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Al Jarreau, príncipe del Scat y padre de Mcferrin

XF  | 19.02.2017 
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Alwyn López Al Jarreau abandonaba el edificio el pasado domingo, día 12. Uno lo recuerda de tiempos inmemoriales, cuando cantaba la sintonía de la formidable Moonlighting (Luz de Luna). Los protas eran un pipiolísimo Bruce Willis y la potente Cybill Shepherd, ¿recuerdan?. Una de las mejores series que uno ha podido ver en su vida. En ese momento le conoció mi generación. Su voz era hermosa, muy matizada, con un punto de melancolía que aún recordaba una de sus influencias más férreas: la del maestro Nat King Cole. Si no hubiera hecho más que eso, habría quedado enmarcado muy cerca de los dioses soul al estilo, por ejemplo, de Marvin Gaye. Pero lo bueno aún estaba por venir. Y lo que vino reventó el establishment. Y fue el Scat, el peculiar juego vocal del que fué, en la práctica, el redescubridor y apóstol. Es entonces cuando pasa de ser uno más de los buenos baladistas de la época y se convierte en un espectáculo sólo comparable a James Brown. Literalmente, arrasa. Conquista a un público muy amplio, vende en el mundo entero y, por ende, hace discípulos realmente brillantes. La prueba palpable de su legado es un señor llamado Bobby McFerrin, al que todos los aficionados pudimos ver en el Primer Festival de Jazz de Vigo (por allí se pasó también ni más ni menos que Dexter Gordon, quien muy poco después protagonizaría el film Round Midnight). Pero hay un punto álgido especialmente luminoso en toda su carrera, y que uno lleva en la memoria como una piedra miliaria: su versión de Take Five con letra de Dave Brubeck concebida para él. ¡¡¡La gloria...!!!