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La historia interminable

SANTI CARRO  | 06.08.2017 
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¿Cual es la mejor hora para comer? Fácil: cuando el cuerpo lo demande. Pero, ojo, aquí hay que diferenciar entre un antojo hipoglucémico –provocado por el hambre nerviosa-, y una demanda fisiológica, real, de hambre verdadera; el primer caso, se trata de un apetito viciado por las subidas y bajadas de azúcar, y suele presentarse abruptamente, mientras que el hambre que siente un sujeto normoglucémico es generalmente una demanda fisiológica que se presenta escalonada, de una forma menos brusca. Es decir, hay que diferenciar entre hambre real y antojo hipoglucémico.

Por estas mismas razones se puede afirmar que, ciertos estudios actuales, esos mismos que te acaban poniendo hora, minuto y segundo para llevar a cabo las cinco comidas del día, son ridículos en cuanto a su planteamiento, no digamos ya, en su conclusión. Que unos “ratones de laboratorio” me conminen a mí, a desayunar a las 7 y 45, a almorzar a la 1 menos 10, y cenar a eso de las 8 y 15, es una barbarie, una ignominia, una ofensa. Pero vamos a ver…

Durante el 99.9% de la existencia del hombre en la faz de la Tierra, el ser humano comía cuando sentía hambre, si es que tenía algo que echarse al gaznate en ese preciso momento, claro está. Vale. Antes de ayer (evolutivamente hablando), hará unos 5.000 años, y con los primeros asentamientos humanos, apareció una cosa que se llamaba “especialización en el trabajo”. Ya sabe, empezaron a aparecer los primeros ceramistas, cocineros, sacerdotes, pitonisas y alfareros, ya que al cambiar la recolección (y la caza) por la agricultura y ganadería, dispusimos de mucho más tiempo libre, es decir, pudimos dedicarnos a otros menesteres que no fuesen andar buscando comida todo el santo día. Y al principio nos fue bien, con dicho trueque.

Por ejemplo, un carpintero cualquiera se levantaba al alba para trabajar, en el taller situado en la parte trasera de su casa, y lo hacía sin prisa pero sin pausa, ya que no había estrés; en cuanto le venía el hambre, a eso de mediodía, comía algo. Llegada la tarde se ocupaba de conciliar un poco en casa o le daba de comer a los animales y al anochecer se reunía con toda su familia para cenar. Eso era todo. Lógicamente, no había nadie obeso por aquel entonces porque la gente sólo comía lo que necesitaba… y se pasaba toda la jornada haciendo cosas, que no sentado delante de una pantallita. Por desgracia para nosotros, cuanto mayor fue el desarrollo y progreso de las civilizaciones, mayores los problemas a la hora de comer y más complicada se nos volvió nuestra existencia. Actualmente, las autoridades sanitarias recomiendan, tanto para el buen cirujano plástico como para el informático especializado en redes, comer unas 5 ó 6 veces al día, aprovechando los descansos “oficiales” de su trabajo, no vaya a ser que la gente desfallezca al estar encajonada todo el santo día. En las estanterías del súper nos ofertan hortalizas, legumbres, carnes, pescados, lácteos (los de vaca y los de mentira), cereales, bollería, refrescos y zumos de todos los colores. También nos tientan con galletas, barritas, snacks, cafés para llevar, tortas de arroz, fruta cortada en trocitos y batidos detox… todo se queda “cortito” en pos de seguir el frenético ritmo: comer cada dos horas y media, como hacen las cabras montesas.

El sistema y la mercadotecnia han conseguido que nuestra vida esté estructura al milímetro: nos levantamos a golpe de corneta, y toca desayunar. Tenemos dos opciones: leche uperisada con cereales refinados, o la maldita tostada con aceite de oliva, esa misma que favorece el síndrome del intestino permeable y la inflamación crónica de bajo grado. Después a trabajar (si hay suerte, claro). A lo largo de la mañana, vamos royendo como si fuésemos hámsters esas malditas galletas que liberan carbohidratos durante cuatro horas, no vaya a ser que nos de una lipotimia antes de llegar corriendo a la cafetería y “nos zambullamos” en ese café con leche doble, con sus correspondientes acompañamientos tóxicos. De vuelta a casa, almorzamos sí o sí, porque toca, aunque todavía nos estén repitiendo esas jodías galletas bañadas en café con leche, o las mezclas temerarias que nos hemos zampado nos hayan provocado una pirosis atómica (del griego piros=fuego). La merendola, claro está, cae a eso de las 19.00 horas, todo para
acabar la agotadora jornada con una buen plato de pasta o una tortilla de patata… eso cuando no desvalijamos la nevera, antes de irnos para el catre.

Y después nos preguntamos –atónitos- que diablos nos pasa, al no entrar en las bermudas o en la camiseta hawaiana, y acudimos al galope tendido a la consulta del dietista de turno el cual –además de atiborrarnos de hierbas, matracas y pastillas- nos vuelve a recomendar el seguir comiendo 5 ó 6 veces al día, pero esta vez “en plato de postre”… es decir, salimos de “Guatemala”, para caer en “Guatepeor”. Claro, al principio parece funcionar el sistema, porque hemos cambiado los carbohidratos concentrados y los alimentos contundentes, por desangeladas lechugas y vegetales hipocalóricos. Pero en cuanto pasan las primeras semanas, “se acabó lo que se daba” y el metabolismo pierde eficiencia quema-grasas de la misma manera que un neumático pinchado pierde aire, y es justo en ese preciso momento que la aguja de la báscula se estanca. En efecto, nuestro cuerpo no entiende muy bien eso de estar comiendo todo el santo día como si fuésemos cabras montesas, nuestro metabolismo entra en conflicto y, lejos de acelerarse, lo que conseguimos es que se frene en seco. Piénselo, ¿para qué diablos va nuestro cuerpo a quemar grasa, o a acelerar el metabolismo, si a cada rato le estamos metiendo azúcar? Esto sin contar con lo que viene después de la dieta: el temible efecto rebote, que más tarde o más temprano acaba pasando
factura. Entonces, ¿qué podemos hacer para gestionar adecuadamente nuestras bajas pasiones? Para empezar, vamos a comer menos veces al día, amigos y amigas: desayuno, comida y cena… y tranquilo todo el mundo, que hasta ahora nadie ha muerto. Además, puede usted aplicar un truco muy interesante, para vencer la resistencia innata del cuerpo a quemar grasa: sáltese aleatoriamente una comida de vez en cuando, es decir, un desayuno, un almuerzo o una cena, para darle un respiro a su maltrecho aparato digestivo. El momento adecuado para
hacerlo es cuando note usted que no le entra la comida. Eso nos pasa más veces de la cuenta, lo que pasa es que lo obviamos o pasamos por alto, porque “la tradición cultural” (de comer porque toca) nos puede más, ¡¡¡hay que comer sí o sí, aunque reventemos!!!

Deglutamos menos veces, repito, para así darle un respiro al aparato digestivo… un respiro que nunca llega, si nos dejamos llevar por la mercadotecnia y las recomendaciones oficiales.

El estómago, pasado un tiempo después de comer, se auto-limpia de mucosidades y excrecencias, volcando sus “aguas negras” al duodeno, al tiempo que el intestino hace lo propio, en cuanto a higiene se refiere. Estómago e intestino se ponen “a barrer” y a hacer limpieza general. Al darle más tiempo al aparato gastrointestinal para los trabajos de autolimpieza, estamos favoreciendo la desintoxicación corporal. Es entonces que notamos como se nos mueve la tripa, gozosamente. Sentir dicho efecto, cada día durante un par de semanas, es una señal de que nuestro intestino se está desinflamando (unos 4-5 centímetros menos de contorno, garantizados).

Es también que, durante los procesos de autolimpieza y de una forma paralela, los panículos adiposos comienzan a desembarazarse de sus grasas almacenadas, librándolas a la sangre. Pero, ay, estos momentos de higiene corporal y de movilización de grasas, se ven constantemente interrumpidos por comidas –y más comidas- que siguen cayendo a la barrigola desde el gaznate, como las jodías galletas de cereales, las tortas de arroz inflado o los cafés con leche. ¿Qué pasa entonces? Pues que por efecto crónico y acumulativo, el estómago se hincha, el intestino se inflama, el hígado se bloquea y el páncreas se agota. Si es usted hipoglucémico crónico, es posible que le haya entrado el pánico, al leer estos párrafos. Lógico. Para un hipoglucémico crónico pensar tan solo en dejar de comer un “ratico”, es poco menos que un martirio, que digo, ¡¡¡el Apocalipsis mismo!!! Para que el protocolo de limpieza funcione, primero debe usted pasar una fase: dejar de ser esclavo de la comida, consiguiendo estabilizar los niveles de insulina durante el día, es decir, pasar de ser un hipoglucémico crónico a un normoglucémico. Es entonces
cuando uno deja de sentir hambre a todas horas, y es entonces cuando puede plantearse el siguiente paso: el protocolo de micro-ayunos. La casa se construye por la base, que no por el tejado.

Si consigue usted llegar a la fase de micro-ayunos, le puedo adelantar lo que sentirá: una mayor ligereza corpórea, una desinflamación de todo el aparato gastrointestinal (con la consiguiente reducción de barriga) y un gran bienestar general, tanto digestivo como psicológico, además de no sentir hambre alguna (al menos de forma abrupta, provocada por los antojos hipoglucémicos). No se puede explicar con palabras, hay que sentirlo chavales.

¿Y cómo se consigue estabilizar los niveles –desbocados- de insulina, para poder empezar con los protocolos de limpieza?
Eso, querido lector/lectora… es otra historia.

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EL OBJETO DE ESTE ARTÍCULO ES SÓLO ORIENTATIVO. CONSULTA CON TU MÉDICO Y/O ESPECIALISTA CUALQUIER CAMBIO EN TU DIETA O ENTRENAMIENTO