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María Oruña: "yo veo misterios por todas partes"

La viguesa vuelve en ‘un lugar a donde ir’ (destino) a los escenarios de ‘puerto escondido’, para trazar un puzle intrincado, que incluso lleva a México

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ  | 26.02.2017 
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María Oruña aparece en la sala de lectura del Hostal dos Reis Católicos, ya avanzada esta mañana intensamente azul en Compostela. Llega con su perpetuo tono jovial, realmente entusiasta (ella suele mostrarse así, tenga novela recién salida del horno, o no la tenga: pero esta vez, la tiene). Oruña vive la literatura como un juego divertido, un juego que, sobre todo, quiere proponer al lector aventurero y amigo de las intrigas bien horneadas. Aunque es consciente de que el éxito de su primera novela, Puerto Escondido, un thriller vertiginoso que se desarrolla en esos escenarios cántabros, entre Suances y Comillas, un lugar de su biografía sentimental que ella domina a la perfección, supone un reto difícil de batir. Lo va a intentar con esta nueva historia que acaba de aparecer hace apenas unos días: Un lugar a donde ir, publicada por Destino. No es una continuación de la obra anterior, insiste, aunque algunos personajes se repitan. Sobre todo su investigadora de cabecera, la teniente Valentina Redondo, de origen gallego, en cuyo apellido y ascendencia se concentra un homenaje literario más que evidente. Oruña confiesa que ya está escribiendo una tercera historia que cerrará este ciclo. “Después, a otra cosa”.

Pero es cierto que a estas alturas Oruña es Oruña, madura en el dominio del diálogo, un diálogo tan natural como dispuesto para esconder lo que se debe esconder al lector. Ahí está María Oruña, desplegando su pasmosa facilidad para diseñar laberintos. Esas tramas complejas que ella ve como puzzles en los que el lector tiene que encajar las piezas después de darles muchas vueltas. Todo sea por jugar. Aunque en ocasiones, se descubren lados muy oscuros, se percibe ese frío tacto del horror. María Oruña saca su verdad del vientre de las muñecas rusas. “Esta novela es una evolución, no una continuación, de Puerto Escondido”, me dice en esta mañana azul. “Los personajes han evolucionado. Por supuesto que no hace falta haber leído la novela anterior para entender esta”, aclara. Y subraya: “Un lugar a donde ir es menos intimista, es más rápida. La técnica es otra. Aquí todo ocurre en pocas horas [aunque, desde luego, hay numerosos flashbacks]”. María Oruña cree que sigue siendo la misma, pero sabe que ahora tiene muchos más ojos encima. “Sigo manteniendo mis rutinas. O lo intento. Claro que voy más a festivales literarios, viajo más. Y quiero dar un poco más de mí. Me exijo más que antes”, confiesa.

Hablamos entonces de esas técnicas narrativas. De la importancia del paisaje en su obra, por ejemplo. De su pasión por situar las tramas en ese rincón costero de Cantabria, donde ella hace crecer los enigmas como árboles frondosos, con una facilidad que parece proporcionarle el conocimiento del terreno. Pero Oruña no cree que el paisaje sea el embrión de su literatura. “Se insiste en eso a menudo, lo sé: en los paisajes que elijo para mis novelas. Es un paisaje que amo y conozco, desde luego, pero lo verdaderamente importante viene de la mano de los personajes. Son los que resultan decisivos. Además, en esta novela sale Suiza, y Alemania, y México, no sólo Suances o Comillas. Los personajes buscan un lugar a donde ir, cada uno tiene su motivación”, explica. “Pero reproduces muchos lugares de esa zona de Cantabria tal y como son, hay un ritual, una especie de ceremonial de autor, o al menos así lo percibo yo, que tiene que ver con esos enclaves... Las cosas pasan donde pasan por alguna razón...”, le digo. “Es verdad. Son lugares que aprecio y que me proporcionan sensaciones que quiero trasladar al lector. Pero hay muchos vectores en Un lugar a donde ir. Por ejemplo, esta historia está llena de detalles que parecen inventados y son todos ellos verdaderos, como digo en un apéndice donde incluyo algunas curiosidades. Se habla de proyectos de investigación, de estudios, de congresos, de seminarios científicos, que, aunque suenen raros, son totalmente ciertos. Incluso diré que hay un intento de crítica, modesta eso sí: porque a nuestros científicos los tenemos, me parece, un poco abandonados”, se queja Oruña. Los científicos (arqueólogos, espeleólogos, sobre todo) son, en efecto, muy importantes en Un lugar a donde ir.  

María Oruña intenta transmitir credibilidad en historias que, sin embargo, son intrincadas y, a poco que se profundice, extrañas. Nada chirría. Pero sorprende. En esta ocasión, el primer cadáver es el de una mujer vestida con ropas medievales, solemnemente expuesta, sin heridas ni marcas, en unas ruinas también medievales: la princesa de La Mota de Trespalacios. Con una vieja moneda en las manos. Es el arranque, muy potente. ¿Quién es esa mujer? ¿Cómo ha muerto? Y, sobre todo, ¿por qué? ¿Qué significa esa moneda? “Me gusta la gente que se arriesga, como los exploradores, a los que se cita en el libro a menudo [hay menciones a Cousteau, por ejemplo]”, dice María Oruña. “Por eso el libro está dedicado a Juan Salvador Gaviota. Gentes que se aventuran a vivir fuera de la rutina que otros codiciamos, gentes que se sacrifican por el conocimiento, o por buscar un sentido a lo que somos”, explica. Y añade algo revelador: “los lugares no son como son, sino como los recordamos y como los entendemos.. Pero lo que cambia la percepción de un lugar es quien te acompaña. O a quien te encuentras en él. La verdad es que yo veo misterios en todas partes”, dice divertida. “No sé donde están las historias. Las busco. Me vale con una simple habitación, hay que huir un poco de esos parajes obvios con casas malditas. Hay que acordarse de Agatha Christie y de los Diez negritos, que para mí es una obra maestra. Las historias están en las personas y en cómo ves tú los lugares. Por cierto: creo que le debo una novela a Galicia... Y te aseguro que la historia que voy a escribir ambientada en Galicia va a ser la gran historia”.

María Oruña hace una apuesta consciente por la versosimilitud de sus historias. No quiere fantasías. “Yo no hago hiperrealismo. Todo lo que escribo podría ocurrir. Todos los datos de investigación, los datos forenses, son ciertos, están contrastados. Yo no me conformo con entretener al lector. Quiero contar algo más. Quiero que tú entres conmigo en un juego, aunque te parezca arriesgado. Quiero que veas que lo que parece imposible, puede ocurrir. Nunca váis a encontrar nada escrito por mí que se desentienda de lo racional. Soy muy cuadriculada, y creo exclusivamente en la ciencia. Y lo que no es explicable simplemente se debe a que no tenemos los datos suficientes, o la técnica lo suficientemente desarrollada, para confirmarlo de una manera científica. Eso es todo”, afirma, rotunda. Esa pasión por justificar los giros de la novela a través del conocimiento científico y de los datos comprobables, por otro lado lo habitual en la ciencia forense, se extiende aquí a la descripción detallada de los paisajes kársticos que caracterizan esta zona de Cantabria, y que intervienen decisivamente en el desarrollo de la trama.

Las cuevas, la perforación de la tierra, las geografías ocultas, son temas importantes en la trama de Un lugar a donde ir. “Piensa que en Cantabria, de media, se descubren cuevas nuevas cada dos años. Se descubrió también recientemente un pozo vertical en la zona de Ruesga que, dicen, en una de las mayores simas de Europa. Me recordó al Sótano de las Golondrinas, que tiene mucha relevancia en la novela”. Esta persistencia del mundo de la arqueología y la espeleología en la nueva narración de Oruña se debe, dice, a su interés por analizar la vida que estos científicos llevan: “quería trasladar al lector qué motivaciones les conducen a esa pasión por las profundidades”, apunta. “Todo esto me sirvió para diferenciar la historia de Puerto Escondido: allí teníamos un psicópata. Aquí tenemos una persona normal a la que le sucede algo que le lleva a matar. Mucho más inquietante”, yo diría. “No obstante, no quiero dar la impresión de que la trama policiaca es lo fundamental de esta novela. Es necesaria, pero lo que me importa es analizar las motivaciones de los personajes para hacer lo que hacen. Hay muchas vertientes en la historia, por eso escribí los capítulos que no suceden en Cantabria por separado, y luego los cosí”, aclara Oruña. Y, como quizás no podía ser de otra manera, terminamos hablando del mal. De cómo el asesino puede atisbarse, o puede permanecer oculto bajo los pliegues de la normalidad. “Vivimos domesticados, en una cápsula de cristal. Pero, al tiempo, a pocas horas de avión de conflictos armados. En cuanto se rasca un poco en nuestra piel, aparece el animal que llevamos dentro”.