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Los gallegos y el puueblo celta

LUIS MIGUEL BUGALLO PAZ  | 04.12.2016 
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Los gallegos pertenecemos a un pueblo que parece casi perdido en la Historia. Sin poder nosotros, los que nos creemos celtas, y lo somos, apenas identificarnos con los mitos y las viejas leyendas que hablan de nuestro pasado.

Cuando se ve un mapa con la distribución de los asentamientos celtas se aprecia de inmediato que esas tribus cometieron un nefasto error histórico, que les iba a pesar: Al salir del nomadismo, sus tribus se fueron asentando en un territorio excesivamente amplio, y justo, y esto fue lo terrible, en lo que poco más tarde serían los límites de un gran Imperio naciente: Roma. Roma las masacró. Pero los héroes celtas fueron muchos y extraordinarios; baste recordar a Viriato, a Vercingetórix, a Espartaco, llevando éste último tras de sí a los míseros esclavos de toda Italia, una cohorte que llegó a ser formidable (bastante más de doscientas mil personas), que caminaron sin descanso hacia el norte con la esperanza de cruzar los Alpes y alcanzar, inútilmente, a los suyos, en las Galias, en Tracia, (Bulgaria). Es mejor dejar aquí esa que fue inmensa tragedia.

Se asentaron los celtas, por poner algunos ejemplos, en la Galilea de Palestina, en Bulgaria (Tracia), al norte de Italia (Milán, Bolonia), en el sur de Alemania (Los Boios de Bohemia), en gran parte de la Península Ibérica, en las Galias, en Gales, Irlanda y Escocia. Y aún soñaron en una tierra perdida en el Atlántico, que algunos llamaron la isla de San Barandán. Estoy por asegurar que es la misma ínsula Barataria que el bueno de don Quijote pensaba donar a su fiel escudero Sancho Panza. No debemos olvidar que por Lugo queda la sierra de Cervantes y las tierras de Sáa, lo que digo para los que deseen profundizar en la vida de don Miguel de Cervantes y Saavedra, o sea.

Cerrando esas tribus la expansión al Imperio Romano, sólo los "Pictos" o Pintados escoceses resistieron la presión brutal de Roma. Se pintaban el cuerpo, no como los jóvenes de hoy, que no lo pintan sino que lo decoran, untando de negro la cara para camuflarse y combatir, porque sus sacerdotes o druidas la pintaban de blanco. La palabra druida deriva de roble, árbol sagrado, como el muérdago. Fue tal el terror que los Pictos inspiraron a Roma, que se construyó el muro de Adriano, de ochenta kilómetros, de mar a mar, y con cinco metros de altura. Los Pictos, nombre que los romanos dieron a los duros soldados Caledonios, devolvieron a Roma todo su horror y su crueldad (la reina Boudila).

Me ocuparé un poco más de los Tracios. El emperador Constantino los tuvo en alta consideración, y los llamó, junto a otras legiones celtas, en defensa de Constantinopla, su capital. Convertidos en mercenarios de Roma, Constantino confiaba en los legionarios celtas, que no creían demasiado en la muerte, al tiempo que el Emperador convirtió al Cristianismo en religión única del Imperio. Yo considero relacionadas ambas cosas.

Creo que los Tracios Rojos, de los que me quiero ocupar, debieran llamarse Rubios, que en gallego es un color rojizo acastañado, (a vaca Rubia) pues louro es ya un color más dorado, amarillo (a vaca Marela). Interesa decirlo porque puede haber también vikingos en Galicia; o sea louros de verdad, y no sólo en Catoira, en donde nacerían, durante sus fiestas.

De Bulgaria y de los Tracios proceden dos mitos que yo quisiera reclamar como celtas, el hermoso mito de Orfeo y el de Dioniso. Deseo recuperarlos para nuestra historia, y a ver si acierto.

Y llego así a donde quería llegar, y acabo este ya largo prólogo. Porque hace tiempo vengo sospechando, sin saberlo con certeza, que mitos que se tienen por griegos, como los de Orfeo y Dioniso, son, en realidad, mitos celtas. Tenemos la necesidad, o yo la tengo, de recuperar lo nuestro, nada más y nada menos, en los antiguos mitos de la Grecia Antigua. Porque pertenecen a nuestro pasado, porque son mitos celtas. Fue muy frecuente en la antigüedad robar relatos históricos a otros pueblos cuando eran contundentes y hermosos.

Esto parece muy claro en el mito de Orfeo, quien, muerta su esposa por mordedura de víbora, la va a rescatar, cantando, acompañado de la lira, a los infiernos; o sea, a los lugares inferiores (inferus). Vuelve Eurídice a la vida, y va caminando detrás de Orfeo. Y él lo sabe. Pero, al mirar hacia atrás, al pasado, Eurídice desaparece, se disuelve, digamos, en las humedades de la luz.

Orfeo, por querer elevar de tono las fiestas dionisíacas, fue asesinado por las Ménades. Ya muerto, pasó a la Constelación de La Lira, que comunica, al parecer, lo visible y lo invisible.

La vuelta a la vida de Eurídice no puede ser mito griego en modo alguno, porque los griegos no creían en resurrecciones. Creyeron sobre todo en desventuras, en la fatalidad latina, a la que llamaron Moira, el poder soberano que rebatía la libertad de los dioses y de los hombres. A ambas sobrepasaba. Pero el hermoso mito de Orfeo es muy parecido al mito de los "aparecidos" de la Galicia profunda, que yo viví de niño, a "los fantasmas" de los castillos de Gales y Escocia, o al monstruo del lago Ness, que se ve y resulta luego que no se ve. Es decir, todo ello relatos genuinamente célticos, con esa permeabilidad increíble entre lo visible y lo invisible. Tan claro es como el agua. Los celtas como yo creemos sobre todo, casi tanto como los físicos actuales, en lo invisible. En lo demás creemos poco, sólo lo necesario, porque lo tenemos delante mismo de los ojos, y tanto da creer como descreer. Las creencias de los pueblos celtas fueron admirablemente resumidas por Oscar Wilde, que era irlandés de pura cepa, de Dublín: "Yo creo en todo con tal que sea increíble".

Ocupémonos del mito de Dioniso. Dioniso (o Dionisio, mejor para hacer el adjetivo) nació en Bulgaria, lo que se tiene por muy cierto, y es la figura central del maravilloso libro de Federico Nietzsche, "El origen de la Tragedia", que todo el mundo debiera leer, no el resto de la obra de este autor, que es abominable. Y mucho más que por razones que cita Borges, (contra el Eterno Retorno, que es imposible, y cita a Cantor y a su heroica "Teoría de los Conjuntos"), sino por cómo describe Nietzsche la moral, que es sin duda pensamiento nazi puro y duro, formulación exacta del dominio inhumano.

El famoso "Coro de Sátiros de la Tragedia Ática" no estaba formado por griegos, evidentemente. A Dioniso, que era de Tracia, no griego, se le representaba (y aquí ya advertimos la fantasía céltica) sobre mulo intifálico, con mujeres o ménades, y efebos también, panteras y serpientes. Se cubría con ramas de hiedras y llevaba en la mano un tirso o ramo florido de hinojos. Es éste un dibujo o bajorrelieve plásticamente maravilloso, que no conoció Camilo Otero. Para los sátiros de la Tragedia Ática, Raúl del Pozo usa la palabra pollón, que yo prefiero llamar, siguiendo a Vázquez Montalbán, atletas sexuales, "esos que, como los comunistas y los curas, nunca dejan de ser lo que son". El mulo de Dioniso tenía la facultad de hablar, y lo hacía con un pollón, de cuerpo contrahecho, llamado Príapo; acaso fuesen semejantes a él todos los sátiros de la Tragedia Ática. Raúl del Pozo dice de ellos que "eran divinidades rústicas que los griegos no tallaron en mármol sino en troncos de encina, y los ponían en los campos como espanta pájaros". Pero Federico Nietsche canta alabanzas de estos personajes que representaban, dice, "la imagen originaria del nombre, la cifra de sus emociones más poderosas".

En las orgías dionisíacas, la droga utilizada, como escribió Plutarco, el historiador griego nacionalizado romano, era la hiedra, de sabor muy amargo, que se mezclaría con vino y se anisaría con hinojos, única forma de tragar semejante pócima. De los sátiros se admiraba su fuerza germinal, digámoslo así.

Sería interesante incorporar esas antiguas leyendas a la nuestras de los "aparecidos" y la "Santa Compaña". Podríamos hablar de nuestros "mitos clásicos" al tiempo de beber los afamados "viños do Ribeiro, ou os Mencía, ou aqueloutros Albariños das Rías Baixas". E paro, que haille aquí moita tea por desfiar.

Recordemos nuestros "mitos clásico", y entonemos entonces para celebrarlo nuestro precioso himno, junto a los rumorosos, las gaitas y los afamados poetas.

(*) El autor es escritor