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"Los hombres traen un país extraño"

MARIAN IZAGUIRRE VUELVE CON UNA NOVELA EN LA QUE ASISTIMOS A LA HISTORIA PARALELA DE DOS MUJERES EN DOS ÉPOCAS DISTINTAS. 'CUANDO APARECEN LOS HOMBRES' (LUMEN) HABLA DE LOS ENCUENTROS Y LAS PÉRDIDAS'

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ   | 05.03.2017 
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Hay una extraña delicadeza en la forma de narrar de Marian Izaguirre, y también un hilo rojo que recorre sus libros. Hasta el punto de que algunos asuntos de historias pasadas viajan a las presentes, y quizás viajen a las futuras. Como ocurre aquí con el peso de la culpa. Todo en Izaguirre parece estar relacionado, todo parece depender de todo. Cuando aparecen los hombres (Lumen) es un ejemplo perfecto de esa masa literaria en la que se descubren inesperados engarces, y ese delicado interés al que aludíamos por dibujar los más pequeños detalles.

Izaguirre toca los temas cruciales de la existencia, pero es capaz de comprimirlos en una caja de membrillo. Y cuando se destapa, como un cofre que contiene tesoros, o como una caja de Pandora que contiene el germen del dolor, esa vieja caja de membrillo (todos hemos tenido una) nos revelará hasta qué punto las vidas están entrelazadas, cómo los lugares nos construyen, cómo nuestras vidas dependen de ese equilibrio de la realidad, de viajes por carreteras secundarias, de amores que no podrán borrarse, de pérdidas irreparables. Somos funambulistas en la cuerda del tiempo. Somos fantasmas en tránsito, mientras los muros de la casa aguantan impasibles el ir y venir de los vivos y de los muertos.

Esta novela, en efecto, viaja a lo largo de cien años, y establece un vínculo poderoso entre dos mujeres, Elizabeth Babel y Teresa Mendieta. Este es el andamiaje de una historia que se mueve en un escenario en el que todo es doble, en el que un espejo parece partir la historia en dos. Un espejo astillado, poblado de fragmentos, que nos devuelve imágenes cubistas, incompletas, que el lector tendrá que aprender a recomponer. Así es también como nos recomponen los otros. "Estas dos vidas parecen paralelas, pero en realidad dependen una de la otra", dice Marian. "Babel es un apellido significativo, buscado a propósito: hago un esfuerzo siempre simbólico con los nombres. Elizabeth es sorda, y por lo tanto muda. Pero escribe, escribe cartas a sí misma. En ella el lenguaje, y también su ausencia, es muy relevante. Por eso me pareció estupendo que su apellido fuera Babel", explica. "El tema del espejo es el quid de la novela. La identidad. También el triángulo entre realidad, verdad e imaginación". Y aclara: "la realidad siempre es escasa. Por eso necesitamos el concurso de la imaginación".

La lata de membrillo en la que, además de recetas (la cocina es muy importante en esta historia), se guardan las cartas que Teresa va leyendo a lo largo de la novela funciona también como un espejo fragmentario gracias al que ella se reconstruye. Pero lo hace leyendo a una mujer de otro tiempo, Elizabeth, que también vivió en ese caserón de la Costa Brava. "Teresa se compone de todas las voces que la han conocido como de aquellas que no la han conocido. Elizabeth es una de ellas. Ella también tiene dificultades para expresarse, para hacerse entender emocionalmente: esa es su mudez".

Marian Izaguirre reserva varias sorpresas al lector. La segunda parte plantea enigmas que hay que resolver. Poco a poco la trama se complica con personajes secundarios, con idas y venidas en coche, con recuerdos, con asuntos que están más relacionados de lo que pueda parecer. Y descubrimos también un narrador oculto, que no conocíamos, y que, sin embargo, asoma en la primera página. "Pero yo sabía que el lector se olvidaría pronto de esa primera página: es lo que quería", dice Izaguirre. Y así asistimos a ese caudal de ocultaciones, invenciones, realidades que pueden ser ciertas o no.

Le pregunto qué pasa cuando aparecen los hombres (en la vida de las mujeres) y Marian dice que "cuando eso ocurre, llega un país extraño en el que tienes que habituarte a vivir. Traen juego, alegría, pero también trampas. Estamos jugando, pero podemos caer. Y eso es lo que los ocurre a mis protagonistas. Los hombres traen un mundo desconocido". En la novela aparece un deporte con carácter de símbolo: la esgrima. "Es el deporte de la clase pudiente. Pero indica lucha. Aunque en realidad es como un baile, es una danza con un florete. Tanto Elizabeth Babel como Teresa practican la esgrima, porque necesitan estar siempre alerta..." Y finalmente está el escenario. El mar. Las olas. El ahogamiento de Enrique Granados en el Canal de la Mancha, que tanto significado tendrá aquí. Y está el País Vasco. Y la Costa Brava. Y los viejos amores perdidos. Y está Perpignan, "una de esas ciudades raras y conmovedoras".