El Correo Gallego

Tendencias » El Correo 2

Madeira, reliquia natural

A dos horas de vuelo desde Oporto, la isla principal del archipiélago conserva la más vasta extensión de bosque laurisilva que ha sobrevivido a las glaciaciones

Imagen del Pico do Arieiro, situado a más de 1.800
metros de altitud, y desde el que es posible admirar
la abrupta orografía de la isla
Imagen del Pico do Arieiro, situado a más de 1.800 metros de altitud, y desde el que es posible admirar la abrupta orografía de la isla

ROCÍO GONZÁLEZ   | 17.07.2016 
A- A+

Cuando en 1419 João Gonçalves Zarco y Tristão Vaz Teixeira desembarcaron en Madeira, el bosque laurisilva cubría todo el territorio insular. Con la colonización que los hombres de Henrique el Navegante iniciaron en 1425, aquel bosque reliquia dejó espacio al cultivo de la caña de azúcar, el vino o la banana, y a maderas de pino y eucalipto importadas, si bien, un clima propicio y una temprana conciencia de conservación (Madeira incorporó ya en el siglo XIX las primeras normas de protección de sus ecosistemas y dos tercios del territorio están catalogados hoy como reserva natural) han permitido conservar en la isla unas 20.000 hectáreas -la mayor extensión en el mundo- de este bosque relicto, testimonio de la selva templada que hace 20 millones de años cubría buena parte del continente europeo antes de las glaciaciones. Laureles y tilos de alto porte, helechos, musgos y líquenes, componen un espacio único, declarado en 1999 Patrimonio Mundial Natural por la Unesco y fácilmente admirable a través de los más de 2.500 km de caminos naturales asociados a la red de canalizaciones (levadas) que trazaron aquellos primeros colonos para asegurar el acceso al agua en todos los puntos de la isla.

A dos horas de vuelo desde Porto (cuatro vuelos semanales de EasyJet refuerzan desde finales de mayo las conexiones con el aeropuerto de la capital, Funchal, construido en 1964 y reformado en el año 2000 para ampliar su pista sobre el mar), el clima amable del archipiélago (conformado también por la isla de Porto Santo y las deshabitadas Islas Salvajes y Desiertas) posibilitó un despertar temprano de la actividad turística, una larga tradición que ha conformado una comunidad hospitalaria, volcada en el buen recibimiento al visitante. La emperatriz Sissi, Carlos I de Austria -una estatua en el atrio de la iglesia de Nossa Senhora do Monte conmemora su presencia en la isla-, George Bernard Shaw -las crónicas de la época recogieron las lecciones de tango tomadas por el escritor irlandés en el afamado Hotel Reid's Palace- o Winston Churchill -que inmortalizó en sus pinturas los paisajes de la villa pescadora de Câmara de Lobos- son algunos de los nombres asociados al turismo de la isla.

Un paseo por el Mercado dos Lavradores, en el centro de Funchal, basta para comprobar la riqueza del campo madeirense -la decena de variedades de maracuyá cultivadas en la isla son sólo un ejemplo-, de su flora endémica y de la diversidad de plantas ornamentales que, llegadas desde todos los continentes, crecen, plenamente adaptadas, al cobijo del clima madeirense. La zona vieja de la capital, con callejuelas revitalizadas a través de proyectos de artistas locales, la subida en teleférico a la colina de Monte, el descenso desde la iglesia en los tradicionales cestos de mimbre, las casas con techado de paja de Santana o los diversos jardines botánicos son sólo parte de la oferta de la isla principal del archipiélago.

Madeira ofrece además una buena mesa, con especialidades gastronómicas como el deliciosos bolo do caco (pan de harina de trigo untado con mantequilla de ajo), la carne de vinho e ahlhos, el filete de espada o la espetada de carne de vaca, acompañada de maíz frito y en ocasiones preparada sobre espetos de madera de laurel, y especialidad principal en cualquiera de los restaurantes del Estreito de Câmara de Lobos. Con más de cinco siglos de tradición vinícola, con un cultivo manual organizado en terrazas para adaptarse a la abrupta orografía de la isla, el vino es otra de las fortalezas de la isla. Los caldos madeirenses aparecen en el Enrique IV de William Shakespeare y fueron protagonistas del brindis de la Declaración de Independencia de Estados Unidos.