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Tribuna libre

La insoportable levedad de la juventud

BEGOÑA PEÑAMARÍA  | 28.01.2018 
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Ella observó sin decir nada como su marido, un hombre de apariencia seria y responsable con alma soterrada de crío malcriado, se depiló el torso... No lo entendió muy bien porque jamás había sido presumido, pero prefirió darle el gusto de hacer que lo comprendía para procurar evitar batallas innecesarias y, sobre todo, porque su inteligencia -a todas luces- superior, le decía que era preferible sobrellevar los síntomas de la "adolescencia" familiar con una sonrisa, que con un palo...

Días después, él compró una báscula... A pesar de estar generalmente delgado, necesitaba que aquella amiga o enemiga -según el resultado-; con piel de plástico y entrañas metálicas, le confirmase que los atiborres nocturnos de chocolate habían sido suficientemente paliados con no pocas horas de gimnasio o actividad paralela... Y si no lo habían sido, siempre quedaban las flexiones y los abdominales caseros hasta desfallecer, para acabar mirándose al espejo ante los atónitos ojos de ella y espetarle un: ¿estoy gordo, verdad?... Me estoy desmontando...; al que ella solía responder con un diplomático: estás fenomenal...

Más tarde, él le transmitió su deseo de adquirir ropa nueva... A aquellas alturas ya no le importaba mucho el criterio de ella, sin embargo, sintió que su esposa podía entrar en cólera si dejaba de contar con su compañía para esos menesteres... Demasiados años haciéndolo como para tirarlos por el desagüe de golpe y porrazo... Eso abriría la caja de los truenos..., y no estaba seguro de querer hacerlo hasta estar más convencido o encontrar un recambio... Así que él le pidió que fueran juntos, aunque hacía tiempo que con ella se sentía solo... Y no precisamente por falta de compañía, sino porque sabía perfectamente que su cabal mujer no comprendería que quisiera volver a ser un niño al comienzo de sus primeras canas y al incipiente desplome de su vientre...

De vez en cuando, él la miraba a ella embelesado... Siempre había sido su mujer ideal..., sin embargo, no podía permitirse dudar... Ella había optado por sacar adelante una familia, algo en lo que él siempre había estado de acuerdo, pero que ahora se le antojaba un encierro en una cárcel de oro de la que no sabía y hasta a veces no quería salir...Pero aquellas dos bocas que habían creado juntos, no cesaban de tener necesidades ni de exigir atenciones... Y él comprendió que podía robar algo de tiempo al tiempo... Gastarse en sí mismo su dinero y evitar escuchar monsergas en las que día tras día tenía que intervenir.Él, que sentía ser un hombre nuevo ahora que vestía ropa dos tallas por debajo de la suya, que había hecho desaparecer momentáneamente el vello de su pecho y que había logrado hacerse cómplice de la balanza a base de matarse a ejercicio; podía aspirar a una vida mejor... Una vida solo sin complicaciones subyacentes... Por fin podría ser libre... Así que un día comenzó a tramar su huida y, como no tenía demasiados motivos y carecía de todo valor o facilidad para la comunicación; procuró rodearse de mediocres, envidiosos y malvados del tres al cuarto que -sin embargo- eran lo suficientemente inteligentes como para no abandonar sus hogares. Estos individuos le invitaron a envalentonarse desde la barrera para así llegar a odiar a quien sentía que le obligaba a ser lo que él ya no quería...

Después de cierto entrenamiento mental exhaustivo, una tarde de un día, apareció una mujer tan ambulante como aparentemente afín, a la que se aferró con cuentos para que le transmitiese el valor del que él carecía... Y ella lo supo hacer porque su vida estaba únicamente vestida de lecciones y vacía de realidades... Así que, al poco de ser infiel con ella, huyó dejando tras de sí un maremoto de dolor, destrucción e incomprensión. Escapó pensando solamente en él, sin dar avisos ni explicaciones, creyendo poder cortar todos los recuerdos y nexos de unión y, sobre todo, sin mirar atrás... Porque al pesar en la basura de la que había bebido para envalentonarse contra su esposa y víctima, sabía que no podría mirarla a la cara nunca más.

Como se pueden imaginar, la historia de "amor" con la mujer itinerante duró dos telediarios. Él pasó por siete casas en pocos meses, puso una distancia kilométrica que poco a poco y con torpes excusas decidió ir acortando por convencimiento propio, dejó de tener relación con sus hijos mientras vivía en los mundos de la anhelada novedad, calumnió a su más tarde afortunada ex esposa, perdió la confianza con sus descendientes, fue pasto de varios ridículos, cometió otros tantos excesos, se desacreditó laboralmente, ganó algunos conocidos, cogió unos pocos vuelos y, un día, ya cansado de idas y venidas; se dio cuenta de que además de estar solo, había tirado por el corbatín lo que otros "seres libres" -a los que había conocido en su fanático deambular-, se pasaban la vida buscando sin encontrar.

Así que si alguno de ustedes pasa por un periodo de aburrimiento vital y está pensando en saborear nuevas sensaciones; es absolutamente necesario que sea sincero, dialogue con su pareja, procure pensar en reconducir antes de en abortar y retome los caminos del sentido común... Y, si esto no es posible, váyase sin abandonar, ayude en todo lo que pueda, no haga nada de lo que un día pueda avergonzarse y sea sincero...Porque no se puede edificar felicidad sobre el daño ajeno y porque, en el fondo, debe ser más que triste haber aniquilado el futuro en favor del efímero presente, ser culpable del daño propio y del colateral y llegar a preguntarse algún día: ¿para esto hice todo aquello?...

La autora es diseñadora y escritora