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Recordando a Fran Çoise Truffaut

TEXTO S. OTERO/E.P.   | 19.02.2017 
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En la historia del cine francés y, en especial, de la Nouvelle Vague, se pueden nombrar a varios de los más grandes cineastas (Jean-Luc Godard, Alain Resnais, Jacques Rivette, Éric Rohmer o Claude Chabrol), se debe citar la revista que cambió el séptimo arte -Cahiers du Cinéma- o incluso sus influencias, como Howard Hawks, o enseñanzas, como las del crítico André Bazin. Pero sobre todos siempre sobresale un apellido: Truffaut. El genio galo cumpliría este mes 85 años, seguramente al pie del cañón (de una cámara) y con un guión abierto a los cambios, pues como él decía: "Un filme es una cosa viva. No soy de los directores que se atienen a lo que hay escrito. Mis películas cambian enormemente durante el rodaje".

François Truffaut es mucho más que Los 400 golpes, que Besos robados, que una entrevista exhaustiva a Alfred Hitchcock. Era un artista que, de no haber muerto a los 52 años en 1984, esta lista sería mucho, mucho más larga.


LOS 400 GOLPES (1959). Concebida desde su escritorio en Cahiers du Cinéma, Los 400 golpes marcó el inicio de la nueva ola francesa y dio el pistoletazo de salida a su relación laboral con Jean-Pierre Léaud. Palma de Plata al Mejor Director en Cannes y nominada al Oscar, la película bebe del neorrealismo italiano de Roberto Rossellini y de algunos de sus ídolos como Jean Vigo o Jean Renoir.

DISPAREN SOBRE EL PIANISTA (1960). Con un Charles Aznavour como protagonista, la irrepetible segunda película de T­ruffaut es una mezcolanza de todas sus enseñanzas previas en una comedia con toques dramáticos y viceversa que retrotrae la mente tanto a los Hermanos Marx como al cine negro de gángsteres de años ha. Que la fotografía corriera a cargo del maestro Raoul Coutard siempre es un plus.

JULES Y JIM (1962). Adaptación de la novela de Henri-Pierre Roché, la película sobre el triángulo amoroso que forman Oskar Werner y Henri Serre (los Jules y Jim del título) con Jeanne Moreau fue a su vez un alegato antibelicista -al que acusaron de traicionar sus ideales- que remata como cineasta adulto a un Truffaut contenido, trágico y que cada vez cincela más su espíritu libre hacia un cine total.

LA PIEL SUAVE (1964). Uno de los acercamientos más puramente hitchcocknianos de Truffaut se produjo entre su famosa entrevista al genio detrás de Con la muerte en los talones y su única aventura en inglés (Farenheit 451, 1966). La piel suave, incomprendida en su momento, es una disección casi de bisturí de las costumbres clase media acomodada, mediante un sórdido retrato de celos y adulterio extraído de páginas de periódicos.

BESOS ROBADOS (1968). Nominada al Oscar y al Globo de Oro a Mejor Película de Habla No Inglesa, Truffaut regresó al cine sin convencionalismos y libre de su primera película retomando a Jean-Pierre Léaud de protagonista en una serie de enredos y desgracias romántico-cómicas (con pinceladas dramáticas) que convierten a Besos robados sea una válvula de escape encantadoramente pura. Un Truffaut nostálgico de sí mismo.


LA NOCHE AMERICANA (1973). Se le llama 'noche americana' al hecho de rodar una secuencia nocturna a plena luz del día, por lo que hay que fingir la oscuridad. Truffaut acertó tanto con el título como con esta metapelícula sobre cómo se hacen películas que es tanto canto de amor al cine como crítica y que le reportó el Oscar a Mejor Película Extranjera, amén tres nominaciones más (entre ellas, Mejor Director) con la curiosidad de que estás tres últimas fueron al año siguiente: ganó en 1974 y no lo hizo en sus otras tres candidaturas en 1975.


LA PIEL DURA (1976). La infancia siempre fue un tema al que recurrir en el cine de Truffaut. Sin embargo, este collage episódico en la ciudad provincial de Thiers es su visión más brillante de la psique de los más jóvenes ante cómo se enfrentan a los problemas cotidianos. Anhelo, descubrimiento, peligro, rebelión, represalia: momentos que el cineasta yuxtapone hasta hacer de este tapiz un homenaje a la inocencia.

LA HABITACIÓN VERDE (1978). Las diferentes pérdidas que estaba sufriendo Truffaut le hicieron refugiarse en Chéjov, Tólstoi y Proust e intentó junto al guionista Jean Gruault incluir toda esta filosofía en su cine. Pero fue Henry James y su relato El altar de los muertos el que finalmente hizo que el realizador sacara adelante esta película, una suerte de "carta manuscrita" sobre sus sentimientos.

EL ÚLTIMO METRO (1980).  Criticado por no abordar temas políticos y la nula representación de la ocupación nazi de Francia en su cine, Truffaut se desquitó -un poco tarde- con esta cinta donde Catherine Deneuve debe esconder en su propio teatro a su marido maquis, Gerard Depardieu, mientras montan una obra. Temas como la homosexualidad, las consecuencias de la guerra o la incomprensión de los actos adultos son algunos de los que pueblan El último metro, un auténtico súmmmum en el cine del francés

VIVAMENTE EL DOMINGO (1983). Un adiós agridulce. Un homenaje a las screwball comedies de Howard Hawks y a los macguffins de Hitchcock. Un relato plagado de referencias cinematográficas. Una carta de amor a Fanny Ardant, protagonista y nueva pareja del director en aquel momento. Un excelso Jean-Louis Trintignant. Una fotografía de Néstor Almendros. La última claqueta de Truffaut es esto, sí, pero también más: lo que podría haber dado. Y no fue.