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María y Samanta: un vero elogio razonado de las peluqueras

11.12.2016 
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Les resultará extraño, casi con toda seguridad, que traiga a colación este tipo de diatribas a estas páginas. Pero, señoras y señores: es que no me resisto a hacerlo. Y a defenderlo...

La cosa viene de lejos. De una adolescencia poblada de sueños y futuros imperfectos. Entonces, en aquella villa balnearia en la que vivía con mis padres, y sin haber cumplido aún los dieciocho ni de lejos, mis amigos y yo nos planteábamos quiénes eran las mujeres más sexys del planeta. De entre todos ellos, había más de uno que se inclinaba por las enfermeras. "De tanto cuidar a la gente, se les queda un halo de amabilidad que multiplica su belleza..." Alguno, muy cachondo, sacaba a relucir el viejo chiste: "Las telefonistas. Fíjate que están todo el día con el aparato en la mano, y aún, al final, siguen manteniendo lo de No se retire, por favor..."

Uno, que lo tiene claro, siempre se ha decantado por las peluqueras. Y aún lo mantengo. Son bellísimas. Poseen virtudes terapéuticas, psicoanalíticas. Piensen en cuánto se habla en esos lugares. Es parte, precisamente, de una terapia progresiva, y además, a bajo coste. Ríanse de las manías norteamericanas -y argentinas, claro- de acudir al psiquiatra por norma. Pues no. La pelu es mucho mejor...

Y además, saben cuidarse como nadie. Benditas sean. (Dedicado a mis amigas María y Samanta (foto), de Mya: ¡¡Salud, guapísimas...!!)