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BELEN GOPEGUI, escritora

"Google es hoy una presencia inevitable"

Belén Gopegui
Belén Gopegui

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ   | 21.01.2018 
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Tras éxitos como 'El comité de la noche', Belén Gopegui regresa con una de sus novelas inquietantes, en las que la acción y el ensayo se dan la mano. 'Quédate este día y esta noche conmigo', publicada por Random House, es un viaje a este mundo tecnológico que nos analiza y nos clasifica. La novela, cuyo título bebe de un verso de Whitman, es una larga conversación entre dos personas que envían a Google una solicitud que, probablemente, la máquina no podrá procesar. Pero un humano si podría hacerlo.

Es una historia sobre el complejo encuentro entre las personas y la tecnología, una historia sobre el control universal, sobre la lucha entre la acumulación de información y la imaginación. Belén Gopegui siempre sorprende con su peculiar estilo, con su peculiar manera de atacar las historias. Y sorprende ella misma, su quietud, su aire un tanto enigmático. Poco a poco entras en su patio interior, en su terreno literario cuidadosamente dispuesto y vedado a intrusos, en su bosque de ideas inexploradas, quizás extrañas, no atendidas por la corriente de moda. Pasan pájaros en la noche de sus textos, pasan seres asombrados, inquisitivos, animales que miran el mundo, sueños tecnológicos. Y ese manto del miedo, del dominio, de lo inabarcable, ese temor al engaño, a la impostura, a los seres sacrificados por el progreso.

Un cierto aire tenebroso nos visita en el camino, una incomodidad de estar vivos entre tantas sombras y tantas amenazas. Aquí está Belén Gopegui frente a mí, con su pelo de plata, y su particular manera de contemplar el mundo.

-No recuerdo haber leído ninguna otra novela dirigida a Google, a Mr. Google. Y menos ninguna que lo trate con esta familiaridad... ¿Cómo surgió?

-Cuando escribes siempre te planteas el problema del destinatario. O del interlocutor, como decía Carmen Martín Gaite. Google es ahora un destinatario inevitable, una presencia, es nuestro narrador omnisciente. Y me parecía lógico. Los protagonistas, en mi novela, lo que hacen es una larga solicitud de trabajo a Google.

-Durante mucho tiempo la televisión fue como el oráculo de Delfos. La diosa del hogar colocada además en una posición preminente, como corresponde a una diosa. Pero eso lugar le ha sido arrebatado por Google, por la pantalla del ordenador. Dices que puede ser a la vez el cielo y el infierno.

-Yo tampoco conozco ninguna novela dirigida a Google, como tú dices. Pero fíjate, la televisión tampoco salía al principio en las novelas. Creo que tuvieron que pasar años.

-Escribir novelas con muchos contenidos de modernidad parece algo difícil. Ahora hay otra vez muchas novelas con aire científico..., escritores que parecen más proclives a eso. Tú misma, por ejemplo.

-Sí, porque hay una especie de convención según la cual se te autoriza a meter en tu novela contenidos científicos y técnicos siempre que se trate de una historia de ciencia ficción. Entonces, no hay problema. Es un código antiguo, yo creo, esto de que hay elementos que son literarios y otros que no pueden serlo. En lo íntimo, por ejemplo, ya todo puede aparecer en una novela. En lo científico, hay más reticencias.

-Pero no en tu caso.

-Bueno, no me disgusta la ciencia ficción. Yo hablo mucho del presente, que es múltiple. Y yo hablo de un presente que mira al futuro. Pero lo que cuento podría pasar. No habría que pasar trescientos años a que pasara, creo.

-Este presente, ¿es el futuro que nos decían?

-No suelen acertar demasiado las imaginaciones sobre el futuro. En el cine no aparecían mucho los móviles, ni nunca se nos imaginó escribiendo en una pantalla todo el tiempo. Tal vez porque eso de escribir es poco cinematográfico. Pero me sorprende que ahora escribamos tanto... es curioso. Hombre, también funcionan las imágenes, ahí está Instagram. Sin embargo, no creo que nadie nos imaginara como seres que estaríamos escribiendo gran parte del tiempo.

-Tampoco internet estuvo, digamos, muy presente en la imaginación artística. Porque lo de Orwell es diferente... aunque hay algo de Orwell que sí se parece a tu novela. Y es esta construcción literaria en la que se explica que la tecnología puede ser utilizada para el dominio de los seres humano, para controlarlos.

-Sí, es cierto. Pero creo que Orwell se trata de un control político, y aquí es más un control económico. Se nos quiere controlar para que produzcamos beneficios.

-Sí, hablas de cómo se analizan nuestros gustos, nuestras aficiones, cómo nos colocan publicidad a nuestra medida. Pero Google es todo lo que se mueve en ese gran motor... y ahora con las redes sociales se habla de un intento de modificar la voluntad global, un intento de redirigirnos hacia una realidad concreta.

-Creo que se hace, pero torpemente. Puedes intentar alentar una revolución, pero porque te interesan los recursos de ese lugar, porque tienes intereses económicos, que es el objetivo final.

-Me ha gustado mucho eso de los 'bruscos bulevares de la imaginación', que atribuyes a un novelista importante. Aunque no lo dices, sabemos que es una frase de Julian Barnes, al que también admiro. La imaginación parece la línea que divide los datos, la información, de la experiencia. Las máquinas no pueden alcanzarla... Dices que la poesía es la máxima expresión de lo imaginado, porque es "la exactitud inesperada".

-La imaginación es una potencia casi sin límites. Y la poesía es para mí el arte supremo, sin duda. Pero no me interesa tanto si las máquinas pueden reproducirlo o no. Hay que valorar lo que somos capaces de hacer. Lo mismo que somos capaces de dejarnos llevar por impulsos estúpidos, somos capaces de escribir un poema. Esto es algo que no deberíamos olvidar sobre nosotros mismos.

-En tu novela le dices a Google, a quien te diriges, que tal vez no sería capaz de "ver", o sea, de registrar, una simple conversación entre dos personas, como la de tus protagonistas.

-Más bien quiero decir que no le interesaría hacerlo. No le interesaría, puesto que no puede rentabilizarlo.

-¿Cómo concibes a tus personajes? Son gente anónima, Olga y Mateo, de edades diferentes... que se relacionan durante todas estas páginas.

-Me alegra que subrayes que son de edades diferentes. A veces es algo que se pone en cuestión, y me parece absurdo. En nuestra sociedad nos podemos relacionar con cualquiera, no sólo con los de nuestra misma generación. Olga sale de otra novela que estaba escribiendo, y que no me convencía, porque la empecé a escribir demasiado pronto y tenía la sensación de que estaba repitiendo la anterior. Pero Olga ya era una matemática de cierta edad y la traje de allí. No sé cómo cree a Mateo, la verdad. No hay secreto (risas).

-Estos personajes van, vienen, hablan... Hay una cierta técnica de 'patchwork' aquí, de retazos de vida y de sintaxis... Me pregunto si te gusta reflejar el caos aparente de nuestras conversaciones.

-La invención es una forma de organización, venía a decir Graham Greene. Así que, al inventar, una va organizando. Lo que está ahí, lo que has aprendido, las frases que te han impactado... Todo. Ahora, siempre pido consejo. He hablado con matemáticos, me han ayudado mucho en esta novela. Pero tienes razón en lo que dices. Todo eso que sabemos, esa experiencia previa, se puede canalizar en una simple conversación...

-Me gusta la lucha soterrada de Olga y de Mateo, que están defendiendo su territorio humano. Sus creencias, sus certezas, sus inseguridades... eso que Google no podrá ver. Pero me ha interesado tu idea de la meritocracia. Pones en cuestión el mérito como fórmula, y dices que sólo sirve para establecer diferencias.

-Es una de las claves de la novela. Cuando se reivindica lo humano, se suele hacer desde el lado del mérito. Y yo quiero hacerlo desde el otro lado. No tenemos ningún mérito por ser humanos. Como vivimos en una sociedad muy desigual.... El mérito se juzga desde el poder, pretendiendo que la igualdad de oportunidades existe, lo cual es, por supuesto, un mito que debería haber desaparecido. Eso de que todo depende de tu esfuerzo no es cierto, precisamente por la cuestión de la igualdad. La desigualdad siempre es degradante, también para los privilegiados.