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Tribuna libre

De padres a hijos

BEGOÑA PEÑAMARÍA  | 05.03.2017 
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Los padres nos dan la vida, nos traen al mundo sin permiso ni consulta, nos ponen a andar a trompicones y tratan de domesticarnos, en gran medida, para que su mejor creación no se convierta en su peor enemigo... También nos hacen cargar con su idioma, sus frustraciones, sus costumbres, sus rencores y su porvenir. Durante un tiempo tratan de dirigir nuestras vidas y siempre quieren que no suframos... Buscan lo que consideran mejor para nosotros, en un intento de que nuestras existencias sean poseedoras de todo lo que han echado en falta en las suyas propias, pretenden que no dejemos de hacer aquello que les ha funcionado y suelen tener miedo a que abramos nuevos y desconocidos caminos, es decir, no probados ni comprobados por ellos o mal experimentados por parte de alguno de sus conocidos.

Los hijos recibimos una vida que, a veces, nos queda grande. Solemos enfrascarnos en nosotros mismos o en nuestras rutinas y hasta podemos llegar a sentir que nuestro mundo forma parte de un universo en el que no tienen cabida los que nos trajeron a él... Tampoco nos gusta que nos domestiquen como si fuésemos animales de compañía, ni que traten de amoldar nuestro carácter a la conveniencia familiar en todos sus matices, por ello, durante un tiempo, nos resistiremos con uñas y dientes a despojarnos de las partes más abruptas de nuestra forma de ser... Y lo haremos, en parte por rebeldía y en parte por miedo a no ser especiales, mientras aguardamos sin saberlo a que la vida nos dé las suficientes lecciones como para darnos cuenta de que una buena personalidad no la da el radicalismo, sino la capacidad de adaptación a toda nueva circunstancia que nos pueda tocar en suerte... Aquellos incapaces de renunciar a alguna de las señas de identidad que marcaron su adolescencia y bajo cuyo yugo se sienten seguros, acabarán, en el mejor de los casos, conformando las ridículas y, generalmente, solitarias o mal acompañadas entretelas de un adulto decrépito con alma pueril... Algo que no significa lo mismo que juvenil y que a partir de cierta edad suele adoptar tintes patéticos.

 


La cantinela adopta una nueva forma cuando a los hijos nos toca ser padres, ya que entonces nos veremos abocados a acabar admirando la paciencia infinita de nuestros progenitores, buscando ejemplo en la sabiduría que lograron alcanzar a base de muchas tardes de toreo y necesitando su apoyo en las etapas más sombrías en el deambular de nuestros vástagos. Ya no nos importará haber cargado con sus frustraciones ni que durante un tiempo tratasen con o sin éxito de delimitar nuestros caminos... Por fin comprenderemos que absolutamente todo lo hicieron -de forma equivocada o no-, lo mejor que pudieron, supieron o simplemente les dejamos...

 


Por fin entenderemos que nuestros descendientes no han elegido vivir y, por ello, intentaremos enseñarles el modo de hacerlo de la mejor manera posible. Nunca entre algodones y siempre con amores... Respetando sus tropiezos, tratando de guiarlos siempre y entendiendo que son gusanos de seda que algún día, por difícil que parezca y bajo nuestra supervisión y medido sufrimiento, se convertirán en preciosas mariposas... No hay que olvidar que por cada invierno frío, hay una primavera que esperar... Evitemos desesperarnos en demasía, caer en un excesivo pesimismo o en un desmesurado optimismo, pero sobre todo, hagámoslo sin desgastarnos más de lo conveniente y siendo conocedores de que la mayoría de las cosas caen por su propio peso y no suelen ser demasiado importantes... Y que aquellas que sí lo son, no vamos a poder evitarlas..., pero quizás sirvan para que nuestros vástagos aprendan y encaminen sus pasos de una manera más acertada.

(*) La autora es diseñadora