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El Papa santo que leía mis crónicas

Nunca se puede presumir de ser próximo al papa, pero sí tuve una cierta proximidad física, típica de periodista que lo acompaña en viajes

El autor recibiendo la bendición papal de manos del Santo Padre Pablo VI
El autor recibiendo la bendición papal de manos del Santo Padre Pablo VI

TEXTO: LUIS BLANCO VILA // PERIODISTA   | 10.06.2018 
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El de hábito blanco y solideo, cuya figura adelgaza más aún el corte del encuadre del fotógrafo oficial del Vaticano, es San Pablo VI, papa, que la Iglesia canoniza, santifica, hoy mismo. Ha puesto su mano izquierda sobre mi hombro derecho "arrodillado" y, en ese mismo instante me está castigando con el más alto elogio a que podía aspirar un pobre corresponsal de Prensa acreditado ante la Santa Sede. Me está diciendo, como si nada...:"Yo a usted lo leo todos los días".

Recuerdo que se me nublaron los ojos y que el llanto amenazó con una cascada de aguas rotas; conseguí bloquear la avenida no sé cómo. "No tendría que sorprenderse, siguió diciéndome con su voz aterciopelada, casi susurro-, al fin y al cabo es usted el corresponsal del diario YA de Madrid, el más importante diario católico de la católica España".

Es evidente que tenía razón. Pero a mí me fue creciendo por dentro una duda, un cierto pesar por algo que había hecho y que no era correcto. ¿Sería una advertencia del papa por mi sucio delito? Hacía sólo unos días había "robado" un borrador de documento/encíclica papal en la Secretaría de Estado del Vaticano. Al día siguiente, mis periódicos -media docena- habían publicado, por decisión superior, lo que se dice una primicia o exclusiva.

El robo fue facilón. Los guardias suizos del trayecto se cuadraban a mi paso, tomándome, sin duda, por funcionario de alguna de las oficinas. Cuando las recorrí no encontré a nadie; esperé, fisgoneé, encontré, fotocopié...Nadie, nada... Cuando ya había terminado los "deberes" y me disponía a salir, escuché un grito coral lejano -¡gol!- y tuve tiempo para recordar que aquella tarde, precisamente aquella tarde, los equipos de fútbol de España e Italia se enfrentaban en el curso de un campeonato no sé si del Mundo o de Europa.

La gente de las oficinas se había ido al salón del fondo donde estaba la "tele", a ver el macht. Creo que era el equipo español el que había endosado un gol a la "squadra azzurra". Salí por piernas, saludé a la gendarmería suizo-vaticana y me fui a enviar mi gol, que el director se encargó de subir al marcador. Tengo por algún archivo la correspondencia del doctor Federico Alessandrini, serio director de la Sala Stampa y de "L´Osservatore Romano", órgano diario de prensa de la Santa Sede, a propósito del macht con el director de YA, y la reprimenda que me dedicó en una nota oficial a mí dirigida.

Por mi parte, yo saqué una conclusión: ¡Ojo, tú, que el Papa te lee todos los días! ¿También el papa estaba afeando mi conducta? No. "Siga caminando por el sendero del Señor" , me dijo, mientras yo besaba su anillo y me alzaba.

He comenzado por esta anécdota personal -mi mujer y mis suegros fueron testigos, además de monseñor Pablo Puente, de la Secretaría de Estado, más tarde nuncio en el Líbano- porque puede que algún lector piense que hablo de aquel arzobispo Montini, de Milán que, según la prensa del régimen español, era enemigo de España, tal como mostrara en las peticiones de indulto a Franco para el anarco comunista Grimau y, más tarde, ya papa, para el también anarquista catalán Puig Antich.

Tienen razón, es el mismo Montini en ambos casos, con dos lustros de diferencia. Los santos son así, compasivos, tenaces en la piedad y en la súplica. "No nos han escuchado", se lamentaba el santo de hoy, cuyo viaje a España vetó Franco en persona en 1965 y cuya llamada telefónica, siendo papa, se negó a atender en 1973, en el caso de Puig Antich. Un papa santo no cambia sus criterios porque haya ascendido en el escalafón.

Nunca se puede presumir de ser próximo al papa; pero sí tuve una cierta proximidad física, típica del periodista que lo acompaña en viajes fuera del Vaticano, en visitas a barrios periféricos y tal vez deprimidos, en audiencias y coincidencias por razón de oficio. La sinrazón del régimen español con la figura de Montini llegó más allá de la desafección: fue una estupidez, una campaña denigrante y babosa.

Lo extraño es que Franco no tuviera mejor información, con tantos "monseñores" españoles en el más alto dicasterio vaticano, la Secretaría de Estado, y con dos embajadores en Roma. Claro que la buena labor de uno de ellos la echaba a perder el sectarismo del otro. Y no digo más porque en el mundo de la diplomacia se recomienda callar más que largar.

Volviendo al Papa que hoy santifica Francisco, contra lo que aseguraba la mala prensa que lo perseguía, era una persona tímida y de una gran finura de alma. ¿Un intelectual? Sin duda; cualquiera de sus libros o encíclicas -la "Humanae vitae" "o la "Populorum progressio", por ejemplo- muestra una fundamentación doctrinal de gran calado, pero, al mismo tiempo, una calidad literaria que permite una lectura satisfactoria. El cierre de los flecos doctrinales del Concilio Vaticano II y, sobre todo, la institución de los Sinodos como actualización de las formas de la doctrina de acuerdo con los nuevos tiempos fueron sus dos grandes empeños satisfechos. No es extraño que la masonería pretendiera acabar con su prestigio e incluso con su vida, como sucedió, por ejemplo, en su viaje apostólico a Filipinas en el otoño de 1970, donde, nada más pisar tierra en el aeropuerto de Manila, fue acuchillado por dos veces en el pecho por un ciudadano boliviano, disfrazado de sacerdote.

Todo normal, digo yo, acorde con su hagiografía casi protocolaria y canónica, propia de estos reconocimientos santorales, algo así como una presentación de credenciales ante el universo de los fieles. Dios no necesita de tales documentos iluminados con ribetes gloriosos. Y a mí me basta con el reconocimiento personal en el recuerdo que la foto actualiza.

San pablo VI, el Papa peregrino

Giovanni Battista Enrico Antonio Maria Montini nace en Concesio, Lombardía (Italia), el 26 de septiembre de 1897.

En 1963, al morir San Juan XXIII, el entonces Cardenal Montini fue elegido el 21 de Junio de ese año, Pontífice de la Iglesia Católica tomando el nombre de Pablo VI, diciendo al mundo que continuaría con la labor de su predecesor hasta el día de su muerte el 6 de agosto de 1978.

Su proceso de beatificación comenzó el 11 de mayo de 1993. El 7 de mayo de 2014 se aprobó un milagro por el cual el papa Pablo VI, sería declarado beato.