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Espacio de arte

En homenaje al gran constructivista gallego: Luis Caruncho

FÁTIMA OTERO (*)   | 16.10.2016 
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Nos acaba de dejar el extraordinario artista Luis Caruncho, maestro del constructivismo gallego, afiliado a la vía reflexiva, aquella que frente a la vena brava, más característica del expresionismo o informalismo español, apela a la norma, la idea y a la forma analítica del arte. Un camino por el que decide transitar a lo largo de su dilatada carrera artística y que nunca abandonó, aunque su obra haya evolucionado intuitivamente añadiendo nuevas metas a sus características series.

Al constructivismo siempre se lo ve como frío. De esa frialdad siempre se quiso apartar el maestro con la idea de usar la geometría para arrancar la chispa de la vida, la emoción al espectador, afinando y estimulando su sentimiento. La geometría es lo que está en el fondo de las cosas, es la que construye. Así, sus escenarios son pura construcción y cálculo matemático en los que aparecen conceptos de esta disciplina como curvas, rectas, segmentos, ángulos, vértices o líneas paralelas y perpendiculares. El uso repetitivo de estos elementos transmite claridad o emociones positivas. Las más de las veces devienen paisajes sin ningún referente real, porque no ilustran escenarios de la vida diaria sino solo lo que atañe al contenido del arte.

Caruncho aporta un legado que es idea pura para la historia del arte con una fórmula única y particular. Un lenguaje decantado hacia el diseño, como lo hicieron en su día los constructivistas soviéticos. De hecho, muchas de sus piezas fueron ideadas más como lo primero que como obras de arte puras. Su trabajo lo incorporó a la arquitectura y a la escultura, pasando a ser el único sujeto del mismo. Compartía la idea de aunar todas las artes. En su obsesión por el muro ideó cuadros en gran formato para incorporarlos a elementos arquitectónicos. La geometría fue su casa y el diseño geométrico no sólo ocupó su hogar sino el de otros muchos encargos, sobre todo ideados para la Costa del Sol.

Inventor de mundos. Una afición temprana. Ya en su juventud solía construir juguetes y máquinas a las que hacía funcionar mecánicamente. En esa etapa juvenil empezaron sus escarceos constructivos a base de repetir módulos, aunque antes recogió la herencia del cubismo en composiciones de los años 50, sobre todo dedicadas a instrumentos musicales (guitarras, mandolinas) y también abanicos, observados desde las diversas caras simultáneas del cubismo.

Su conocida afición al motorismo y a los coches, con la que alcanzó cierta notoriedad, agilizó sus propuestas siempre invitando a la idea de ruta, recorrido en lineal, diagonal o circular. Un continuum desplegado frecuentemente en enormes polípticos de múltiples piezas. Esa retórica repetitiva fue su manera de distanciarse de la idea de la pintura o escultura como pieza única, aunque cada módulo funcionase como obra independiente. Sus series se depuran al avanzar los años hasta ir derivando en la pureza más radical con el uso de blancos, pulcras geometrías y líneas proyectivas donde los planos vuelan y se superponen unos sobre otros consiguiendo la tercera dimensión.

Su espíritu sistemático y exquisito le ha llevado a buscar el "Cuadro infinito". Y ha movido y enriquecido el plano cruzándolo en "Vicisitudes del plano". El sentido de estas obras surge de las relaciones entre las partes. Es pasar el nivel de significado de la estructura interna al exterior. Las figuras en forma de flecha le dieron tanto juego que no sólo no las agotó sino que las retomó tiempo después.

Porque la noción de memoria siempre está presente en su trabajo, hasta el punto de que le llevó a vincular muchas series a parajes lunares, solares o a la constelación musical del universo. De musical y sutil ha sido calificada su obra gráfica o escultórica, desplegada a base de ritmos que se alejaban de la tradición gallega, para asentarse en el contexto internacional.

Hace una semana, el artista Luis Caruncho cambió de vida para emprender un nuevo viaje, el del más allá. Esa gran incógnita que nos intriga a todos. El catolicismo nos ha martirizado con escenas infernales donde los pecadores pagaban lo suyo, pero no ha representado el cielo en imágenes iconográficas. Ese vacío existencial seguro que ya lo ha ideado Caruncho durante los últimos años cuando su salud se marchitaba pero su cabeza seguía en ebullición.

Probablemente, antes de partir, habrá tenido tiempo para pensar, como era frecuente en su manera de ser, sobre qué idear para ese territorio incierto. Atisbamos un juego de concavidades y convexidades compitiendo con el Arco Iris, en sus gamas animosas y potentes, porque cualquiera de las propuestas por él trazadas irán en términos rítmicos y geométricos con la viveza del color y con las líneas en fuga escapando siempre hacia la sorpresa y la ilusión.

Supo con antelación que no iban a venir buenos tiempos para el mundo de la creación, de ahí que pusiera tanta o más ilusión en cualquiera de los muchos proyectos de índole cultural, arquitectónico, en el campo del diseño, como promotor de artistas, gestor cultural, director del Centro Cultural conde Duque y del Museo de Arte Contemporáneo Unión Fenosa en los que participó y siempre con acierto.

Luis Caruncho rindió homenajes, entre otros, a Ptolomeo, Boabdil, El Greco, Vázquez Díaz, Miró o Gropius. Sus últimas exposiciones han sido de sentido homenaje, pero a su figura. Así lo vivimos en Santiago, hace escasos meses, en la galería Metro, con un Caruncho ya muy débil pero al que todos quisimos abrazar. Desde Miguel Fernández Cid, quien le dedicó en 2004 una retrospectiva en el CGAC, hasta Salvador Corroto de la galería Atlántica, comprometido con su obra.

Nos queda su inmenso legado con una buena curadora, su admirada y amada mujer Tatjana Ribic. Nosotros le recordaremos siempre por una de sus grandes series "Cuatro estaciones lúdicas", porque lúdico era su juego y con él nos quedamos intentado ganar la gran partida a la vida.

(*) La autora es crítica de Arte