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Héctor Francesch: sobre la precariedad artística

FÁTIMA OTERO  | 21.05.2017 
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Desde el arte también se puede y se debe reflexionar sobre la situación del país, sobre la precariedad del colectivo artístico y por extensión del hombre en general. Es lo que pretende la muestra Diario da resistencia, en la compostelana galería Metro, del artista Héctor Francesch (A Coruña, 1977)

Al observar la península Ibérica por el ojo artístico del coruñés, le salen tópicos tan manidos como los que nos ofrece el lienzo Patria en el que con ironía y sarcasmo planta unas algodonosas ovejitas delante de un balón de fútbol, mientras al fondo un vigoroso toro de Osborne contempla el desolador panorama. Es el caduco tópico de un país ligado a la masculinidad, bravura, vigor y pasión futbolera. Un entusiasmo al que se ha rendido el mundo e incluso ha sustituido hasta la propia religión y arrinconado tristemente a la cultura.

Las inquietud artística de Héctor Francesch pasa por plasmar vía acrílico, collages o impresión digital en cajas de luz los problemas que padece tanto el país como el mundo artístico: la precarización del propio medio, la soledad, el hambre, las dificultades para seguir generando ideas y avanzar en una carrera artística que cada día suma y suma obstáculos. Porque el colectivo artístico le afecta de lleno en Los maratonianos o el grupo de Las maratonianas, que representan a corredores de fondo, cuyos rostros no tienen rasgos, sólo los definen sus correspondientes dorsales, con nombres míticos del arte gallego: Luis Caruncho, Urbano Lugrís, Granell, Seoane, Maruja Mallo, Ángela de la Cruz... Los menos han logrado fama y éxito, sobre todo después de muertos; los más mueren en el intento por llegar a la meta.


El coruñés, como viene siendo habitual en su quehacer, ha manipulado la imagen publicada en un medio de comunicación y la traspasa al colectivo artístico, cambiando el número de los dorsales a los corredores por nombres reconocidos de la plástica gallega. En otras ocasiones es tanto su propia imagen como las de amigos y familiares las que sirven de referencia para insistir en el tema que le atañe como profesional del arte. A través de imágenes dulces como O Camiño muestra a tres amigos en marcha acompasada por el devenir de la vida... En A loita se dirime una clase de esgrima. Todas son metáforas para narrar que para llegar a alguna parte hay que resistir, luchar, crecer, entrenar, y sobre todo, creer en lo que se hace.

Héctor Francesch cree y descree con el proceso pictórico. Ahí está A noite cuando la melancolía, soledad y dudas embargan al artista. Pero para seguir creciendo como profesional hay que reinventarse y componer arte con elementos tan insignificantes e intrascendentes como unas pajitas de plástico en lugar de pinceles para conseguir instalaciones de colores y marañas de dibujos en el aire. Su pieza videográfica La clase de esgrima, de la que es un apasionado, parodia los dibujos azarosos del florete en el aire, las filigranas que describe un pincel extraartístico y que el artista ahorra o insiste en su uso para escenificar la falta de incentivos para la producción artística.

En esta exposición no dibuja en el aire sino sobre el papel, pero con tinta punzante y afilada disimulada por el uso del color muy alegre y brillante, todo para insistir en imágenes que son como un acta de vida de la clase media de este país, por extensión la suya. Esta muestra nos deja su lado más intimista y vivencial, si cabe mayor que en otras ocasiones al realizar, por ejemplo, un recorrido matinal y habitual para un padre de familia, el dejar cada mañana a su hija en el colegio A viaxe. La imagen de un padre cualquiera acompañando a su hija pasa por engrandecer lo insignificante, precisamente lo que en definitiva nos hace ser felices, disfrutar de la fiel compañía de un perro o gato El amigo, en este caso felino, pero podría ser cualquier otra mascota, o cultivar las amistades y entretenimientos afines a cada uno.

La forma de hacer de Héctor Francesch es sintética y colorista, los personajes carecen de perfil identitario porque representan al individuo genérico, reduciéndolo al mínimo reconocible. Una pintura alegre que invita a sonreír a pesar de la desesperación de alguno de los temas que toca. Toda la vida es fruto de una gran partida, en la que hay menos aciertos y muchos más fallos. En estos lienzos se intenta recoger ese recorrido, incluso hasta el final. A morte, con esa enorme calavera en la que como en una quiniela porta en su faz la incógnita, en la que la suerte juega un papel importante en este mundo tan competitivo. Héctor Francesch sigue con su paleta pop y los motivos extraídos de la cultura popular, y nos invitan a sonreír a pesar de la adversidad y a intentar volver a levantar los muros de "la patria mía quevedianos, si un tiempo fuertes ya desmoronados", con la ilusión de que entre todos podamos volver a levantarlos. La cultura bien vale el esfuerzo.