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Francisco Robles: "la españa de hoy ya estaba en el siglo XIX"

Francisco Robles ofrece en 'La maldición de los Montpensier' una visión de la llamada corte chica, que, desde el palacio de San Telmo de Sevilla, se quedó a las puertas de traer la modernidad

Francisco Robles - FOTO: Ramón Escuredo
Francisco Robles - FOTO: Ramón Escuredo

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ   | 19.02.2017 
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Esta es, sin duda, una novela de fuerte contenido histórico. Leer La maldición de los Montpensier (Algaida), último premio de literatura Solar de Samaniego, ayuda a comprender muchas cosas de ese siglo quizás no suficientemente conocido: el siglo XIX. Un siglo, dice su autor, que explica mucho de los que somos y de la historia contemporánea.

Es fácil de detectar el entusiasmo de Robles por la historia de Sevilla. Aquí se cuenta, con gran detalle y con no poco suspense, cómo fue aquella otra corte española, la de San Telmo, un palacio que hoy acoge la Junta de Andalucía. "A veces me arrepiento de haberme metido tan a fondo con la historia mi ciudad... Vienes a Santiago y te oxigenas un poco. Santiago tiene en común con Sevilla que son estéticamente insuperables, pero que, además tienen una carga histórica irreversible. Santiago, como Sevilla, es inagotable", explica Robles.

Le digo que su novela se atreve con una historia compleja, intrincada, apasionante. La formación en Sevilla de la llamada Corte Chica. La hermana de Isabel II y Antonio de Orleáns van a formar una corte B, digámosolo así, que producirá un cambio muy profundo en Sevilla. "Nunca les reconocieron, ni siquiera en vida, el enorme avance que supuso su presencia. Pero fue también un cambio para España. Por primera vez en el XIX hay dos cortes: la oficial, la corte de los milagros de Isabel II, sus confesores, sus espadones, todo ello muy valleinclanesco, y como contraposición la corte de Sevilla, totalmente distinta". Aquí Robles explica las razones por las que la llamada Corte Chica acaba en Sevilla. Antonio de Orleans y María Luisa, después de casarse se van a vivir a Francia, pero en el 48, el año de la revolución, cae la monarquía de Luis Felipe, y tienen que huir a Inglaterra. La reina Victoria no los quiere ni ver. Recalan en Madrid, pero Isabel II recela mucho de su cuñado, porque sabe que es un conspirador. Los mandan a Sevilla, donde, como no había tren, el paso de Despeñaperros suponía una frontera natural. "Esa corte va a marcar la historia de la ciudad de Sevilla", afirma Robles sin rodeos. "En realidad, con esas dos cortes, la de Sevilla y la de Madrid, comienza la gran división de España. Todas las ideologías estaban ya en el XIX: el cantonalismo, los nacionalismos, los que llaman populistas, los liberales, los conservadores, los socialistas... En eso no hemos avanzado. Los franceses decían de España que es un país muy capaz de hacer insurrecciones, pero nunca revoluciones. Es una frase que me encanta. "El español es como una cerilla en política: se quema rápido, y se apaga. Y los Montpensier fueron la gran alternativa a la España oficial. Consiguieron derrotar a Isabel II en la Gloriosa, como es sabido, en 1868, pero no pasaron de ahí. Se les atravesó Prim por el medio", dice Robles, que ve en esa derrota de los Orleans una pérdida de la modernidad que nos ha lastrado sin remedio.

Narra Robles con gran crudeza la pobreza y la desigualdad de entonces en Sevilla. Y narra también la gran diferencia entre la infanta y su marido. "Antonio de Orleans era un tipo práctico, interesado en la técnica, en la agricultura. Un volteriano racionalista. Introdujo grandes avances en las fincas que tenían. Pero ella era muy religiosa, le gustaba cantar, tocar las castañuelas... Ella era muy castiza, sí, y ayudaba mucho a la gente", cuenta. "El duque lo hacía todo para ganarse el favor del pueblo, incluyendo su apoyo a las cofradías de Semana Santa". Robles pinta aquí una Sevilla que ya no es la de los años de las Américas, cuando era la puerta de las Indias. La miseria se ha extendido. El palacio de San Telmo se había construido como Universidad de navegantes, por ejemplo. Sevilla era la Nueva York del siglo XVI. Pero en el XIX es un pastiche, y vive de sí misma. Y así, los Montpensier logran que Sevilla sea una ciudad turística. "Prim incumplió su palabra con Antonio de Orleans. Deja a Montpensier fuera, porque sabe que Montpensier hubiera sido rey consorte. Comienza la enemistad y Prim es asesinado. Y ahí ya se desatan las guerras intestinas y se pierde así la modernidad y el futuro". Y es que Robles tiene claro que todo fue un gran disparate. "Creo que los españoles están incapacitados para ceder. Creen que ceder es claudicar. Cuando hemos cedido, pero todos, la cosa ha funcionado: como en la Transición. En el XIX no hay alternancia, sólo se echaban unos a otros. Se turnaban porque no eran capaces de aliarse. Así que de ahí vienen todos nuestros males", remata Robles.