y posterior visita a Q, que le enseñará a usar sus novedosos y sofisticados g­adgets. De ahí a la aventura. La misión tiene sus constantes: debe llevar a 007 a varios lugares exóticos del mundo, siempre ha de existir un malo que se quiere hacer con el planeta y siempre hay un gran peligro para Bond y para los humanos. Todo villano tiene sus secuaces (a veces, muy llamativos, como Tiburón, un gigante con dientes metálicos, o el enano Nick Nack), y también hay una amante que, generalmente, a mitad de películas pasa por la cama de Bond y, lógicamente, cambia de bando. Es la que rivaliza con la chica Bond buena, esa que, inequívocamente, está buena y de parte de los buenos. Tiroteos, persecuciones en coche, tren, avión o helicóptero, explosiones, bombas atómicas, peligros inminentes y la salvación del mundo por parte de Bond es lo que sigue. ¿El final? Casi siempre es Bond en la cama con la pin-up de turno. Ya se sabe. Es Bond. James Bond.