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Juan Luis Moraza y la sobrecarga laboral

TEXTO FÁTIMA OTERO. CRÍTICA DE ARTE   | 05.02.2017 
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El arte como transformador de las estructuras laborales y sociales era una vieja idea que ha intentado materializarse más de una vez. Eso es lo que intenta el planteamiento artístico del escultor vasco Juan Luis Moraza (Vitoria, 1960) quien desde el arte analiza el mundo del trabajo para intentar mejorar el sistema productivo, o en todo caso para reflexionar, pensar y valorar un asunto que atañe a todos. Hoy estamos sobrecargados, a nivel laboral, personal y emocional. El trabajo absoluto lo absorbe todo y una sociedad competitiva nos obliga a pelear hasta la extenuación, para mejorar tanto las relaciones sociales, como las familiares, pasando por el ocio. Hasta la imagen corporal es víctima de la dictadura del mercado.


Por ello, la reflexión de Moraza se ve casi como una advertencia, una implicación personal, un lugar de pensamiento abierto a posibles cambios. Lo hace desde su desbordante imaginación e intuición artística, primero, y luego lo adereza con la reflexión teórica de un pensador, escritor, comisario de exposiciones, conferenciante y docente. En definitiva, uno de los artistas más influyentes de su generación.


Su arte intenta llegar al público de otra manera, como queda patente en "Trabajo absoluto", la presente muestra del MAC de A Coruña, adentrándose en el ámbito laboral, un marco en principio no asignado al arte. Reflexiona, así, sobre dichos problemas, esos que tanto preocupan al trabajador. Por ello, tal vez se haga más cercano y habitable al visitante del museo, porque en muchas piezas se siente identificado, como en la metonimia de los órganos humanos convertidos en instrumentos de operarios. El exceso de carga laboral, el abuso sobre la fuerza productiva es más que evidente, porque son elementos nada neutrales.


Una cuestión fundamental en su discurso son los límites. Analiza con rigor y estudio los dispositivos que habían sido evitados por la vanguardia, los marcos y pedestales. La modernidad consideraba que debían ser abolidos. Lejos de ello, Moraza los reivindica como vemos en el proyecto "República". Sin complejos el artista vuelve a levantar pedestales u otros dispositivos de exposición como las vitrinas, pero no ya como elementos convencionales sino como otros que se fragmentan y se multiplican para absorber el espacio circundante. Con ello remarca la cuestión de la representación y la represencialidad. Estudia los antiguos retratos republicanos en los que sobre columnas se erigían bustos de emperadores. Moraza les da una vuelta de tuerca, y nunca mejor dicho, porque sus retratos "republicanos" son ampliaciones de cabezas de herramientas como llaves o tornillos. Con ello queda en entredicho la tradición monumental. Antiguos héroes se convierten en objetos, mecanismos de trabajo indispensables para el ejercicio de una actividad laboral. Asume así un recorrido de la práctica escultórica hasta su completa democratización.


"República" no pretende hacer apología de un nuevo estado republicano; se trata de una indagación en la noción de ciudadanía en las sociedades capitalistas y lo que conlleva en términos de responsabilidad, de crear estado social. Supone una reflexión sobre la democracia. De ahí la invitación al espectador a ser participante, desde entrar en una sala con sus pasos activando un evento sonoro hasta simular situaciones reconocibles por todos los ciudadanos, como las urnas para elegir a nuestros representantes u otros dispositivos y rituales característicos de un sistema democrático, como la declaración de la renta. Sigue la estela del ready-made, para que cada participante de la cosa pública pueda configurar según estime a su manera la estructura del gasto público.

Así, el artista asume el papel de sujeto político, con conciencia ética y moral, a sabiendas de que su papel no es solo artístico. Como hombre libre tiene en sus manos la posibilidad de expresarse públicamente y con sus obras contribuir a que los espectadores pueden posicionarse en libertad y de forma crítica.


Una exposición concebida como el propio relato de una vida, en la que hay lugar para el ocio, es decir para el juego y para la fiesta, porque las relaciones sociales son tan importantes o más que los vínculos familiares, permitiéndonos vivir mejor. Es lo que pretende transmitir con la instalación "La fiesta como oficio" en la que en una de las salas del museo rememora una fiesta popular con bombillas de pueblo, y elementos del mundo laboral instalados en la calle, como las señales de balización o la máquina tragaperras haciendo de oráculo de Delfos. Tal vez al que tengamos que acudir para descifrar muchas claves de una exposición que para comprenderla en su totalidad se necesitaría hacerse con el catálogo.


Sólo a través de la entrevista que mantiene el comisario, Antón Castro, con el autor comprenderemos en toda su magnitud la instalación "Erosis", formada por grandes tizas con forma antropométrica desgastadas, que como es habitual en el autor juegan con el lenguaje, en el sentido de que su uso procede de erosis, de eros y erosión, como desgaste, como forma humana que llega a la abstracción, a la síntesis conceptual . La tiza y la pizarra con los borrones se convertirá para la mayoría de los espectadores en contenedor de recuerdos de niñez, en lugar de estudio, disciplina y participación. La instalación es un monumento abstracto, como forma en la que desemboca la actividad escultórica.


Moraza reniega de la creación como adorno, aunque sus piezas estén muy cuidadas y sus instalaciones puedan presumir de estéticas. Ante todo, su arte es un lugar de pensamiento en nuestro inquieto presente. Apuesta por la transversalidad, haciendo coincidir propuestas antiguas con las más recientes creadas para el Museo. Cada obra puede ser leída desde distintos puntos de vista, según la cultura del que la mira y se sirve a su vez del estilo que más le convenga.


Algunas instalaciones tocan un aspecto muy presente en las aportaciones más novedosas del arte contemporáneo, el afán por la catalogación. Esto se percibe en "Anormatividad", atractiva composición de suelo con cientos de reglas de medir, las que identifican a profesiones liberales como la náutica la arquitectura o el patronaje , de oficios que pertenecen a la memoria colectiva e individual. Aquí el marco pictórico se ha estirado para generar un tablón de ajedrez duchampiano. La torsión de las reglas, el movimiento aportado por la masa gris del espectador que activa la idea de partida, sumado a un espacio infinito generado por el espejo de suelo, crea una campo visual bello por la plasticidad del movimiento mecánico que tanto encandilaba a Duchamp.


Arduo y muy ingenioso supone crear un "Calendario de fiestas laborales" en el que se incluyen aforismos para cada día del año, de cosecha propia, y los hay geniales. Solo es cuestión de lectura y de dedicarle tiempo a esta muestra. Lo merece.