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Luis Landero: “el genio del idioma es el lenguaje oral”

El escritor extremeño regresa a los grandes temas de su ficción con ‘La vida negociable’ (TUSQUETS), la historia de Hugo Bayo, un cínico que busca su lugar en el mundo

Luis Landero - FOTO: ecg
Luis Landero - FOTO: ecg

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ  | 26.03.2017 
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Luis Landero es uno de los valores más sólidos de la literatura en español. Desde sus comienzos, con aquel aldabonazo literario que supuso Juegos de la edad tardía, hasta la novela que acaba de publicar hace apenas unas semanas, La vida negociable (Tusquets), Luis Landero ha mantenido una admirable calidad en su prosa, una coherencia y un estilo que se estira con prestancia sobre la piel del tiempo, años y años modelando ese lenguaje cervantino, al decir de los críticos, sin titubeos, sin quiebras, sin fallas, como quien conoce la mágica receta de la escritura desde los primeros días. Landero me recibe en un hotel de A Coruña con los restos del temporal navegando sobre la ciudad como barcos heridos de muerte. Vino para hablar en la fundación Luis Seoane, en el ciclo excelente que organiza el incombustible Javier Pintor, al que tanto debemos, y ahora está ante mí, con bufanda al cuello, explicando, esta novela fieramente humana.

Le digo que La vida negociable me ha gustado mucho. Muchísimo. De nuevo en este libro Landero compone un texto sin fisuras, ensamblado con los artificios de lenguaje popular, llano pero poblado por la sabiduría y el humor, que trae al presente el perfume inconfundible de los clásicos españoles. Pero Landero sigue afirmando que en él casi todo es literatura popular, lo que mamó en la calle. “Yo vengo de una familia de campesinos. Cuando nos trasladamos a Madrid, viví en el entorno del mundo de la emigración. He hablado mucho en los bares, gente del barrio, me he relacionado con macarras, o con obreros. ¿Cuándo he hablado yo con ilustrados? Poco: cuando me convertí en profesor, en la facultad, en el instituto, quizás. Nada más. Y luego estuvo la farándula, la guitarra, y más farándula cuando fui a París. Todo viene de ahí. No hay una intencionalidad concreta en este lenguaje que yo utilizo. Simplemente, me sale así. En esta novela hago hablar al coronel, o al peluquero, o al administrador de fincas, y ahí sí que estoy en mi salsa”, dice.
 
–Tus grandes temas vuelven a esta novela. La música de los perdedores, la música del afán y del ansia por ser algo en la vida. Dicen que es una novela picaresca.
–Sí, eso dicen los lectores. Yo hago caso a lo que dicen los lectores, porque ellos son ahora los dueños de la novela. Pero cuando yo era dueño de ella, cuando la estaba escribiendo, en algún momento se me pasó por la cabeza que el protagonista tenía un aire picaresco, aunque no le di mucha importancia. Te aseguro que no es algo que yo estuviera buscando. Vamos, que no tenía a Quevedo en la cabeza, a pesar de lo que se dice. Lo que sí tenía era la vaga noción del cinismo. Hugo Bayo es un cínico.

–Esta novela presenta, como otras tuyas (y pienso directamente en Juegos de la edad tardía) a personajes que quieren cumplir sus sueños a pesar de los enormes obstáculos que se presentan ante ellos. Hugo Bayo no quiere ser peluquero, pero termina siendo peluquero una y otra vez. Le dicen que sería un gran estilista, pero él quiere montar una granja, irse al campo con Leo, su mujer. Quiere sentirse como los héroes de las películas del Oeste. Pero se deja llevar, entra en una deriva terrible, que le conduce a la derrota, que le lleva a chantajear a sus padres. Y aún así, quiere una y otra vez encontrar su lugar en el mundo.

–Hugo es dueño de un secreto familiar, lo que le da un poder notable. Pero se deja arrastrar, la vida le desborda, aunque tiene el afán permanente de cambiar: y eso le ocurre a otros personajes míos en otras novelas. Como la mayoría de los autores, tengo algunos temas recurrentes. Casi soy incapaz de escribir de otra cosa... Todos mis personajes comparten esa capacidad para soñar, el desasosiego, el no estar a gusto en la vida, la insatisfacción crónica. Hugo quiere lograr cosas pero cuando las tiene descubre que tampoco le satisfacen. Porque la felicidad es así: no consiste en lograr algo, sino en el viaje que hay que hacer para lograrlo. El deseo es lo que importa. Me pasa a mí: cuando escribo una novela soy feliz, creo que voy a hacer una obra maestra... (risas). Luego no es para tanto, pero bueno... Levantarme, pelearme con el texto... eso es la felicidad. Cuando ya la has publicado... pues ya no es igual. Pero mientras es algo tuyo, el idilio con el texto es fundamental. Y ya estoy pensando en la próxima, claro. Por eso no me releo, porque temina por no gustarme lo que que he escrito. Es como una ruptura amorosa. Y escribo una novela nueva para vengarme de la anterior (risas, otra vez).  
–Por eso escribiste El balcón en invierno (su obra anterior), tu libro más autobiográfico. Para separarte un poco de tus ficciones. Dijiste que estabas algo saturado.
–Bueno, saturado... Tal vez. Pero, ¿sabes?, al final la autoficción es una forma de ficción. Las normas son las mismas, pero claro, no tienes que inventar nada, porque es tu vida, es tu memoria. Es una labor de arqueología. Lo que no debes tener en un libro como este es la sensación de mentir.

la felicidad del escritor

–Eres feliz escribiendo, ¿no?
–Sí. Feliz y desgraciado a la vez (risas). Tienes esos momentos en los que sufres, en los que no encuentras solución. Soy inseguro, no creas. Pero bueno, esta vez pillé un ritmo estupendo.

–Tu prosa fluye muy limpia, uno se siente en eso que ahora se llama zona de confort. Se respira en ella ese perfume clásico. Tantas veces han citado tus influencias cervantinas...

–Verás, yo sé que esos ecos están ahí. Pero a veces me llegan a través de los latinoamericanos, que tienen un sabor clásico incomparable. Y eso sucede porque han conservado muy bien el lenguaje oral, que es donde está toda la potencia. El Quijote es lenguaje oral, El Lazarillo es lenguaje oral, y La Celestina, también. El genio de un idioma está en el lenguaje oral, que es lo que me influye de verdad. A mí es que me sale escribir así, ya te digo. Ahora, esta novela puede recordar a los pícaros, pero también recuerda mucho a Valle, por ejemplo. Y, desde luego, a Baroja.

–O sea, que en ti está la influencia poderosa de la oralidad, y también lo que la lectura, la educación sentimental, te ha ido dejando.

–Naturalmente. Yo no podría escribir sin la influencia anglosajona, sin los alemanes. Yo no podría escribir quizás sin haber leído a Conrad, a Joyce, a Virginia Woolf, a Kafka. Luego se habló del realismo mágico latinoamericano, pero ese término se empleó en la Revista de Occidente para describir cierta literatura alemana, el expresionismo, ¡en 1925! Sin embargo, todos hemos tenido el deslumbramiento de Latinoamerica. Nos devolvieron un castellano nuevo, enriquecido, como si fuera recién creado. Un lenguaje olvidado o desconocido. Cuando leímos a García Márquez por primera vez, tuvimos esa sensación. Que nos daba un lenguaje sabroso, artesano, renovado.

–Volviendo a La vida negociable. Tiene otros elementos propios de la literatura clásica, como la existencia itinerante. Hugo va de un lado a otro, cambia de estado, o sueña con cambiar. Me gustó especialmente cuando su padre lo envia al norte de Madrid con un encargo, y él sufre un robo, una paliza, se pierde en los arrabales de Madrid, y se pone a llorar. Impresionante. Es el descubrimiento del miedo en una ciudad que cree domesticada.

–Es un viejo tema. Es el relato de prueba del héroe, está en Vladimir Propp, en la literatura folclórica. El padre lo envía porque quiere ver que comple la misión y regresa con éxito. Pero el hijo fracasa. Y ahí está también mi propia historia, y la relación con mi propio padre. Creo que escribiré una novela corta sobre el tema del encargo, sí.

–Y como en Cervantes, introduces todos los géneros. Aquí hay folletín, novela romántica, y hasta policiaca. Y lo dices explícitamente.

–Sí... Son formas propias de las narraciones orales. Lo que contamos pasa por todos los géneros. Y más en una novela de formación, o de iniciación, como esta. Al final se trata de lograr que brille la realidad cotidiana, algo que creo que cualquier escritor debería hacer.

–Lo que también hay en La vida negociable es un mirada a las formas de amor.

–Hay amores difíciles. El amor de los padres de Hugo, por ejemplo, me enternece. Es un amor extraño. El padre se corrompe por el amor a la madre, ella vuelve para cuidarlo, cuando tiene que ir a la cárcel. Es el misterio del amor. Aquí hay amores torturados. A Hugo lo que le pasa es que no sabe amar, pero el cariño de Leo, que está hecho de violencia y contradicción, es casi lo único que tiene. En esta novela convive la crueldad con la ternura. Y creo que eso ocurre porque se trata de una historia muy humana: en lo humano está lo mejor y lo peor de todos nosotros.