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tolo por ti

El primer amor

Por José María Máiz Togores

12.06.2016 
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Todos hemos tenido un primer amor.

El mío fue Maite. Dieciséis años. Uno más que yo. Tenía el cabello moreno; los ojos, castaños y llenos de luz y aguas desatadas. El cutis, blanco horizonte y salpicado de pecas, sobre todo en torno a la nariz, que hacían de ella, cuando se reía, una chica singularmente atractiva y con un gesto cargado de ensoñaciones. Recuerdo de ella también unos labios generosos, una sonrisa caliente, un perfil casi culminado y un aroma que invadía, en su presencia, todo mi espacio.

Maite se cansó de ser mujer a mi lado. Es lo que tenemos los hombres en la adolescencia.

El recuerdo del primer amor desata en nuestro interior siempre sentimientos positivos. Casi nunca retenemos de él los malos aconteceres.

¿Por qué no me vienen a la memoria los innumerables quebraderos de cabeza para lograr esquivar las incontables indagaciones y demandas de mis padres?

¿Por qué no recuerdo la incomodidad que mi presencia generaba en su casa?

¿Por qué soy incapaz de escenificar con pulcritud el momento en el que ella me dejó por otro?

¿Por qué no me ahogan las peleas y las discusiones?

¿Por qué no se hacen presentes aquellos irrefrenables celos infantiles que me postraban angustiado en un sofá durante tardes enteras?

¿Por qué ignoro las horas de silencio en espera de una llamada que no llegaba?

En nuestra mente se produce una criba de todo lo negativo y sólo guardamos en el baúl de la nostalgia los gratos momentos: las interminables miradas, las toscas y desconocidas caricias, los ratos de placer, las tardes interminables llenas de proyectos y un mundo inaccesible para el resto de los humanos.

Ese primer amor se instala en nuestra memoria con la fortaleza de los ideales juveniles. Nada ni nadie es capaz de relegarlo al olvido. Y muchos/as de nosotros/as comenzamos, tras su desenlace, una particular yincana con la única intención de encontrar una nueva versión de esa primera, única y efímera pasión. Pero las embestidas de esos ya no primigenios amores las soporta con estoicismo y entereza; porque, por mucho que experimentemos nuevos placeres, nunca será como el que nos llevó a descubrir los brotes aún verdes de esa sorpresiva juventud.

Al recordarlo, ese primer amor proyecta en muestra mente una decolorada película de la que jamás encontraremos en ningún lugar una segunda parte. Esta imposibilidad la hace agridulce, pues la vemos con una mezcla de inocente y desordenada voluptuosidad y una gran dosis de nostalgia por un tiempo ya irrecuperable.

Y otra vez vuelven a surgir un sinfín de porqués. Son tantas las preguntas, son tantos los espejos rotos en busca de respuestas, son tantas las carencias presentes difuminadas por esta primera experiencia, que a ese mi primer amor lo he convertido en un huésped permanente de mi memoria. Huésped que permanece silencioso y oculto, y que un día, como un rayo fértil, se despereza y me ofrece compartir el brebaje efímero de la nostalgia.

Y yo tengo sed todas las noches.

Y yo bebo todas las noches esa pócima en una copa que parece no tener fondo.

 

(*) El autor es profesor