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Introducción a 'Tumba revuelta'

Un relato de las vicisitudes por las que atraviesa la Fundación Camilo José Cela desde hace 30 años

Portada del libro Tumba revuelta escrito por Tomás Cavanna Benet. Estará disponible en
www.editorialrenacimiento.com y en Librería Renacimiento a partir del 21 de septiembre
y en las demás librerías desde el 3 de octubre
Portada del libro Tumba revuelta escrito por Tomás Cavanna Benet. Estará disponible en www.editorialrenacimiento.com y en Librería Renacimiento a partir del 21 de septiembre y en las demás librerías desde el 3 de octubre

TOMÁS CAVANNA  | 18.09.2016 
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'Tumba revuelta' es un relato testimonial de quien vivió durante 17 años el día a día de la Fundación Camilo José Cela. A continuación se reproduce íntegramente la introducción de este libro.

A comienzos de la década de los 80, el escritor y académico Camilo José Cela consideró que la mejor manera de conservar su nombre, su obra y su legado, requería constituir una fundación que, andando el tiempo, sirviera como referente para facilitar el estudio de su figura y su época.

En aquellos años Cela ya era reconocido como uno de los mejores novelistas en lengua castellana y su obra, traducida a todos los idiomas, merecía la atención de los estudiosos nacionales e internacionales de mayor prestigio. Su figura, en cambio, siempre fue muy discutida en su propio país, donde contaba con tantos admiradores como detractores por el papel que desempeñó durante los años difíciles de la posguerra, así cómo por su carácter provocador y, a decir de muchos, aprovechado.

En lo personal pasaba por un momento difícil, desencantado en su relación familiar, fracasado en sus negocios editoriales, y presionado creativamente por su propio éxito, ya que ninguna de las obras que iba entregando a imprenta superaba el listón alcanzado por las anteriores. También se encontraba cansado y falto de ánimo como consecuencia de una grave enfermedad intestinal, de diagnóstico incierto y consecuencias particularmente nocivas para alguien tan aprensivo y tan sacudido desde niño por muy distintas dolencias. Dotado de enorme capacidad para el trabajo y de una pasmosa facilidad para relacionarse con los personajes más destacados de su tiempo, había llegado a reunir un legado epistolar, bibliográfico y pictórico que él consideraba de excepcional importancia, pero como conocía el percal del que estaban hechos los suyos, mucho se temía que, de permanecer en el ámbito familiar, pudiera perderse tras su muerte; de ahí el empeño por reunirlo todo en una fundación.

Al principio la idea se complicó por la falta de interés de las instituciones que le eran más próximas (Gobierno de Mallorca), o las de mayor prestigio (Biblioteca Nacional), lo cual influyó negativamente en su ánimo, hasta el punto de llegar a plantearse, a comienzos de 1984, la posibilidad de quemar sus recuerdos y sus originales "que nadie quiere". Superada esta etapa de desánimo, las cosas fueron mejorando tras decidirse a adquirir, de su propio bolsillo, una casona destartalada en su aldea natal de Iria Flavia y conseguir del gobierno de Galicia y del Ministerio de Cultura las ayudas necesarias para reconstruirla y equiparla a su gusto. Obtuvo también muy buenas promesas de la Universidad de Santiago de Compostela y de otras instituciones públicas y privadas para arropar su iniciativa por lo que, sin plantearse la necesidad de encargar estudio de viabilidad alguno, en 1986 constituyó formalmente la fundación que tanto anhelaba, a la que él y su mujer, María del Rosario Conde Picavea, donaron aquella casa (adquirida en régimen de gananciales), comprometiéndose ante notario a hacer donación de todo su legado cuando la obra estuviera rematada.

Durante la segunda mitad de los 80 su estado de ánimo experimento un cambio favorable tras decidir separarse de su primera mujer para convivir con otra, cuarenta años más joven que él, reconociendo que por primera vez en su vida estaba enamorado. Antes de dar este paso, una operación quirúrgica muy arriesgada se resolvió con éxito, recuperando la salud y volviendo al trabajo con ansias renovadas. La vida le mostraba su cara más amable y, en dicho estado de euforia, en octubre de 1989 le distinguieron con el Nobel de literatura, abriéndole las puertas de la gloria literaria y de la solvencia económica.

Durante aquellos años triunfantes le gustaba oír a Marina Castaño, a la que convirtió en su mujer, susurrándole al oído: "No eres hombre, eres Nobel" y lo cierto es que actuaba como un verdadero César, embozado en una capa de impunidad que le llevó a cometer algunos errores de cálculo tanto en su vida personal como en la profesional. Por lo que a la fundación se refiere cumplió su parte del trato, entregando el año 91, en donación gratuita, un legado inmenso, de muy elevado valor cultural y material, cuyo contenido había tenido que pactar con su primera mujer como paso previo a la disolución de la sociedad de gananciales, reservándose aquélla la mayor parte de los bienes comunes para que, tras dicho acuerdo, la fundación pasara a disponer los relativos a su obra y pudiera utilizarlos libremente en el cumplimiento de los fines fundacionales, centrados en la conservación y difusión de dicha obra literaria.

TESTiMONiO DEL DÍA A DÍA DE
UNA FUNDACiÓN ZARANDEADA

Con el convencimiento de que daba más de lo que recibía (lo cual era objetivamente cierto), planteó a las instituciones la necesidad de ampliar la sede de la fundación hasta abarcar los ocho enormes edificios del antiguo conjunto eclesiástico donde se localizaba aquella primera casa y, dado que los gastos crecían de manera proporcional al incremento del espacio, arbitró la fórmula de ir incorporando al patronato a un distinguido grupo de patrocinadores privados, capaces de ir resolviendo de año en año las crecientes necesidades presupuestarias.

Le conocí hacia el año 85, cuando aún vivía en Mallorca y estaba casado con su primera mujer, Charo Conde. CJC y yo enseguida nos caímos en gracia, aunque la relación de amistad no fraguó hasta que Marina apareció en su vida y se mudaron a Guadalajara, donde la pareja comenzó a rodearse por un grupo de asiduos, entre los que se me incluyó pese a ser sobrino carnal de Juan Benet, escritor de estilo bien distinto y cuyos discípulos renegaban de la personalidad de Cela. Por lo que me contaron tanto el uno como el otro, el problema era de los demás, porque entre ellos se respetaban; incluso se hacían gracia. Cuando Cela me ofreció trabajar en su fundación, al primero que consulté fue a don Juan, y me dijo que no lo dudara.

Comencé a dirigirla en mayo de 1993, con un contrato de cuatro años y el doble objetivo de poner en orden su administración, y sacar adelante el proyecto de ampliación que pretendía su presidente fundador. El primero no fue fácil, ya que una auditoría externa reveló muchas irregularidades que hubo que corregir partiendo desde cero y con la dificultad añadida de que una parte sustancial de aquel inmenso legado (al que el propio Cela se refería como un mar sin orillas) se encontraba aún almacenado, sin inventariar, tasar, contabilizar, ni ordenar. El segundo objetivo pronto se vio que era imposible, ya que adquirir, restaurar y equipar las ocho casas del conjunto implicaba una gran complejidad, incrementando los gastos para obras y mantenimiento de forma inasumible.

En el año 96, con la administración ya razonablemente encauzada, planteé al patronato la posibilidad de limitar la ampliación de la sede a tan sólo cinco casas (las mejor ubicadas en aquel conjunto de ocho), lo cual permitiría alojar adecuadamente todo el legado y dotar a la fundación de las instalaciones necesarias, sin tantos problemas de ejecución y a partir de un presupuesto más razonable.

 


El proyecto se aprobó, aunque Cela lo aceptó a regañadientes, insistiendo en que él quería todas las casas y que dicha intención debería mantenerse entre los objetivos fundacionales, sin importarle que hubiera que esperar los años que hicieran falta.

La ampliación para dotar a la sede de cinco casas operativas se dividió en dos fases, la primera de las cuales se completó en 1998 y la segunda en 2001, cumpliéndose en ambos casos con los plazos y los presupuestos establecidos, por lo que en octubre de aquel año se procedió a su inauguración con toda la pompa imaginable, en una jornada que Cela calificó como uno de los días más felices de mi vida.

Pese a la gran influencia desplegada por Cela no había sido un trabajo sencillo ni grato por lo que, tras entregar la primera fase y cumplido el período para el que había sido contratado, en 1998 presenté la renuncia alegando cansancio, pero Cela supo convencerme para renovar por otros cuatro años, hasta que el proyecto se hubiera completado.

Ya entonces le advertí que su idea me parecía inviable, tanto porque el lugar elegido para construir la sede resultaba totalmente inadecuado, como por las enormes dificultades que supondría disponer de una financiación restringida a los ingresos por subvenciones y patrocinios. No era el primero ni el único en decírselo; en el patronato había gente muy capaz y experimentada, aunque sólo unos pocos disponían de la confianza y el coraje necesarios para contradecirle.

Todo hubiera sido muy distinto si, en lugar de precipitarse al dar los primeros pasos, constituyendo a partir de cero una fundación privada y sin recursos económicos propios, la oferta de donación se hubiera condicionado a la previa disposición de una sede ya terminada, cuya propiedad y gestión estuvieran en manos de una institución sólida, que garantizase su financiación. No lo hizo así y con el correr de los años el proyecto resultó efectivamente inviable; es más, el paso del tiempo certifica que incluso la donación original no estuvo bien planteada, afectando a la integridad del legado por las reclamaciones de su legítimo heredero, que era precisamente lo que Cela trataba de evitar.

Intentó corregir el error ofreciendo personalmente al Gobierno de Galicia que se convirtiera en el dueño y administrador de todo, pero su amigo el presidente Fraga le contestó que no lo veía posible, comprometiéndose a seguir aportando las ayudas necesarias, pero sin necesidad de cambiar la fórmula y continuando con el método de subvenciones y patrocinios.

Tras este rechazo se lo pidió primero a Carmela Arias, condesa de Fenosa, que también era amiga y presidía la muy solvente Fundación Barrié de la Maza; se dirigió después al Ayuntamiento de Madrid, pero sin lograr convencerles. Para bien o para mal la sede ya estaba asentada en Iria Flavia y eso lo complicaba todo dado que, insisto, el lugar elegido no puede ser más inadecuado para un proyecto de semejante envergadura. A lo largo de este libro se aportan los argumentos que sustentan tal afirmación.

En octubre del 2001, una vez cumplido mi segundo cuatrienio y con las cinco casas ya listas, presenté de nuevo la renuncia, pero Camilo volvió a insistir para que continuara en el cargo hasta que el legado quede completamente catalogado y ordenado y como a esas alturas los lazos de amistad eran ya mayores que los meramente profesionales, me pareció desleal negarme, por lo que acepté la renovación que aquél mismo día me propuso el patronato. Cela murió tres meses después y a partir de entonces, con su viuda Marina Castaño ocupando la presidencia, me dediqué lo mejor que supe y pude a la tarea, pero basta con repasar mis intervenciones ante el patronato para comprobar la insistencia con la que fui advirtiendo, año tras año, que el proyecto no me parecía viable, así como sobre la necesidad de modificarlo de raíz para garantizar que el legado se pudiera conservar íntegro y seguro. También defendí que, en el supuesto de no encontrar en Galicia los apoyos necesarios, se negociara el traslado de la fundación fuera de dicha comunidad.

Los últimos años resultaron particularmente duros por muy distintos motivos, siendo determinante la pérdida de los patrocinios privados por culpa de una crisis económica que los políticos se empecinaban en negar, incluso cuando los empresarios ya recogían velas a toda prisa, situación que Cela nunca se hubiera imaginado. Tras su muerte, hasta los más comprometidos con su persona y su obra se fueron alejando, algo del todo previsible, y ni la controvertida presidenta, ni un patronato cada día más débil, se mostraron capaces de reconducir el proyecto en semejante encrucijada. Cela siempre creyó que en Galicia se le profesaba un respeto y un agradecimiento sin fisuras, pero eso tampoco era del todo cierto y también perjudicó a la marcha de su fundación.

Lo que comenzó siendo un contrato temporal por cuatro años se me renovó en cuatro ocasiones (siempre con el voto unánime del patronato) hasta sumar un total de 17 años dirigiendo la fundación, y si se me pregunta por los resultados conseguidos durante todo ese tiempo, los sintetizaría explicando que, a mi llegada, únicamente Cela y unos pocos allegados conocían y valoraban un legado cuya importancia hoy nadie pone en duda. Parece sencillo, pero no lo fue. A la dificultad intrínseca para canalizar aquel mar sin orillas ha de sumarse el empeño de muchos por minimizar la labor de Cela, enfrentarse a todo lo suyo y poner cuantos más palos posibles entre las ruedas de un carro obligado a arrastrar cada día cargas más pesadas, por un camino embarrado y pino.

En 2010 el Gobierno de Galicia, presidido por el conservador Alberto Núñez Feijóo, decidió hacerse cargo de la fundación, transformándola en pública, cuando a las carencias propias se sumaban ya los efectos de la crisis económica general, y la única alternativa consistía en llevárselo todo fuera de su comunidad. Cuando empezaron a entrar los funcionarios por la puerta principal, yo tuve que salir por la trasera, pero con la tranquilidad de entregar el legado completo, en orden de revista, y con el activo del balance íntegro (con un valor contable superior a 12 millones de euros), sin deudas ni hipotecas.

Han transcurrido seis años de aquello, pero lo cierto es que durante todo este tiempo, y por culpa del descontento de los vecinos de Padrón (que siempre exigieron mucho, pero ayudaron poco), del rechazo de los nacionalistas en el parlamento autonómico, y del sensacionalismo interesado de los medios de comunicación, la Xunta de Galicia se ha sentido amordazada, sin saber, o sin atreverse a gestionar un legado único, que recibieron gratis, y por el que (como certificó el propio Cela) cualquier universidad norteamericana hubiera pagado una fortuna.

Añádase el empeño del hijo de Cela por conseguir la parte del huevo que su padre le había negado en vida, recuperando bienes que, treinta años antes, salieron de Mallorca con destino a Galicia. Tras descalabrar a la viuda en los juzgados ahora busca el fuero, tratando de convertirse en guardián único de la memoria paterna para, entre otras cosas, volver a unir el nombre de un matrimonio cuyos contrayentes decidieron romperlo, de manera también definitiva. Quien siempre fue por la vida de "hijo de", procura contumaz que el nombre de sus progenitores vuelva a quedar atado y bien atado... por nudos de indisolubilidad que se ofrecen al mejor postor, venga de Mallorca, de Madrid, de Galicia, o de las quimbambas.

Durante la última década los archivos de Iria Flavia han interesado más a abogados, jueces y fiscales, que a estudiosos e investigadores, con un seguimiento informativo que sólo se justifica por el morbo de quienes nunca le perdonaron a Cela ser como era; y mucho menos a aquella joven engreída que, desde Iria, jugó a seguir siendo Flavia... cuando César ya se había esfumado y no podía protegerla bajo los pliegues de su capa.

Núñez Feijóo repitió triunfo en las elecciones autonómicas de octubre del 2012, pero sin llegar a interesarse ni poco ni mucho por atajar el desencuentro de los gallegos con una "fundación pública gallega" que vegeta desde entonces, presidida por tecnócratas que ni conocieron al fundador, ni se les espera. Este 2016, año en el que se conmemora el centenario del nacimiento de Camilo José Cela (y el 30 aniversario de la fundación), los gallegos vuelven a tener cita con las urnas, y siempre existe la posibilidad de que el Gobierno autonómico, y consecuentemente el de la fundación, vuelvan a cambiar de manos ¿A otras más propicias, o aún más adversas?

Cela renunció a lo suyo, mediante donación pública y gratuita, con el propósito de reunir -con sus propias palabras- "todo lo mío bajo un mismo techo, al servicio de la cultura gallega, española y universal". No han pasado tantos años desde que lo dijo, y ya se están cayendo las tejas de tan precario continente, mientras que el contenido (que Cela quiso monolítico) también ha entrado en vías de reparto, saldo y subasta... Puede que la posteridad no se alcance usando atajos y el escritor, que en 1945 publicó su primera recopilación de artículos bajo el título de Mesa revuelta, sufra también ahora, desde el limbo de los famosos, un desbarajuste parecido en torno a su propia tumba.

Cuando se ayudó a construir algo que parecía hermoso duele ver como se derrumba; de ahí la necesidad de este libro, con el que pretendo recordar a los recién llegados lo que Cela quiso hacer, con quién quiso hacerlo, y cuál fue el papel que jugaron en este empeño tanto él, como su primera mujer, su viuda y heredera, su hijo y legitimario, y demás familia.