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Inmigrantes: vidas rotas en busca de una salida

Aunque en otro país todo es más complicado, son muchos los que logran salir adelante bajo el paraguas de Cruz Roja //Venezuela ha desbancado a Cuba en la demanda de asistencia que registra la sede de Santiago // Con la ayuda de técnicos y voluntarios, aprenden el idioma y consiguen un trabajo // Casi 300 personas se sumaron en 2015 al Plan de Empleo

ELVA OTERO  | 26.03.2017 
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En las clases de castellano y alfabetización que la organización humanitaria imparte en Compostela hay 14 inscritos: seis marroquíes, dos portugueses, un rumano, un brasileño, un nigeriano, un paquistaní, un colombiano y un español. La mayor parte vienen derivados de Servizos Sociais. El año pasado se sumaron al programa 23 personas. “Cuando se trata de alfabetizar adultos, la edad es un obstáculo brutal. Parten de un nivel muy bajo y requieren mucha atención”, explica Leonor Silva, técnica de Inclusión en la oficina de Santiago. A cargo de voluntarios, hace ya siete años que se pusieron en marcha los cursos. “Se dividen en dos grupos. Muchos ni siquiera hablan español”, continúa. Las sesiones se celebran cada lunes en la sede de la avenida de Lugo 42 y duran hora y media. Suelen irse para casa con alguna tarea.

“La aceptación es muy buena y en general evolucionan de forma positiva. Aquí han llegado personas mayores que no sabían ni leer ni escribir”, recuerda. Madalena es una de las voluntarias. “Es una enorme satisfacción ser testigo de cómo una persona sale adelante. Ellos te dan mucho”, confiesa. Para ella, la docencia siempre ha sido una cuenta pendiente. Aunque era un campo que le resultaba atractivo y en su día dio clases particulares, enfocó su carrera hacia el sector sanitario. Hace ya cuatro años que decidió dedicar parte de su tiempo libre a los demás. “Estoy impresionada con lo que alguna gente es capaz de sacar de sí misma”, admite. Especial empeño ha puesto en que María llegue el curso que viene al instituto.

Superado el hándicap del idioma, toca buscar un sustento. Cruz Roja también tiene un plan específico de empleo que se ha ido ampliando según los escenarios que abría la crisis. Dirigido a inmigrantes, en 2006 había un único programa y hoy son siete (los otros seis enfocados a ciudadanos españoles). La tasa de inserción se sitúa entre el 50 % y el 60 %. Para todos es complicado encontrar un puesto de trabajo, pero a los que vienen de fuera les resulta todavía más difícil. “Les cuesta mucho hacerse a lo nuevo”, apunta María Jesús García Raposo, técnica del Plan de Empleo de la oficina de Santiago. En 2016, 269 inmigrantes participaron en este programa que cuenta con el apoyo del Ministerio de Empleo y Seguridad Social y del Fondo Social Europeo a través del Programa Operativo de Inclusión Social y Economía Social (Poises).

Desde hace un año, Venezuela ha desbancado a Cuba a la hora de demandar asistencia en la central de la avenida de Lugo 42. “La inseguridad, el desabastecimiento y la inestabilidad política del país les empujan a emigrar”, argumenta Raposo. De raíces gallegas, conservan una red familiar muy precaria. “Casi siempre son personas mayores, que viven y trabajan en el campo y no les pueden asesorar fácilmente. Pero entre ellos se ayudan mucho y entre ellos crean su propia red”, prosigue. El 80 % de los venezolanos que desembarca en Compostela posee un título universitario y anteriormente trabajaba en la Administración pública. Una vez aquí tienen muchas dificultades para homologar los títulos y continuar desempeñando la misma profesión. “Es sorprendente cómo se amoldan a los cambios. Pasan de un nivel de vida medio-alto a otro muy bajo”, advierte. Pero se reciclan y salen adelante.

En Santiago, las oportunidades se concentran en el sector comercial y la hostelería. Duneska es ingeniera, pero cuando se instaló en Galicia no le quedó otro remedio que cambiar de rumbo para encontrar un trabajo. Hizo un curso en el Centro Superior de Hostelería de Galicia y ahora es recepcionista de un hotel. A Cruz Roja le debe mucho. “Ha sido mi casa en los momentos más duros. Cuando acabas de llegar a España, hay un período en el que te sientes muy solo, aunque estés rodeado de mucha gente”, advierte.

María, el drama de una colombiana que no quería recolectar café

Llegó a España hace 17 años con el gancho de un contrato de trabajo que no existía.  Vive en Santiago y asiste a las clases de alfabetización de Cruz Roja.

  Hoy toca la t. En mayúscula, en minúscula y también bailando con otras letras. El lápiz no se desvía. Los trazos son perfectos. Encima de la mesa hay varias fichas de caligrafía para adultos. María (nombre ficticio) es la alumna aventajada de las clases de alfabetización que Cruz Roja Santiago organiza para inmigrantes que quieren regularizar su situación en España. “Es un caso asombroso. Mi objetivo es que el año que viene vaya al instituto”, cuenta Madalena. Farmacéutica de profesión y funcionaria de la Xunta, hace ya algún tiempo que decidió compartir su tiempo libre con los demás y se convirtió en voluntaria de la organización humanitaria. “Aunque no sabe leer, María es muy culta. Por eso soy muy exigente con ella. No quiero que nadie la humille nunca más”, continúa. Es su protegida y, para que siga sumando progresos, desde el pasado otoño Madalena queda con ella cada martes por la tarde, fuera del calendario de clase. María limpia en una casa y su horario de trabajo le impide asistir a las sesiones de grupo.

“Me da mucha vergüenza reconocer que no sé leer. Madalena me motiva”, celebra la joven. De origen colombiano y madre de una adolescente de 16 años, tiene una meta clara: superar el examen que le permita obtener la nacionalidad y agrupar a su hija. Ganas no le faltan. Repasa el abecedario hasta la madrugada, echa mano de internet para corregir errores y convierte cualquiera de sus tareas cotidianas en un juego de aprendizaje. Cuando cultiva la huerta, hace y deshace pequeños montones de tierra para sumar y restar. “No creo que tenga ningún problema con el cálculo”, añade la voluntaria.

María sonríe. Mira al futuro con optimismo. Es un ejemplo de superación y de fuerza. Las lágrimas asoman en su rostro con los malos recuerdos del pasado. En Colombia vivía sometida a las órdenes de una tía autoritaria. Mientras sus hermanos y sus primos iban al colegio y aprendían a leer, a ella la obligaban a recolectar café en el campo. “No me gustaba nada, pero en casa me decían que no servía para otra cosa”, relata. Alguien del barrio que trabajaba en España la convenció para cruzar el Atlántico en busca de nuevas oportunidades. “Me mandaron una oferta de empleo y me dijeron que no hacía falta visado”, recuerda. Tenía 20 años. Hizo las maletas y se instaló en Palencia. María ignoraba que se había metido en un callejón sin salida. El contrato que le habían prometido no existía. No tenía papeles y además no sabía leer. En aquella casa estuvo interna 17 años. “Solo me dejaban descansar el domingo por la tarde”, narra cabizbaja. Las cosas empeoraron cuando se puso enferma. “Me querían cobrar la hospitalización y descontármela del precio del pasaje”, continúa. Le pagaban una cantidad muy inferior al salario mínimo interprofesional. “Ganaba 15.000 pesetas y era feliz. Lo enviaba casi todo para mi país para que cuidaran a mi hija”.

Una joven ecuatoriana que conoció durante su convalecencia le abrió los ojos. “Me dijo que, en España, la sanidad pública no cobraba ni por el ingreso hospitalario ni por las medicinas”, lamenta. Fue su salvadora. Le dio cobijo mientras se recuperaba y buscaba otras alternativas. “He dado con todo tipo de gente. Lo único malo es que nunca quieren pagar la Seguridad Social”, prosigue.

Hace una década llegó a Compostela para cuidar a una persona mayor. Venía con una carta de recomendación de alguien de Palencia. Conoció a su actual pareja y, por fin, pudo traer a su hija. Estabilizada su situación, decidió que era el momento de afrontar sus miedos y aprender a leer y a escribir. Desde el pasado octubre acude cada semana al edificio que Cruz Roja Santiago tiene en la avenida de Lugo 42 para participar en los cursos de alfabetización. “El primer día me dio mucha vergüenza. Quería salir y no volver a entrar”, recalca. Pero Madalena no la abandona y le inyecta motivación en cada clase. “Le faltaba autoestima. A los 15 días de empezar conmigo conseguimos que leyera una frase entera”, explica la voluntaria. Lo achaca al método y a esa medicina que le receta cada día: “Siempre le digo tú puedes, vas bastante rápido. Venga vamos a meter ya otra letra”.

Duneska, la ingeniera venezolana que se hizo recepcionista de hotel

Duneska es ingeniera y poco antes de Navidad conseguía su primer trabajo después de cuatro largos años en paro. Es un contrato temporal como recepcionista de un hotel en Compostela. Los idiomas han tenido mucho peso en el proceso de selección. De origen venezolano, además de español, habla con fluidez inglés y francés y se defiende en gallego. Pero las oportunidades nunca vienen solas. Detrás de esa serenidad que Duneska lleva escrita en el rostro se encuentran las siglas de Cruz Roja Santiago y su Plan de Emprego. “Se aborda cada caso de forma integral. No se quedan únicamente con el currículum”, explica. Vinculada al sector petrolero, en España apenas existían posibilidades de seguir desarrollando su carrera. ¿Y cuáles eran sus competencias? Idiomas y habilidades de comunicación. Según la evaluación de la organización humanitaria, Turismo se perfilaba entonces como el área idónea para reincorporarse al mundo laboral.

Reciclarse era el único camino y Duneska se matriculó en un curso teórico-práctico que organizaban Cruz Roja y el Centro Superior de Hostelería de Galicia (CSHG). Mientras tanto, iba subsistiendo con los escasos ingresos que obtenía de impartir clases particulares o de sus colaboraciones como azafata de eventos. Entre unas cosas y otras, el contrato de recepcionista no tardó en llegar. A Cruz Roja le debe mucho. “Ha sido mi casa en los momentos más duros. Cuando acabas de llegar a España, hay un período en el que te sientes muy solo, aunque estés rodeado de mucha gente”, advierte. “Ellos te orientan, te aclaran el panorama para empezar a andar y te alejan de las cosas negativas”, continúa.

Corría 2005 cuando Duneska decidió irse de su país de origen para participar en un proyecto de investigación de una universidad andaluza. Su madre tiene raíces canarias y, aunque no conservaba ningún vínculo con España, el trabajo le resultó atractivo y se lanzó. Duró cuatro años. La idea de regresar a Venezuela no encajaba en sus planes y empezó la tediosa tarea de buscar otro empleo. Probó suerte en el Inem, se especializó en Sistemas de Gestión de Calidad y tocó por primera vez a las puertas de Cruz Roja para hacerse voluntaria. Vinculada al área de Juventud, colaboró en la Operación Paso del Estrecho, participó en talleres lúdico-educativos y echó una mano en un programa de visitas a inmigrantes en situación de riesgo.

Por avatares del destino que prefiere no recordar, en 2012 dio el salto a Galicia y se instaló en Boiro. Con permiso de residencia vigente, la contrataron en una academia para impartir clase de Física, Química y Matemáticas. Era un puesto precario y no tardó demasiado en estudiar nuevas oportunidades. Retomó el contacto con la organización humanitaria, pero sus circunstancias personales la obligaron a cambiar el programa de Voluntariado por el de Empleo. En Santiago lleva menos de un año. “Me siento muy a gusto. Se parece mucho a mi ciudad natal, Mérida. También tiene universidad y el sector turístico es muy importante”, celebra.

Madalena: “Me impresiona lo que alguna gente es capaz de sacar de sí misma”

 “Es una enorme satisfacción ser testigo de cómo una persona sale adelante. Ellos te dan mucho”, confiesa Madalena, voluntaria de Cruz Roja Santiago. En las clases de alfabetización que, junto a otro compañero, imparte en la sede de la avenida de Lugo 42 desde el pasado otoño tiene ahora 14 alumnos de diferentes nacionalidades y también con niveles distintos. “Unos no saben ni leer ni escribir, otros empiezan a unir letras, hay alguno que tiene estudios primarios, pero no habla ni una sola palabra de español”, explica.

Farmacéutica de profesión y responsable de Calidade en un laboratorio de la Xunta, prepara en casa las sesiones de los lunes. No fue fácil encontrar material de lectoescritura para adultos. “No quería fichas con patitos o con motivos infantiles porque se sienten más dolidos”, añade. No utiliza pizarra. Tiene que personalizar las cartillas para ajustarse al perfil de cada cual. María (nombre ficticio) es su protegida. “Es un caso asombroso. Mi objetivo es que el año que viene vaya al instituto”, advierte. Como su horario laboral no le permite sumarse al programa, queda con ella cada martes por la tarde para que siga sumando progresos.

Hace ya cuatro años que Madalena decidió dedicar parte de su tiempo libre a los demás. Por aquel entonces vivía en Vilagarcía. Consciente de que Cruz Roja “era la que estaba más escasa”, se hizo voluntaria. Echaba una mano a los mayores y colaboraba en los programas de memoria. Para ella, la docencia siempre ha sido una cuenta pendiente. Aunque era un campo que le resultaba atractivo y en su día dio clases particulares, enfocó su carrera hacia el sector sanitario.

Se trasladó a vivir a Santiago y, después de un paréntesis, contactó de nuevo con la organización humanitaria. “Aquí necesitaban a alguien para los programas de alfabetización. No había hecho esto en mi vida”, admite. “Realmente estoy impresionada con lo que alguna gente es capaz de sacar de sí misma”.