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Luisgé Martín: El amor y otros demonios

El escritor madrileño logra con 'EL AMOR DEL REVÉS' (ANAGRAMA) una de las cumbres de 2016. Estamos ante una gran autobiografía sentimental, emocionante, sincera

MARTA PÉREZ  - FOTO: Luisgé Martín
MARTA PÉREZ - FOTO: Luisgé Martín

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ / MERCEDES CORBILLÓN   | 08.01.2017 
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La cosecha de 2016 se cierra con una gran historia de amor. Con una gran historia de amor y de descubrimiento personal. El amor del revés (Anagrama) es sobre todo una autobiografía. Una autobiografía sentimental, poblada de un tono confesional inevitable. Y, sobre todo, poblada por la emoción de lo auténtico. En A Coruña, con la presencia de Javier Pintor y Mercedes Corbillón (que me acompaña), nos encontramos en medio de la tarde con Luisgé Martín, en la biblioteca del Hotel Plaza. Su novela, El amor del revés, es sin duda una de las mejores novelas del año.

-Esta obra, Luisgé, es una obra sobre tu propia vida, sobre cómo se fue configurando el amor en tu corazón. Pero, aunque en este caso estemos ante una autobiografía, no es un tema extraño a tu producción literaria, sino todo lo contrario.

-Así espero que se entienda. No quiero que El amor del revés se considere una novela sobre la homosexualidad. O no solamente. Es verdad que habla de cómo descubrí mi homosexualidad, y de cómo la acepté, no pocas veces enfrentándome al resto del mundo, o, por qué no decirlo, imitándolo. Pero en realidad esta es una novela sobre la construcción de la identidad. Sobre la soledad, sobre el dolor también. Es una novela de amor. Y también habla de la intolerancia, de los daños que a veces la sociedad crea por apartar a un determinado grupo de personas... Habla, después de todo, de los grandes temas de la literatura.

-Tu obra (dice Mercedes) siempre toca algún aspecto de mi subconsciente. Me siento muy seducida por lo que escribes. El amor del revés me parece un libro imprescindible. Y me gusta que lo llames novela, aunque podamos enfocarlo como un libro de memorias. Para mí es una novela de amor.

-Bueno, estoy muy feliz con lo que dices. Coincido plenamente. El título es irónico, claro. Porque habla del amor del derecho, que es cualquier amor. Es la historia de un chaval raro, que soy yo. Una historia de un chaval que cuando empieza a tener sentimientos y sexualidad descubre que siente atracción por personas de su mismo sexo. Y eso le supone empezar a construir su identidad, enfrentándose a todos los obstáculos que tiene por delante. Y, sobre todo, le supone un proceso de construcción de esa forma de sentir el amor.

-En la novela dices que no te sentiste censurado ni señalado.

-No, no lo fui. No era afeminado. No tuve conflicto familiar. Tampoco lo tuve en el colegio. Pero ya sabes las frases de entonces, los chistes de la televisión, o en incluso las sobremesas de cualquier comida, con cualquier cuñado, como diríamos ahora... Yo no fui señalado, en efecto, pero ese señalamiento estaba en el ambiente. Lo vivía como una enfermedad, como algo que sólo podía ocurrir en familias desestructuradas, o en familias raras, a las que le hubiera caído un marciano en la cabeza.

TODO PASA A LOS QUINCE AÑOS

-Hay un momento en la novela en el que tus padres, víendote retraído, se empiezan a preocupar. Y, quizás con toda lógica, comienzan un largo interrogatorio...

-Es el retrato de una sociedad y de una época. Ven que estoy triste, me encierran en la habitación y me preguntan de todo. Creen que estoy en problemas, que si las drogas, que si he tenido un hijo... pero no preguntan si soy homosexual. Eso caía fuera de todo pensamiento. No estaban preparados, no les pasaba por la cabeza. Era inconcebible. Y no les culpo por ello. Yo mismo tengo la sensación de haber sido homófobo, porque yo mismo compré parte de ese discurso, de esa necesidad de esconderse... Y eso que sabía bien que no era nada malo, que lo único que quería era tener un cuerpo al que abrazar... Imagínate mis padres, que venían de las oscuridades del franquismo. Y mi madre, de un pueblo de la Castilla profunda. Era imposible que lo entendieran. Mi padre ya murió. Y mi madre se morirá sin acabar de entenderlo del todo, aunque lo tiene asumido. Las cosas, ya sabéis, se aprenden a los doce años. O a los trece o catorce años. Lo emocional, se aprende ahí.

-Recuerdo bien todo aquello (digo yo). Nací también en el 62, conozco bien cómo era el mundo entonces a nuestro alrededor. Y eso que tú fuiste educado en el San Viator, que, dices, era hasta progresista para la época. Estas atmósferas agobiantes, oscuras, me remiten un poco al Retrato del artista adolescente, de Joyce, y su educación.

-Me honra la comparación, qué te voy a decir. Pero lo que sucede es que este territorio de la adolescencia es tan explorable... Uno está a esa edad tan sometido a la educación reglada, y a la educación sentimental... Uno está tan expuesto a todo en la adolescencia... La sociedad ha ido aceptando la homosexualidad porque, en general, ya no se cree en ese discurso de la moral sexual tradicional, yo diría que hasta el papa Francisco está rompiendo con todo eso, porque este papa está dejando de hablar de la alcoba para hablar mucho más de la pobreza, que es algo más importante. Y claro, de esa forma se explica que, a pesar de venir de donde venimos, en ese terreno de la moral sexual, seamos, según las encuestas, y quizás sorprendentemente, uno de los países más tolerantes del mundo.

-El sexo es también muy importante en este libro, como es natural. La belleza del cuerpo humano alcanza casi un interés teológico, creo que dices en una ocasión.

-La carencia durante tantos años de una sexualidad sana, por decirlo así, el haber vivido reprimido sin la posibilidad de tocar... hizo que yo dedicara muchos esfuerzos a mirar, como un voyer existencial. Me dediqué a observar la belleza, y en el momento en que crucé esa línea encontré en la contemplación de belleza física algo parecido a tocar a Dios.

-Algo ha tenido que influir en tu literatura toda esa represión. En tu construcción artística. Y pienso en cómo aborda Colm Tóibín la realidad vivida por Henry James.

-Hay en eso una larga reflexión. Me pregunto cómo hubiera sido Luisgé Martín si hubiera tenido una vida normal. Quiero decir, si se hubiera echado una novia, si le hubiera tocado las tetas a los quince años... Aunque no sé. Porque yo ya escribía a los ocho años, y a esa edad ni tenía sexualidad ni se la esperaba. Desde luego, no habría estado presente en mí ese amor oscuro, sublimado... Ni mi lucha por la identidad. Ahora bien, la gran pregunta es si yo hubiera preferido esto o lo otro. Y tiendo a pensar que hubiera preferido lo otro, ya ves. Porque tengo la sensación de que la vida es una cosa muy pequeña, y entonces el sufrimiento no tiene mucho sentido. Pasar a la posteridad puede estar bien, llegado el caso, pero a veces es mejor una vulgaridad más feliz, creo que me inclino por esto último, aunque sea mucho menos romántico. Eso sí: sin todo esto, habría sido otro escritor.

-Hay muchas referencias literarias en tu obra (dice Mercedes), que me importan. La muerte en Venecia, o Corrección, de Bernhard, o Pavese... son inacabables. ¿Estaban ahí desde el principio?

-No había pensado en eso. Pero los ejemplos que has puesto, junto a Cernuda, o Juan Gil-Albert, y junto a otros, están referenciados cronológicamente tal y como llegaron a mí. Claro que estaban ahí. Escribí una novela como Pavese (vamos, que lo calco). Es que tengo ciertas novelas que debería quemar antes de que sea tarde (risas)... En fin. A Cortázar lo conocí en aquel momento, y fue fundamental. A Cernuda lo descubrí aquel verano terrible que pasé en Torrevieja... ¡Tuve que sublimar tanto! Todos esos autores eran en aquellos años como deslumbres. Eran como aldabonazos para mí.

-En este libro hay suicidios. ¿Crees que la literatura te salvó?

-Me salvó el arte. La música, por ejemplo. He pasado mil millones de horas oyendo música moderna: Lluis Llach, Brel... Y música clásica. Me curaba la soledad (o, a veces, me la acrecentaba). Y el cine, que fue una gran vía de escape. Sin todo eso no sé si me habría suicidado o no, pero habría acabado completamente loco.

Le salvó, sí, "la risa de quien sabe que no va morir nunca". La risa indisciplinada, que no se apaga, no la risa banal. Aunque, recuerda Luisgé Martín: "lo cierto es que todo se acaba y se apaga y se pierde. Y toda la literatura es finalmente sobre la muerte. Pero si hay algo que se parece a la felicidad, es esa risa que no tiene que ver con que algo te haga gracia, sino que es semejante al orgasmo, o la música de Bach, que lo ciega todo. Esa risa perdida, incontenible, que tiene que ver con un estado en el que se suspende el mundo. Afortunadamente, me sentí así muchas veces".