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tribuna libre

No son hijos de la luna

BEGOÑA PEÑAMARÍA   | 24.07.2016 
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Decidir tener un hijo es la mayor responsabilidad a la que un ser humano puede enfrentarse en la vida. Mucho más allá de sentir el poder de dar un giro a una existencia más o menos plena y de comenzar una nueva etapa a la que todos parecemos estar abocados por costumbre y tradición; no debemos olvidar antes de dar ese paso al vacío, que no solo nuestra vida cambiará, sino que seremos responsables de traer al mundo a un ser que -al igual que nos sucedió en su momento a todos los pobladores del planeta-, no eligió nacer.

Generalmente, la irrupción de una prolongación de uno mismo en el organigrama de una vida, trae consigo un sinfín de alegrías y otorga un sentido a la existencia del progenitor al que en más de una ocasión es preciso echar mano. Pero antes de decidir dar un paso tan magnífico hay que saber que los hijos vienen cargados con su propia mochila de necesidades y personalidad, porque no son muñecos a los que podamos decorar a nuestro gusto, obligar a vivir a nuestro modo, hacerles herederos de nuestras rabias o frustraciones y enfocarlos hacia donde queremos dirigirlos sin estar preparados para recibir un puntapié por su parte.

Los hijos son nuestros, pero no nos pertenecen en realidad. Han venido a parar a nuestro lado para que los cuidemos, los protejamos y les enseñemos a caminar por la vida, aunque nosotros mismos vayamos a trompicones. Y lo han decidido, en la mayor parte de los casos, un par de personas a las que se supone maduras, y de mutuo acuerdo. Por eso representan una gran responsabilidad creciente y compartida y, por tal motivo, únicamente deberían tener la capacidad de concebirlos aquellos que estén dispuestos a dar su sangre, sus entrañas y su vida por ellos y para ellos. Así de sencillo. Y lo demás son escusas y pamplinas.

Porque la época de disfrazarlos a nuestra imagen y semejanza, caduca, como también lo hace la de volver a ser niños a su lado jugando con todo aquello que nos hemos ocupado de regalarles para que gocen de lo que nos faltó a nosotros. Y, cuando esto sucede, llega la etapa de lidiar con adolescentes más o menos rebeldes, con mejores o peores estudiantes y con jóvenes dóciles o contestatarios. Llega el momento de afrontar mezclas genéticas que, a veces, pueden ser bombas de relojería.

Conocer la realidad antes de sumergirse en ella, no indica frialdad, sino responsabilidad y deseo de renuncia en favor de otro ser al que hemos creado y que, en general, nos llenará de alegría y le aportará a nuestra vida la luz necesaria para continuar cuando se haga de noche. Porque siempre hay momentos en los que oscurece. Y, lamentablemente, hasta hay veces en los que esos pequeños ya nacen con la oscuridad a cuestas: presas de una enfermedad que obliga a los padres responsables a vivir enfermos y felices a partes iguales.

Enfermos de preocupación por faltarles algún día y dejar de servirles de escudo protector, y felices porque gracias a esos niños trasquilados podrán mirarse todos los días en el espejo de la bondad más absoluta. La bondad de vivir por y para otro y de hacerlo para siempre... Porque si un hijo sano es una responsabilidad y una lucha permanente, uno enfermo lo es al cubo, así como una fuente de amor absoluto hasta el fin de los días.

No obstante y aunque hay que estar preparado para poner al mal tiempo buena cara, los parámetros normales siempre son los más sencillos y deseables. Ver cómo un hijo sufre o vive sin vivir en él es, a todas luces, una desgracia infinita. Y, como dice el gran comunicador Andrés Aberasturi al hablar de la parálisis cerebral que arrastra uno de sus hijos: los padres a los que les ha tocado atravesar por ese agridulce calvario, están en todo su derecho a decirle cuatro cosas a Dios el día en que se encuentren con Él. Faltaría más.

Yo me atrevo a decirles, además, al resto de los mortales que se planteen ser padres, que se trata de la experiencia más maravillosa por la que puede atravesar un individuo en su vida entera, pero que antes de decidirlo, ambos progenitores deben estar bien seguros de que están preparados para esa aventura que, aunque con más o menos avatares para los que hay que estar preparados, suele ser altamente enriquecedora y gratificante.

(*) La autora es diseñadora