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Marruecos: la verdad desnuda

En un arrebato de pánico debido a las revueltas en el mundo árabe, las autoridades marroquíes han propiciado la venta ambulante como antídoto contra un eventual contagio de las protestas. Una medida que mantiene al Gobierno a salvo, sin embargo, pasa tremendamente factura a los indefensos ciudadanos ante la anarquía reinante en no pocos barrios del reinado.

En la actualidad, el mercado informal en Marruecos
supera los 300.000 comerciantes callejeros
En la actualidad, el mercado informal en Marruecos supera los 300.000 comerciantes callejeros

TEXTO ASSIF MOHAMED   | 25.09.2016 
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De lejos se oye el bramido de un vetusto triciclo a motor rompiendo la placidez del alba. Una vez llegado a su destino, en un barrio céntrico de Casablanca llamado Bourgogne, el estrépito se intensifica. El motociclista, sin consideración alguna a los habitantes del barrio, procura aparcarlo adecuadamente, o sea, en plena calle ya que de un vendedor ambulante se trata. El incipiente calvario de los habitantes parece agudizarse aún más. Esta vez tienen que aguantar el estruendo de las cajas de mercancía arrojadas desde el triciclo al suelo; al caer, como si fueran estampidas, desvelan alarmados al conjunto de los residentes. Para más inri, a lo largo de las primeras horas matinales, el barrio, y muy a su pesar, sufre una invasión en tromba de vendedores callejeros la mayoría oriundos del pueblo; unos vienen en triciclos a motor, otros en carros tirados por burros como si viviesen aún en la edad media.

Se dedican a la venta de pescado, verduras y frutas, pregonando a los cuatro vientos el precio de sus mercancías, convirtiendo el barrio en una jaula de grillos, donde los derechos básicos de un ser humano como el descansar, el estudiar y el aprovechar un instante de paz con la familia se han vuelto una utopía de las mil y una noches. Como consecuencia, desde las primeras horas del día hasta altas horas de la noche, los habitantes del barrio Bourgogne viven y malviven el acoso diario de los comerciantes ambulantes. Terminado un día extremadamente torturador, los habitantes, otra vez, se ven obligados a lidiar con otro problema: los residuos. Después de forrarse el bolsillo, los vendedores ambulantes foráneos al barrio se marchan dejando éste manga por hombro repleto de basura por todos lados. Así pues, como por arte de magia, se forma una montaña de basura dando lugar a los habitantes impotentes, por desgracia, a vivir en un barrio vertedero, y por fortuna para las pululantes ratas a celebrar, a sus anchas, un festín servido por los vendedores callejeros en bandeja de plata. Este es el nuevo panorama de la capital económica de Marruecos, barrios infestados por vendedores ambulantes la mayoría procede de allende la ciudad. Ante las narices de las autoridades se echan raíces y hacen de su capa un sayo, mientras que los habitantes de no pocos barrios de Casablanca corren la misma suerte que aquellos del barrio Bourgogne. Los ciudadanos padecen la contaminación acústica por los inexorables ruidos y sufren la contaminación del aire debido a la inmundicia, lo que negativamente repercute en la salud pública. Sin embargo, tal coyuntura le viene al Gobierno marroquí como anillo al dedo. En efecto, se trata de una política maquiavélica cuyo objetivo es cubrirse las espaldas contra una eventual reivindicación de empleo que, a la larga, podría degenerar en sublevaciones como el caso de Túnez a finales de 2010.

Política de abrir la mano. Con el fin de entender esta política, así como el fenómeno de la venta ambulante que, hoy por hoy, se convierte en venta sedentaria a la intemperie, resulta necesario volver la vista atrás, precisamente, a lo que hoy día se considera como el faro de la denominada Primavera Árabe: Túnez.

Todo ha empezado con la consabida historia del joven tunecino Bouazizi que se quemó a lo bonzo en señal de protesta a su situación social. Era un vendedor ambulante cuando el día 17 de diciembre de 2010 fue golpeado por una policía y humillado por el secretario general del ayuntamiento a la hora de querer presentar una denuncia contra la policía. La indiferencia de las autoridades tunecinas lo incentivó a prenderse fuego para expresar su rabia y desesperación. Indignado por lo ocurrido, el pueblo tunecino salió, como un solo hombre, a protestar contra el régimen hasta lograr derrocar a su presidente Zine el Abidine Ben Ali. Desde entonces, el Gobierno marroquí vive con el miedo en el cuerpo, así en un acto sin precedentes da rienda suelta a los vendedores para exponer su mercancía donde les da la gana. Lo importante es no alzarse en armas.

Es innegable que la lacra del mercado informal en Marruecos se remonta a años mucho antes de las últimas manifestaciones árabes. En 2008 este fenómeno contaba con 238 000 vendedores ambulantes según un estudio realizado por el ministerio de Industria, Comercio y las Tecnologías Modernas y el ministerio del Interior. Desgraciadamente, en 2011 su número ha crecido escandalosamente alcanzando los 300.000 comerciantes callejeros. En la actualidad, a raíz de los jalones susodichos, esta cifra se ha incrementado aún más tomado un giro radical en la vida cotidiana no solo de los casablanqueses sino de los marroquíes en general.

Desafortunadamente, la política de abrir la mano llevada a cabo por el gobierno ha favorecido la proliferación desmesurada de la venta ambulante. Una política mal calculada que ha allanado el camino hacia el desgobierno y la anarquía en pos de vivir lejos de la pesadilla de una revuelta. De este modo, aceras, calles y avenidas de algunos barrios están predominantemente ocupados por los vendedores. Periódicamente, el tráfico se colapsa en avenidas como la famosa avenida Mohamed VI en Casablanca.

Peor aún son las calles que se cortan definitivamente a la circulación como el caso del barrio Bourgogne. Se trata de un auténtico caos.

Conscientes de las circunstancias actuales, los comerciantes callejeros, gracias a la bula gubernamental, han decidido pasar del estado ambulante a sedentario. Es decir, montar sus propios negocios en plena vía pública. Esta medida pone de manifiesto el desafío y la provocación de éstos a las autoridades, mientras que estas últimas no les importan más que su bienestar en detrimento del sufrimiento de los ciudadanos. De esta forma se ha creado un espíritu de resignación e impotencia en el ciudadano ante la dejadez de las autoridades, a sabiendas de que éstas no moverán ni un dedo por su causa y por temor a vérselas con algún vendedor ambulante recién salido de la cárcel. Indudablemente, este es el statu quo que el gobierno actual anhela gozar.

La fortuna de Mohamed VI contrasta con la economía del resto de ciudadanos marroquíes, con un salario mínimo interprofesional de 300 euros al mes.

Política de fachada. Al tenor de lo acaecido en el mundo árabe a partir de 2011, Marruecos emprendió una serie de reformas con miras a soslayar una posible ola de protestas contra el régimen que, a la sazón, se veía inminente. De hecho, entre estas reformas citamos la reforma de la constitución en marzo de 2011. Supuso una inflexión hacia una nueva era de gobierno en Marruecos. Asimismo, el lanzamiento de varios proyectos sociales y económicos con el objeto de promover el desarrollo de las zonas rurales y urbanas.

Por desgracia, la realidad sobre el terreno deja mucho que desear, lo que convierte estas reformas en papel mojado. Por una parte, el pueblo marroquí se ha percatado, con el discurrir de los meses, que el nuevo puesto de presidente del gobierno - creado a través de la reforma de la constitución- no era más que una farsa. Dicho de otro modo, el actual presidente del gobierno, o el que lo suceda en el futuro, es y será un mero títere, dado que sin el visto bueno del monarca nunca se le permite tomar decisiones de cualquier índole. Esta tesis se refleja nítidamente en que "la nueva constitución creó otros organismos para que el rey mantenga los mismos poderes, entre ellos el Consejo de la Seguridad Nacional encabezado por el rey, el nombramiento de todos los cargos claves del Estado en sectores públicos por parte del monarca", en palabras de El Houssine Majdoubi, un periodista y un experto en las relaciones de España con Marruecos y también con el mundo árabe.

Y por otra parte, la mayoría de los proyectos destinados a la mejoría del mundo rural así como el urbano no han visto la luz. Por si fuera poco, los que sí se han llevado a cabo - aparte del tren de alta velocidad- son de un ínfimo presupuesto. Lo escandaloso es que cuando se trata de pueblos y ciudades pequeñas, se recurre a dar un nuevo comienzo a proyectos ya llevados a cabo con anterioridad. Todo ello, amén de otros factores climatológicos como las contumaces temporadas de sequía, han incitado, por un lado, a los campesinos a huir de los campos rumbo a las ciudades, y por otro han incentivado a un sinfín de parados -habitantes de ciudades- a convertirse en vendedores ambulantes por falta de iniciativas serias por parte del Gobierno marroquí.

Sin embargo, lo llamativo es la postura del rey al interceder en 2015 por el bienestar de los comerciantes callejeros en Rabat creando una ley reguladora de este sector informal, así como denegando un nuevo proyecto para trasladarlos a otro lugar a las afueras de la capital. Por lo visto, se trata de una ambiciosa ley para estructurar dicho sector. No obstante, resulta menester subrayar que dicha ley viene tras un estudio elaborado en 2011 acerca de los vendedores ambulantes. Es decir, justo con la efervescencia del mundo árabe. Es más, en Casablanca resulta extraña la desaparición, como por arte de birlibirloque, de un centenar de vendedores ambulantes en la avenida Mohamed VI cuando el soberano decide instalarse en su palacio ubicado en la misma avenida. Después de una breve búsqueda, encontramos -bajo orden de las fuerzas auxiliares- a los vendedores exponiendo su mercancía en callejuelas en espera del retorno del rey a la capital para poder invadir, de nuevo, la avenida Mohamed VI.

A la luz de las reformas en apariencia, se nota a la legua que no son más que una cortina de humo de cara a conseguir el reconocimiento y la simpatía de la comunidad internacional. Se trata, por consiguiente, de una política de fachada.

Modus vivendi e higiene.Ante la impasibilidad de las autoridades y la precariedad laboral muchas personas han recurrido a la venta ambulante como su modus vivendi. Es lo más fácil para ganarse la vida, así como forrarse sin sudar tinta ni manual ni intelectualmente. Se trata nada más de exponer, a lo largo del día, mercancías para luego esperar las ganancias. Este es uno de los principales motivos de la continua in crescendo de esta lacra: las ganancias.

Con arreglo a la investigación "Casablanca à travers de ces petits entrepreneurs de la pauvreté" realizada por Mohamed Laoudi, un vendedor ambulante de mercancía cualquiera puede generar ganancias de dos a tres veces mayor que un obrero trabajando con el salario mínimo garantizado (SMIG) en un sector estructurado, como por ejemplo, el sector textil. Ello, incita a muchos de este sector informal a conformarse con su situación, y rechazar rotundamente cualquier alternativa, dado que no será nunca rentable y, por añadidura, dicho sector informal los mantiene lejos de la pesadilla tributaria. Para colmo, la codicia por arramblar vorazmente más ganancias ha hecho que familias enteras se den a la venta ambulante. Así, en Marruecos ya está en boga ver a padres animando a sus hijos a dejar los estudios para darse a este "oficio" tan lucrativo. Por ende, la venta callejera conduce indirectamente a cundir el analfabetismo.

Es más, en el marco de las subvenciones promocionadas a través de la Fundación Mohamed VI, las autoridades en un acto de generosidad sin precedentes, han tomado la iniciativa de regalar triciclos a motor a los recién salidos de la cárcel. Una iniciativa que a primera vista deslumbra a cuantos la escuchan y la ven, especialmente, a la comunidad internacional. Ahora bien, aunque el propósito es alejar a la ex población carcelaria de reincidir, no obstante la realidad sobre el terreno es frustrante. Los ex presos carecen de formación, responsabilidad y espíritu de ciudadanía. En palabras de no pocos taxistas de Casablanca, los ex presos conducen como bestias, se saltan semáforos, no respetan a los peatones ni a los demás conductores, por lo que resultan los artífices de muchos accidentes, amén de aparcar en cualquier lugar para exponer sus mercancías.

Por consiguiente, la confluencia de tres factores negativos, a saber: la desidia de las autoridades, la prepotencia de los vendedores callejeros y la resignación de los ciudadanos han tomando un sesgo desagradable en lo que a la higiene se refiere. En efecto, se trata de un panorama asqueroso donde los barrios se han convertidos en sentinas. El número escalofriante de vendedores ambulantes, por ejemplo, en el barrio Bourgogne, hace que, a diario, dejen una cantidad ingente de residuos. Al exponerse al calor solar desprenden olores irrespirables que, a su vez, propician la proliferación de virus nefastos para la salud. En vista de la ausencia de medidas higiénicas y sanitarias, los vendedores callejeros, sin dar importancia a la frescura de la mercancía, se afanan a exponerla en medio de la basura cueste lo que cueste.

Una situación harto favorable para el Gobierno marroquí porque, por una parte, un ciudadano en precarias condiciones saludables solo se preocupará por curarse; y por otra un vulgo analfabeto no se interesará más que por cómo ganarse el pan diario. En cambio, los habitantes de barrios como el de Bourgogne, en el corazón de Casablanca, no les quedan más remedio que pagar los platos rotos.

Una lacra mediáticamente sesgada. ¿Son fidedignos los medios afines al Gobierno? ¿Acaso los mass media internacionales resultan meros loros?

El tratamiento que se le da a la venta ambulante es, eminentemente, vacuo. (Casi) todos los medios de comunicación marroquíes atribuyen el incremento titánico de esta lacra a causas puramente económicas y sociales. Es cierto, los factores socioeconómicos desempeñan un papel en la proliferación de este fenómeno. Si bien, no ponen el dedo en la llaga para tratar, abiertamente, la política gubernamental al respecto. A ratos, algunos diarios electrónicos mencionan, tímidamente, la inmolación del vendedor tunecino como motivo de dicho incremento. Pero carecen de estudios pormenorizados. Esta actitud emana del sentimiento de pavor a ser blancos de represalias por el Estado, por lo que optan por tratar este tema a través de otras perspectivas. Por ende, resultan medios de ínfima credibilidad.

Lamentablemente, los medios de comunicación internacionales cargan las tintas loando la cordura de las autoridades del reinado en anticipar los sucesos de la Primavera Árabe; Pasando, completamente, por alto la digna tarea investigadora de un consumado periodista para averiguar los auténticos factores que han conducido a solventar este problema. Esta desinformación incita a la comunidad internacional, deslumbrada por las reformas, a picar el anzuelo. En vista de las informaciones sesgadas, la comunidad internacional se ha fijado nada más en las medidas inmunitarias emprendidas por Marruecos con el objeto de evitar correr la misma suerte de los demás países de la zona.

Sin embargo, el caballo de batalla -al que los medios, a propósito o sin querer, le echan tierra- se refleja en que el Gobierno ha hallado cobijo en el fenómeno de la venta ambulante. Se trata, de un problema que lleva arrastrando en Marruecos per sécula seculórum, así como en todo el mundo árabe.

No obstante, a causa de la denominada Primavera Árabe, esta lacra va tomando un cariz de mayor trascendencia tanto para los gobiernos árabes como para sus poblaciones. De hecho, en vez de hacer frente a tal jaleo, Marruecos se las ha ingeniado sacando paradójicamente partido del causante de esas protestas: el vendedor ambulante. Por lo que el reinado marroquí, se considera pionero en absorber la magnitud de ese fenómeno con el objetivo de sortear, astutamente, la ola de protestas que han contagiado la mayoría de países árabes.

Como colofón, alzar las manos al cielo es el consuelo de los ciudadanos de varios barrios del reinado, porque, indiferentemente, el Estado marroquí los ha presentado como ofrenda para salvar las apariencias.