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Nuestra Frida

JUAN RAPOSO   | 01.10.2017 
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Acabo de llegar de Ciudad de México, y he padecido el terremoto que ha asolado dicho país y que ha sacado a la luz, como suele acontecer en situaciones extremas, lo mejor, en la mayoría de los casos, y lo peor, lamentablemente en otros, de un pueblo, como el mexicano, orgulloso de su identidad, y que ha soportado el esfuerzo de las tareas de salvamento de los afectados, revelando y sacando a la luz la solidaridad, el esfuerzo y el altruismo de los vecinos de los barrios, de los médicos, de los maestros, y en fin, de toda la sociedad civil mexicana.

El terremoto se ha generado no, como suele ser habitual en la zona, por subducción, esto es por el choque entre dos grandes placas tectónicas, en este caso, la del Pacífico y la continental, sino por el hundimiento de una subplaca, la de Cocos. La terrible convulsión geológica ha tenido un trágico epicentro, el Colegio Enrique Rébsamen, en el que murieron numerosos escolares, y que focalizó la atención del país durante 36 horas en el rescate de la niña Frida. Los "rescatistas", los altos responsables de la Marina Armada mexicana que coordinaban las tareas de rescate, los periodistas de las más afamadas cadenas, todos se hacían eco de la situación, y transmitían información acerca de supuestas conversaciones, estado de la niña, ubicación con otros compañeros, e inminencia del rescate, con un grado de exactitud y verosimilitud que hacían que todo el país pusiese todo su anhelo y esperanza en la inminencia del rescate. Rescate que jamás se produjo, por la simple y asombrosa razón de que no existía ninguna Frida.

 


Pues bien, al volver a mi país me encuentro con otro terremoto, de no menor intensidad, no cuantificable en la escala de Richter, y que sugiere brutales desgarros de nuestra tierra. Me refiero a la cuestión catalana. Y encuentro, por extraño que parezca, ciertos paralelismos con el de México. También aquí es una parte la que genera la convulsión, y amenaza la quiebra de la totalidad del territorio. También aquí aparece un elemento que es determinante y centra todos los focos del debate. Me refiero al derecho de voto, al derecho democrático de participación, a la apelación a las urnas como fundamento de la pretensión de quienes pretenden la secesión, ante lo cual sólo cabe postrarse y rendirse sin tan siquiera discutir. Cual balones envenenados sobre la portería rival, algunos gritan que no se trata de independencia, sino de democracia. Y nos hablan del derecho internacional, y nos dan a todos ejemplos y lecciones de democracia.

 


Pues bien, si analizamos tal supuesto derecho vemos que sólo existe en la mente de quienes lo invocan, que sólo en los textos de las Resoluciones de las Naciones Unidas (como la resolución 2625 (XXV), de 24 de octubre de 1970 aprobada para reforzar el arreglo pacífico de controversias entre Estados y el fin del colonialismo, o la Resolución 2625), y en determinados Tratados Internacionales cabe tal reconocimiento, pero eso sí, sólo y exclusivamente referido a minorías étnicas o a minorías amenazadas, entre las que no parece posible situar, ni con los más denodados esfuerzos intelectuales e imaginativos , al pueblo catalán. Y se habla de Canadá y Escocia, sabiendo que en la primera se pactó expresamente entre la Federación y Quebec la celebración de los dos referéndum celebrados, y se exigía una mayoría clara para admitir la secesión; y se invoca Escocia, cuando la realidad es totalmente diferente, al tratarse de un reino independiente que se une a la Gran Bretaña en 1603, con Jaime VI al morir sin descendencia Isabel I, y posteriormente en 1707 a través de la Union Act. El proceso de autogobierno escocés ha consistido en la paulatina devolución (devolution) de los antiguos poderes, lo que en modo alguno es equiparable al caso catalán.

 


Y, simplemente, se miente a sabiendas, cuando se dice que un país que ha realizado un acto de secesión sigue asumiendo y siendo parte de los Tratados que suscribió cuando formaba una unidad con su Estado matriz, cuando eso supondría una violación del Convenio de Viena de 1978 sobre Sucesión de Estados en materia de tratados, que distingue entre separación (Chequia y Eslovaquia), y disgregación, como acontecería en este caso. Y se vuelve a mentir al decir que la parte segregada (la futura República Catalana), formaría automáticamente parte de la Unión Europea, cuando el artículo 49 de su Tratado Constitutivo exige, expresamente, la unanimidad de tal aceptación por todos los Estados miembros (incluido lógicamente España).

 


Y se obvian Sentencias como la del Tribunal Supremo de Estados Unidos, en el caso Texas v. White de 1869 (74 U.S. 700), que sentó el principio de la indisolubilidad de la Unión al decir que: "... cuando Texas se hizo uno de los Estados Unidos, entró en un vínculo indisoluble. ... La unión entre Texas y los otros Estados fue tan completa, tan perpetua y tan indisoluble como la unión entre los [trece] Estados primitivos. No quedó espacio para reconsideraciones o revocaciones, excepto mediante la revolución o el consentimiento de los [demás] Estados."

 


Porque el derecho de autodeterminación de una parte de un Estado democrático, es sólo otra Frida. Simplemente ni se reconoce, ni existe, al margen de los concretos supuestos indicados, que no son aplicables a un Estado occidental, europeo, democrático, sin minorías étnicas, sin minorías perseguidas.

Lo que si existe es la convulsión social, el terremoto constitucional. Lo que si hay es el desgarro entre los habitantes de lo que desde hace siglos se ha llamado España. Lo que hoy nos encontramos, y es preciso afrontarlo, es la quiebra total del espíritu de la transición y el fracaso de la Constitución de 1978 como marco de convivencia. No existe, ha desaparecido, cuarenta años después de su promulgación, en muchos ámbitos del territorio, entre muchos de los ciudadanos, la idea de España como proyecto común y de futuro. La España que surgió en el 1978 como un proyecto de libertad, de democracia, de progreso es, desgraciadamente, para muchos, simplemente un crepúsculo, otra Frida.

 


No sé lo que pasará el 1 de octubre. Creo que los que juegan a ser aprendices de brujo, los que han abierto la caja de Pandora, tampoco. Y no deberían de olvidar los peligros que tal actitud supone. Sólo queda, de forma inmediata, que el imperio de la ley, de la democracia, de la Constitución, sea protegido y tutelado, y se garantice por el Gobierno. Y más allá del día señalado para la consulta, es preciso, es imprescindible, generar una nueva ilusión en la idea de España, sin miedo, sin titubeos, como patria común de todos.

 


Nos hablaba Don Pio Baroja (la reconquista del patriotismo), de la imposibilidad de señalar con sentido profético si detrás del crepúsculo del patriotismo español viene la noche o viene la aurora. Por el bien de todos esperemos que esta última sea la que finalmente nos ilumine.