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Juan Cruz: "Todo hombre es siempre una isla"

El escritor dice que el periodismo ha abandonado la tarea de comprender la realidad. y habla también de su nieto, Oliver, y de ese libro que le dedicó, "El niño descalzo" (alfaguara)

TEXTO JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ FOTO JOSÉ MÉNDEZ   | 15.01.2017 
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Juan Cruz busca la palabra exacta, la expresión más acorde. Ni habla por hablar, ni escribe por escribir. Hace un esfuerzo por hallar la frase que no se parece a lo que uno imagina. Uno diría que tiene un don especial, o una magia, para enfocar la construcción lingüística, la expresión literaria o periodística, tanto da, con una perspectiva que no es nada común. Por eso los textos ofrecen una piel a veces inesperada, una rareza placentera, o incómoda. Abres las cajas de los sintagmas, como haría un niño, y asoma una sorpresa. Me encontré con él hace tiempo en Coruña. Era mi segundo encuentro con Juan Cruz, en la misma ciudad. Hace años vino a la universidad, los alumnos escucharon la auténtica lección del maestro: no creo que dijera una sola frase sin interés. Sin sorpresa. Juan Cruz siente devoción por la figura del maestro, al que atribuye, creo, la tarea de construir un mundo mejor. Maestro: el que transmite conocimiento a los demás. ¿Puede haber algo más hermoso? Cuando hablamos, lo hicimos desde la urgencia de lo cotidiano, lo hicimos desde la urgencia del periodismo, pero Juan, Juanito para los más cercanos, que son muchos, estaba fascinado por su nieto, al que dedica muchas de sus palabras, muchos de sus pensamientos. Y también libros. A finales de 2015 publicó El niño descalzo (Alfagura) que es, como se sabe, un texto poblado por iluminaciones, poblado de mensajes y de sueños, un texto de cercanías, pero de larga mirada sobre el mundo. Una canción de inocencia y de experiencia.

 

-Juan, sueles hablar mucho de Machado, que es un autor fundamental para entender este país. Y me acuerdo de dos de mis líneas favoritas, entre las suyas, que son aquellas que encontraron en el bolsillo de su pantalón cundo murió: "estos días azules y este sol de la infancia". Me acuerdo de eso cuando leo El niño descalzo, en el que también sale Machado, y que es un libro lleno de sol. Y de agua.

-Es que es una novela de una isla. El hombre se parece a una isla: es limítrofe con todas partes y en todas partes hay auga, ese sonido incomprensible. El agua es el sonido involuntario. Estamos siempre rodeados de cosas que no entendemos, y no entendemos el agua, no sabemos bien de dónde viene. Qué misterio el mar, ¿no? Y el sol. La naturaleza es tan incomprensible como el hombre.

-El sol y el verano. Hablas de Julio Caro Baroja, y dices que él recuperaba las memorias en verano.

-Yo creo que el verano es un periodo de salud. Para recordar, y para recordar lejos, tú tienes que estar saludable, y el tiempo tiene que ser saludable. Tienes que haber dormido y tienes que haber descansado. La mente es el resultado de un entrenamiento. No se puede pensar bien si no se tiene salud. Hay un texto de Albert Camus que yo cito mucho. En El revés y el derecho, escribe: "el sol que reinó sobre mi infancia, me privó de todo resentimiento". El sol es benéfico, y para un isleño de Canarias como yo, mucho más. Es lo azul de la vida y de la infancia.

-Dices que hay mucho sol en la literatura de Camus. Pero también hablas de su absurda muerte. Hablas del azar, el azar de Camus. Es cosa del azar, no del destino.

-Bueno, hay una frase en El extrajero, que también he memorizado, "comprendí entonces que había roto la armonía del día, el silencio excepcional de una playa en la que fui feliz". Y luego añade que, al disparar, había tocado en la puerta de la desgracia. Uno nunca sabe qué puerta está tocando cuando amanece. Pero a lo largo del día, la vida te da respuestas. Y esas respuestas son azarosas.

-Fuiste un niño isleño, muy relacionado con el campo. Hablas de tu madre en este libro hermoso, de cómo perseguías las gallinas, y también de cómo sentiste la llamada de lo literario muy temprano, como cuando escribiste en una pared el famoso poema de Kipling, que luego borraste con la uña... Y también escribiste muy pronto tu primer ensayo, precisamente sobre Camus...

-¡Empecé a escribirlo! Pero verás: años más tarde, en la casa de Jean Daniel, el escritor argelino-francés, encontré un libro que acababa de salir de Camus. Mi primer ensayo, que no llegó a nada, se titulaba 'Sobre la obra de Camus hay mucho sol", y el libro que había en casa de Jean Daniel era El sol en la obra de Albert Camus... Ya ves, lo qué es la vida...

-Es curioso... Hablas tanto de la pasión por el sol, y yo, que nací en el norte, identifico la cosecha de los recuerdos, el viaje de la memoria, con el invierno y con la nieve. Y eso nos remite de inmediato a un buen amigo tuyo, y mío, a Julio Llamazares.

-Hombre, yo no puedo tener la misma experiencia. Nosotros somos la eterna primavera. Pero esta mañana, al vislumbrar el frío y la niebla que nos esperan, me preguntaba qué hacía yo en medio de esa neblina. Yo soy solar. Sufro el invierno. Creo que el invierno se asocia a la oscuridad, y yo no estoy acostumbrado a ella. Viviría siempre bajo el sol. Por eso escribo, seguramente.

-Este libro que publicaste en 2015 es una larga carta a tu nieto, Oliver, que tendrá ahora poco más de cinco años. Pero es un libro sobre vosotros, sobre ti, sobre Eva, aunque él lo lea un día. Tiene algo de regreso rilkeano al Puerto de la Cruz, a los días felices. Y luego hablas de Madrid, donde aterrizaste pronto, con cierto desasosiego.

-Madrid es una metáfora aquí, porque es una ciudad en la que se concentra lo más importante del periodismo español contemporáneo. Pero sucede que no es un buen momento para el periodismo. Creo que esta profesión ha abandonado el interés por comprender, por construir historias, por relacionarse con la realidad con cierto afecto, y se ha dedicado a la tarea de demoler. Como ya no contrastamos los datos, hemos decidido opinar, casi siempre opinar en contra. Y eso está desacreditando el periodismo.

-¿Por qué el periodismo ha dejado de ser periodismo?

-Porque han entrado factores nuevos. Está la crisis, claro. Pero hay factores... Verás: se ha glorificado el rumor como posibilidad de contar la realidad. Y ahí entra Twitter, Facebook, y otras redes sociales. Han contagiado a los periodistas y hoy creemos que es posible decir lo que nos dé la gana sin confirmarlo. Un estudio llamado Los elementos del periodismo, de Bill Kovach y Tom Rosenstiel, alerta del incumplimiento de algunos de los nueve elementos fundamentales del oficio. Uno de ellos es el de la verificación. Ahora lanzas una cosa a ver si otro la verifica, y si no ocurre, da igual. El periodismo es ahora un enorme bar abierto de día y de noche, regentado por periodistas que se burlan de los fundamentos del oficio. Es como si los cirujanos operaran de mentiras. Los responsables somos nosotros, porque no hemos sabido defender el oficio. Es importante decir "no sé", porque decir "no sé" es decir mucho. Hay que cuidarse de decir lo que no sabes.

-Hablas del paso del tiempo, de lo que hemos dejado atrás. Dices que sólo existen los recuerdos.

-Somos el tiempo que nos queda. El tiempo pasado ya no existe.

-También dices que la tristeza es un pájaro muerto. Aunque en este libro dedicado a Oliver hablas mucho de la felicidad. Identificas el amor con la playa.

-Para mí la playa fue una montaña. Mi madre no me dejaba ir. Y el presidente del equipo de fútbol del pueblo, que se apellidaba como yo, me compró bañador y zapatos de playa, para que pudiera ir clandestinamente. Así que ir a la playa fue para mí como subir una montaña. Pero creo que la playa es el único lugar en el que se para de verdad el tiempo. Es el lugar de los niños. La felicidad no existe, sino un pequeño instante en el que hay felicidad.

-Tus libros están llenos de esos pequeños momentos íntimos.

-Lo que uno hace es recordar esas cosas. Yo tengo una gran cantidad de memoria sobrevenida. Cuando veo algo, ese algo me recuerda otra cosa. Mis libros están hechos así. Veo esos colores (señala) y recuerdo la primera vez que fui a París, que acompañé a José Miguel Ullán a ver los dibujos de un pintor que utilizaba esos colores, y que estaban en el techo de una iglesia. A partir de ahí, podría escribir esa historia, viajar a París, encontrarme con Ullán, recordar la misma luz y el mismo color en el Crazy Horse... La memoria te va conduciendo a sitios, te permite regresar a los lugares. Lo que le digo a Oliver es que no se crea lo banal. Que no se crea esta conspiración para seamos más y más rápidos. En realidad me lo digo a mí, porque sé que soy el tiempo que me queda. Pero este libro lo escribí para levantar acta de aquellas cosas que no me gustan. Le digo a Oliver que debe saber que la ira está dentro de nosotros. Y la alegría, también.