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J.M. de Prada: "Umbral y yo acabamos muy mal. Y lo lamento"

El escritor publica 'Mirlo Blanco, cisne negro' (ESPASA), una novela de corte satírico en la que se desmitifica el mundo editorial y se desnudan los egos

Juan Manuel de Prada. - FOTO: David González
Juan Manuel de Prada. - FOTO: David González

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ  | 04.12.2016 
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Es una novela larga que desborda humor, escrita con un tono entre la ironía inglesa y la gracia cervantina, de cuyo prólogo al Quijote, queja de tantas cosas, se encuentran muchos ecos en este libro, y también similitudes en el tono y registro literario. Pero, sobre todo, Mirlo blanco, cisne negro (Espasa) es muy Juan Manuel de Prada. Con espíritu satírico, el escritor saca aquí sus dotes desmitificadoras y su pluma más afilada para desnudar las vanidades de la literatura, las jerarquías y los caprichos, los peajes de juventud y las servidumbres de la vejez, y en todas esas desmitificaciones y desnudeces, De Prada se incluye también a sí mismo.

 -El libro es, ante todo, un libro sobre tu propia biografía literaria. Y sobre la experiencia vivida, que ya es larga.

-Bueno, hay muchas cosas de mí mismo tanto en el joven escritor Alejandro como en el veterano Octavio. Son dos contrafiguras con las que comparto cosas, qué duda cabe.

-Y dos personajes con nombre de emperador, por cierto...

-Sí, pero de eso me di cuenta después. No fue algo que tuviera previsto (risas). Volviendo a lo anterior. Todo esto es una fabulación, no hay nada concreto sobre mi biografía. Pero muchas de las cosas que piensan y sienten los personajes sobre la literatura sí que coinciden con lo que yo siento y pienso. Y con los gozos y con los padecimientos que la literatura me ha dado.

-En la promoción he leído algo de ajuste de cuentas, creo. ¿Lo es?

-La literatura tiene suficientes luces y sombras para que se de ese ajuste de cuentas. Hace más de 22 años que publiqué mi primer libro, Coños, ya tengo algo de experiencia. Tengo una perspectiva completa de lo que es la evolución del mundo editorial en España, y, honestamente, creo que deja muy pocos resquicios a la esperanza. La depauperación que ha sufrido la edición es evidente, pero también es verdad que las editoriales tienen que lidiar con una situación muy dura, con un descenso abrumador de las ventas. Se apuesta cada vez más por cosas que no son literatura. Eso sí, han surgido pequeñas editoriales que intentan traer aire fresco, pero no tienen la capacidad comercial que tiene una gran empresa. Así que, la figura del escritor profesional, con todo esto, desaparece.

-¿Has sido tratado injustamente en este mundo literario?

-Seguramente hoy más que en ninguna época la injusticia se ha entronizado en este ámbito. Pero bueno, siempre fue así. Piensa en Cervantes: toda su vida fue considerado un escritor de segunda fila. Y se creía que el Quijote era una novela para gente de poca monta. En este tiempo, en mi opinión, se introduce un elemento distorsionador, que es el sectarismo ideológico: si no coincides con el sentir mayoritario de tu tiempo, te vuelves un apestado. Vivimos además en un tiempo obsesionado con la originalidad, aunque esto ya viene desde las vanguardias. Muchas veces los libros se enjuician porque siguen una moda propia de ese momento concreto, no por su calidad verdadera. Muchos de los escritores de mi generación, que tuvieron tanto éxito hace veinte años, fueron aplaudidos por razones extraliterarias, y pasado todo este tiempo, no existen. El problema es cuando se hace una obra desde postulados estéticos o ideológicos que el sistema no bendice. Pero yo creo que el tiempo va poniendo a cada uno en su sitio.

la decadencia cultural

-¿Estamos en un grave momento de decadencia de la industria cultural? ¿Es un cambio de modelo? ¿El hundimiento de la cultura?

-Hay varios planos en esto. Uno es el bum tecnológico, sumado a la crisis, que obliga a gastar menos en ocio cultural. Entonces la gente no compra libros, se pone a ver series en el ordenador. Sociológicamente, esto es lo que ocurre. Pero creo que hay razones más hondas que tienen que ver, por ejemplo, con lo educativo. Si en la universidad o en la escuela se reduce el nivel de las disciplinas, o si las lecturas son cada vez más facilonas, es evidente que no se están formando nuevas generaciones de lectores. Para crear lectores hay que enseñar a leer, hay que leer a los clásicos, desde luego. Hace falta formación, hay que estudiar filosofía. Y latín. Existe una depauperación intelectural que hace que la gente se interese menos por la literatura. Y por último, creo que hay una crisis de civilización. Una crisis que ha tocado primero a otras formas artísticas, como la ópera, que prácticamente ha desaparecido. Y el cine, que vive una decadencia evidente. La literatura tal vez esté entrando en ese túnel. Pero verás, yo soy pesimista, pero no estoy desesperanzado. Creo que este es un invierno que tiene que pasar.

-Hablabas del imperio de la tecnología. ¿Eres de los que cree que el libro de papel (y el periódico de papel) tiene los días contados?

-Mi apuesta es absoluta por el papel. No me tomo en serio que alguien me diga que disfruta de la lectura de un libro en una pantalla. Me vas a perdonar el ejemplo, pero para mí leer en una pantalla es como hacer el amor con una muñeca hinchable. No es comparable. Y yo he leído libros electrónicos, y es verdad que puede tener ventajas en ciertas circunstancias, pero no tiene nada que ver con leer en papel. Además, lo hermoso de los libros es tenerlos, es que nos acompañen. Y volver a ellos. Apuesto por la supervivencia del libro, aunque reconozco que el periódico de papel lo tiene algo más difícil.

-Hay un tono de crítica, entre amarga y divertida, que recuerda la que Cervantes hace en el prólogo del Quijote, también al mundo editorial y sus aledaños.

-Bueno, esto es un elogio para mí. Pero verás, me lo han dicho también algunos lectores. Soy un gran amante de la literatura clásica. Seguro que hay muchas sombras benéficas de los grandes maestros del Siglo de oro.

-Este Alejandro Ballesteros, protagonista de tu novela, que va a tener esa experiencia increíble en el mundo de la literatura junto a Octavio Saldaña, tendrá algo que ver con el Juan Manuel de Prada que un día ya lejano fue saludado como la gran esperanza blanca de las letras españolas, o así. Y apadrinado, digamos, por Francisco Umbral.

-Si, sin duda, la relación que yo tuve con Francisco Umbral, que fue muy intensa y muy conflictiva, sí inspira en cierta medida la relación que se describe en Mirlo blanco, cisne negro. No debe creer el lector que Octavio Saldaña es Umbral, aunque tenga algunos rasgos suyos. También los tiene míos. Mi relación con Umbral terminó como el rosario de la aurora, pero en ningún caso fue este caso de vampirización literaria que se describe en mi novela. Ahora bien, me inspiró, y mucho.

-A lo mejor el problema es que erais muy parecidos.

-Umbral era un hombre difícil. Un hombre con muchas heridas, con muchos traumas. Empezando por la muerte de su hijo, que tan maravillosamente reflejó en Mortal y rosa. Fue un hombre con una infancia difícil, hijo de madre soltera. Podía ser muy cálido, pero de pronto te soltaba un zarpazo que te dejaba tiritando. Creo que quizás fue el mejor escritor de la segunda mitad del siglo XX. Pero era un hombre muy difícil, con una visión un poco cainita de la literatura, de tal forma que todo éxito del prójimo era computado como un menoscabo a su propia gloria. Y desgraciadamente nuestra relación acabó mal. Y lo lamento mucho.

-¿Te hubiera gustado reconciliarte con él?

-Mucho, sí. No te diré que hubiera dado un ojo de la cara, porque es mucho decir, pero sí.

-¿Lo llegaste a ver, no sé, cuando salió la UCI, ya al final...?

-No, verás. Mi relación con él fue muy breve. Duró dos años. Y terminó muy mal: fue muy agresivo conmigo. Humanamente era complicado, pero un grandísimo escritor y, ya te digo, lamento mucho no haberme podido reconciliar con él.

-Este libro está lleno de ironías, de sátiras, sobre lo que se podría decir el gran sarao literario. No te cortas mucho...

-Es una novela descarnada. Incluso trágica. Por eso me di cuenta de que tenía que ser mordaz, cáustica, divertida. Y sí, busqué el equilibrio entre la amargura, el desencanto, la comicidad y la burla. No sólo se critica el mundo literario, sino las relaciones entre los personajes. Los retratos mordaces son de tipos humanos. Nadie se ha quejado, alguno podrá pensar que me refería a él, pero no se va a dar por aludido. Pero bueno, a lo mejor algún día escribo alguna sátira de verdad.