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trabajo y gobierno

Al pueblo llano (y abrupto) (y 2)

RAMÓN CACABELOS  | 18.12.2016 
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Tu otro gran agujero negro mental es la confusión que tienes con el trabajo. Es cierto que el Génesis no te ayudó demasiado al hacerte creer que por el pecado original tendrías que ganarte la vida con el sudor de tu frente. Sin pecado habrías vivido como un príncipe en el Paraíso Terrenal, porque allí había de todo y Dios no te privaría de nada. Cuando te desterraron vagaste por la tierra y sudaste la gota gorda para poder sobrevivir. Más tarde trabajaste como esclavo hasta que te revelaste y, con cierta ayuda externa, lograste una falsa libertad. Como ganarse la vida cuesta mucho y ser dueño de sí mismo es privilegio de pocos, apostase por ser asalariado. Con Marx, Lenin, Mao y compañía cambiaste de dueño y te fuiste de paria ordeñando a la vaca del Estado hasta que la dejaste sin leche. No te diste cuenta de que te estabas ordeñando a ti mismo para dar de comer a otros; y, al final, te quedaste sin trabajo. Todo este periplo de siglos te arrojó la conclusión de que un 20% da de comer al 80% restante. Y ahí te quedaste instalado. Craso error. Sigues alimentando la falsa idea de que cuando no hay trabajo es por culpa de otros que no te lo proporcionan. Esta concepción errática del trabajo te está haciendo pasto de dos tipos de abuso: el abuso de quienes te explotan y el abuso de quienes viven a costa del trabajo de otros, sin que niños, ancianos y discapacitados tengan culpa de nada, salvo ser víctimas de todas tus negligencias.

Tienes que convencerte de que el trabajo te dignifica. No es un castigo sino el precio de la libertad. Alguien dijo que la piedra filosofal de la humanidad era el trabajo, el ahorro y la inversión. Thomas Carlyle (1795-1881) afirmaba que el trabajo era el mejor remedio para todas las enfermedades y miserias que asedian a la humanidad. Algo similar dijeron Charles Baudelaire (1821-1867) y Émile Deschanel (1819-1904). Cicerón (106-43 a.C.) pensaba que solo se estima lo que se gana con el trabajo; y Horacio (65-8 a.C.) mantenía que el placer que acompaña al trabajo pone en olvido la fatiga. Leonardo da Vinci sostenía que "los hombres geniales empiezan grandes obras; los hombres trabajadores las terminan". Séneca (4 a.C.-65) pensaba que "ningún día es demasiado largo para el que trabaja". Sin embargo, nuestro Santiago Ramón y Cajal (1852-1934) ironizaba con que "el ideal del español de buena parte de la clase media es jubilarse tras breves años de trabajo; y, si es posible, antes de trabajar". Este es el despeñadero de los pueblos que renuncian al progreso. Bien diferente es la opinión de Mario Reybaud (1799-1879) al decir que "de todos los caminos que conducen a la fortuna, los dos más seguros son la constancia y el trabajo".

Tienes que reconceptualizar el sentido del trabajo. Tienes que dejar de culpar a otros de la falta de trabajo. No es solo un problema de dinero, de crisis económica, de depresiones mundiales. Es un problema de mentalidad. Es un problema de ideas. Es un problema de libertad. Si quieres ser realmente libre, no puedes depender de otros. Tú tienes que generar tu propio nicho ecológico; tú tienes que parir tus propias ideas y convertirlas en una realidad tangible. Entonces serás libre. Entonces serás respetado (e incluso temido, sobre todo por la bazofia que vive del sudor de los demás). Decía Guiseppe Giusti (1809-1850) que "en el mundo hay gentes que, incapaces de elevarse una pulgada, intentan alzarse sobre las ruinas de los demás". Tienes muchos de estos en tus filas...y así te va.

Y tu otro gran problema es que no siempre sabes elegir a tus dirigentes, a quienes otorgas la potestad de gobierno, a quienes pagas para que te sirvan y lideren. En vez de elegirlos tú, permites que se postulen ellos y que te vendan la moto con promesas imposibles. No sabes discriminar la incompetencia, la avaricia, la ambición, el postureo. Como en tu mundo domina la masa, eres incapaz de distinguir al líder, al que aporta valor; y lo mezclas con el lameculos de turno, el oportunista, el incapaz, el que quiere vivir oculto porque nada tiene que ofrecer al descubierto. Masificas y mediocratizas tus mejores recursos en favor de una falsa igualdad que corrompe tu identidad. Por supuesto que "nadie es lo suficientemente pequeño o pobre para ser ignorado", como diría Henry Miller (1891-1980); pero es tu obligación identificar a los mejores, potenciar a los que defienden tus valores y colocar al frente de tus huestes a quien mejor puede dirigirlas hacia la victoria y el progreso. En esto eres un coladero de mierda. Pones y quitas dictadores. Permites que los fuertes subyuguen a los débiles, que haya ingerencias externas en estados soberanos, que se use la religión como arma de guerra, que descerebrados condicionen el destino de un pueblo.

 


El descrédito de la clase política
no es nada nuevo; y la lucha por el poder es tan vieja como la historia de las especies. "El depositario del poder siempre es impopular", decía Benjamin Disraeli (1804-1881). Y es cierto; pero tu obligación es elevar a esa posición a los mejores, a los que saben que gobernar es servir. Decía Francis Bacon (1561-1626) que "los hombres situados en altos puestos son tres veces siervos". Para Jean de La Bruyére (1645-1696) "los puestos de responsabilidad hacen a los hombres eminentes más eminentes todavía, y a los viles, más viles y pequeños". Y tú tienes la obligación de identificar a los eminentes para que te representen. Quienes saben gobernar con auténtico espíritu de servicio han sabido obedecer primero. En este sentido, Ralph W. Emerson (1803-1882) decía que "únicamente la obediencia tiene derecho al mando"; y Solón (640-558 a.C.) adoctrinaba diciendo: "Manda cuando hubieres aprendido a obedecer". Quien no ama a sus semejantes y se siente orgulloso de servirles no está dotado para el gobierno. "El amor a la libertad es amor al prójimo; el amor al poder es amor a sí mismo", decía William Hazlitt (1773-1830). Plinio el Joven (61-113) predicaba que "no hay autoridad como la que se funda en la justicia y se ejerce por la virtud"; y Plutarco (46-119) aconsejaba que un jefe debería tener los ojos tan puros como las manos. En el fondo, el verdadero poder no es materia de peso sino de calidad. Según Séneca, "el hombre más poderoso es el que es dueño de sí mismo".

Cúidate de los absolutistas, de los que sólo saben gobernar desde la mayoría. Como decía Camilo Benso, Conde de Cavour (1810-1861) "con un poder absoluto hasta a un burro le resulta fácil gobernar". No olvides que a todo mal político le interesa tener al pueblo adormecido, atontado, distraído y, si es posible, anestesiado, para que no pueda percibir su incompetencia o sus abusos. Todo político mediocre se rodea de una corte de inútiles para poder destacar más que el resto. A esta fauna le estorba cualquier soplo intelectual que no emerge de sus cloacas. Ya decía Fiódor Dostoievski (1821-1881) que "la mediocridad no conoce nada que le sea superior, pero el talento reconoce inmediatamente al genio". Preocúpate de distinguir al político del hombre de estado. Decía Otto von Bismarck (1815-1898) que "el político piensa en la próxima elección; el estadista, en la próxima generación". Intenta identificar al genio y apóyate en él para buscar salidas cuando te sientas acorralado o buscar soluciones cuando te abrumen los problemas o, simplemente, cuando quieras reposar sobre un pecho noble en momentos de fatiga. Según Jonathan Swift (1667-1745) "cuando un verdadero genio aparece en el mundo, lo reconocéis por el signo de que todos los tontos se unen contra él". No te dejes arrastrar por modas y corrientes de opinión. "Un país gobernado por la opinión no lo está por la competencia", decía Gustave Le Bon (1841-1931). Busca en tus líderes conocimiento y saber. No olvides que "el saber, después de la virtud, es ciertamente lo que eleva a un hombre a mayor altura que otro", como decía Joseph Addison (1672-1719). Aun así, "no basta con adquirir sabiduría; es preciso además saber usarla", afirmaba Cicerón; y si tienes que vivir en un enjambre de envidiosos, recuerda lo que decía Lord Chesterton (1874-1936): "Has de ser más sabio que los demás, si puedes; pero no lo digas". Esquilo (525-456 a.C.) también pensaba lo mismo: "Lo mejor para el sabio es no parecerlo". Pero tú tienes que reconocerlos, escucharlos y tener en cuenta que "el hombre sabio, incluso cuando calla, dice más que el necio cuando habla". Así lo entendía Thomas Fuller (1609-1661).

Si tienes a bien considerar lo que un buen pueblo merece, te diría: Educa para sembrar de hombres honestos y buenas ideas el futuro; para que esas ideas se transformen en un arsenal de trabajo inagotable que te dignifique; y déjate guiar por aquellos que te aman y están preparados para conducirte por la senda del bienestar y del progreso, llevando siempre como estandarte el símbolo humilde de la sabiduría.

CATEDRÁTICO DE MEDICINA GENÓMINA