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María Gudín: "Me gustaría ser como un Walter Scott en español"

María Gudín publica Mar Abierta (GRIJALBO), una historia que atraviesa todo el siglo XVII, el siglo maldito, de Inglaterra a alas colonias españolas

María Gudín - FOTO: ecg
María Gudín - FOTO: ecg

J. MIGUEL GIRÁLDEZ   | 14.08.2016 
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María Gudín (Oviedo, 1962) es una escritora tenaz. No puede ser de otra forma alguien que analiza con extraordinario detalle un período histórico, sin dejar nada a la improvisación. La incansable y minuciosa Gudín nos lleva ahora hasta el siglo XVII, tras un largo tiempo dedicada, siempre con intensidad, a los visigodos. Mar Abierta (Grijalbo) es una gran novela que atraviesa acontecimientos históricos conocidos (y otros, no tanto), una novela que va de un mar a otro, de esta orilla del Atlántico al Caribe. Es una novela de barcos, y de castillos, y de piratas, y, cómo no, es una novela de amor.

-Mar abierta es un título lleno de fuerza. Alude al tamaño del océano y, también, al temor que suscitaba.

-A mí me encanta el mar. Le tengo mucho cariño [Gudín nació en Asturias, aunque parte de su familia es de O Carballiño]. Quizás por eso hablo de ella en femenino, como hacen los marineros. Aquí nos estamos refiriendo a la Mar Océana, que es la Mar Abierta. Es la teoría de las aguas internacionales, de la que habla Hugo Grocio, un jurista holandés de la época. En ese tiempo el mar estaba dividido por el Tratado de Tordesillas, según el cual España y Portugal se repartían el mar. Los protestantes no estaban de acuerdo con que la católica España se quedase con medio mundo, y con sus océanos. En realidad, se trata de la dicotomía ente Mare Líberum (que es como se iba a titular la novela) y Mare Clausum, el mar cerrado, el que como país nosotros habíamos descubierto, y, por tanto, era nuestro.

-Una vez más, la potencia de los escenarios históricos en tu novela es indiscutible.

-Sí, pero ya sabes que no me importan tanto los personajes históricos como el trasfondo bien documentado. Aunque lo que más me importa es la vida de la gente corriente en un contexto histórico concreto. Me gustaría ser un poco como Walter Scott en español. Hemos leído Ivanhoe, y nos acordamos de Lady Rowena, no tanto de Ricardo Corazón de León. Aquí, igualmente, me interesa el lado psicológico. Lo mismo pasa en mi novela con dos niños que se conocieron en la infancia, Len y Piers, y que luego son separados brutalmente por distintos avatares del destino. Y esa separación les producirá un trauma tremendo que una superará con la melancolía y el otro desde la violencia, porque se hace pirata.

-Efectivamente, la trama de Mar Abierto va más allá del momento histórico. Pero retratar adecuadamente la Historia de aquel siglo otorga una gran verosimilitud a todas las aventuras que aquí nos encontramos.

-Mark Twain decía que la realidad puede ser inverosímil, pero la ficción, nunca. Tiene que ser verosímil. Y eso es porque la realidad supera muchas veces a la ficción, como no dejamos de ver, lamentablemente, en los días que corren.

-Tú eres neuróloga. Conoces, muy bien el cerebro... pero no eres psicóloga. No sé si ayuda lo de la neurología en la construcción de los personajes.

--Verás. Yo aprendí de mis jefes, cuando era residente, a hacer las historias clínicas muy bien. Para curar, es bueno saber la historia, la biografía, la personalidad del paciente. Y con eso se fue despertando en mi el afán de plasmar las cosas literariamente.

-¿En qué lugar del cerebro se crean las historias literarias?

-Pienso que se crean más en el espíritu, pero se necesitan las neuronas para que funcione todo. No basta con tener una idea feliz, hay que trabajarla. Creo mucho en el esfuerzo. Y además el libro necesita la colaboración del lector, algo que no pasa en otras artes. Los lectores me cuentan cosas de mis novelas que ni yo misma conozco. Y es que, ante un libro como Mar abierta, la actitud ha de ser, sobre todo, la de descubrir. Hay muchos misterios y paisajes. Y muchas vidas.

-Medicina y literatura... Un binomio no tan extraño en nuestro país. Hay bastantes casos. Imagino que la medicina ayuda, sobre todo en lo que se refiere a las técnicas de documentación.

-La medicina es mi destino y mi profesión. Mis pacientes son muy importantes para mí. Pero mi pasión es la literatura. Para esta novela he investigado, claro, me documenté con el Archivo de Indias, pero hoy tienes muchas más posibilidades con internet. Sin embargo, también he viajado. Estuve en Santo Domingo, con toda mi familia, y allá nos perdimos en un coche por las costas. Y por el Santo Domingo colonial. Tampoco faltó Inglaterra, desde luego, donde tenía que buscar las localizaciones para la infancia de Len y Piers. Allí encontré Santa Eteldreda, que es la única iglesia católica que queda en Londres desde la reforma protestante. Fue consulado en aquella época, comprado por el gobierno español, creo que por el Conde de Gondomar. Tengo que confesar que Hazel Forsyth y Sally Brooks, como digo en el libro, me ayudaron mucho en el Museo de Londres con todas estas historias. Un museo que recomiendo mucho.

-Dices que la literatura ha sido para ti una pasión. Me pregunto si ha sido también una terapia. O algo que te ha ayudado en el ejercicio de la medicina. O al revés.

-En todo tienes razón. Dedico mucho a la literatura, todo lo que puedo. Y es una terapia porque todos somos creativos. Pienso que si no desarrollamos esa creatividad, puede estallar dentro de nosotros. Yo en la consulta le digo a los pacientes que sean creativos. No sé, que hagan cocina, que está tan de moda. Yo fui una lectura compulsiva. ¡Mi madre me decía que no se podía leer a Valle-Inclán con trece años! Pero yo lo hacía, a la escondidas. Me encanta mucho, muchísimo.

-Esta novela nos habla de otra globalidad. De la de aquella época. A veces pensamos que lo global es un concepto nuevo, muy reciente. Pero no.

-No, claro. Ahí está el largo período del Imperio Español para demostrarlo. Esta novela habla de eso. España empezaba su decadencia, pero las colonias van a durar 200 años más. Sobreviven los criollos dominicanos de la época a un ataque impresionante de la armada británica, semejante a la que un siglo después tendrá Blas de Lezo en Cartagena de Indias. Hay cosas muy interesantes, como el acto en el que el oidor mayor tiene que hacer lo que se llamaba Juicio de residencia. Era una especie de evaluación por la que pasaban los funcionarios del imperio español al irse, y a ese acto podían acudir todos los criollos de la corona, para decir lo que quisieran. En Santo Domingo ya había hospitales. Y estaba la Real Audiencia que tenía potestad sobre todo el Caribe, y que juzgaba a piratas y corsarios. Montemayor, el juez, fue un personaje real. Gabriel de Rojas viene a ser un caballero español. Coleridge es compañero de Piers en la Armada, desde jovencito. No son reales, pero nos meten en el siglo XVII, un siglo increíble, el llamado siglo maldito, como dice Geoffrey Parker.

-Eso al otro lado del mar. Pero a este lado está el origen, la infancia de los personajes. Y también está Inglaterra.

-Una etapa de formación muy interesante. Localizar el paisaje de mi Oak Park, donde transcurrirá esa infancia, fue una labor importante. Malahide Castle, en Irlanda, fue el modelo principal. Es un sitio cerca de Dublín, extraordinario. Porque yo necesito ver los sitios de los que luego voy a hablar. Visualizarlos.

-El siglo XVII fue tremendo, sobre todo desde el punto de vista del fanatismo religioso.

-Fue un siglo especial. Hubo una microglaciación, y se perdieron muchas cosechas. Pero sobre todo fue, como dices, el siglo del fanatismo, con todas las guerras de religión. Hoy las cosas son distintas: el cristianismo es ahora una religión débil y el islamismo está en alza. En El astro nocturno me preparé muy bien la historia del Islam... Lo que pasa es que en el siglo XVII se ha terminado la reforma protestante, cada uno se siente convencido de sus ideas y la religión se convierte en una cuestión política. Y en Europa eso deriva en enfrentamientos. Se me ocurre ahora que El Hereje, de Delibes, nos puede ilustrar sobre todo esto. No seguir la religión oficial suponía prácticamente la muerte. Lo curioso es que en este siglo empiezan también a nacer las libertades. La revolución de Cromwell, que era un dictador y un fanático religioso, y que llega a prohibir la Navidad por parecerle pagana, va a dar paso, sin embargo, a una monarquía parlamentaria. Y faltaban cien años para la Revolución francesa. Todo esto es el fondo de mi novela. Pero lo importante es cómo este siglo terrible influyó en la vida de la gente normal.