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La feliz emigración de benitiño de alvarellos

Benito Blanco quiere ser enterrado en el cementerio Porteño de la Chacarita, pero nunca ha olvidado su aldea de Lalín a pesar de haberse convertido en el único gallego que levantó un imperio en Argentina gracias al petróleo. A sus 84 años, no ha abandonado su intensa actividad y no ceja en su afán de tender puentes entre sus dos patrias

La pareja formada por Mariana Vicat y Benito Blanco, junto a varios invitados a la celebración del medio siglo de vida de la Enxebre Orde da Vieira. A la izquierda, Antonio Rodríguez Miranda y Nava Castro - FOTO: FERNANDO BLANCO
La pareja formada por Mariana Vicat y Benito Blanco, junto a varios invitados a la celebración del medio siglo de vida de la Enxebre Orde da Vieira. A la izquierda, Antonio Rodríguez Miranda y Nava Castro - FOTO: FERNANDO BLANCO

SALETA MALLO   | 12.03.2017 
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Benito Blanco Álvarez nació en Alfonselle (Lalín) el 2 de agosto de 1931. Su madre, María, la huevera vendía sus productos en ferias regionales; su padre, Amancio, era componedor, "un sabio gallego de Quintela, el lugar de la robleda más antigua... que tal vez haya sido testigo de algún conjuro druídico. ¿Por qué no? Solo Galicia sabe si los celtas peinaron sus vientos entre rumorosas carballeiras", señalaba hace unos días en Santiago el propio Benito. Aquel Benitiño que llevaba las vacas a pastar, que no podía ir todos los días al colegio porque tenía que ayudar en casa o que fue juntando calderillas para comprarse unos zapatos de piel porque los zuecos eran muy pesados para correr.

No pensaba Benitiño en la emigración, pero, con diecinueve años, se embarcó en el buque Cabo de Hornos en respuesta a la carta de una tía residente en Buenos Aires que solicitaba la presencia allí de algún sobrino. Movido por su curiosidad y el deseo de probar fortuna, fue él quien se ofreció. Y no lo hizo con una mano delante y otra detrás, como tan común era entre quienes cruzaban el charco buscando hacer las Américas, sino que llevó con él cincuenta mil pesetas. Las había reunido peso a peso desde que empezó a trabajar a los doce años y eran entonces una pequeña fortuna.

Benito Blanco llegó a Buenos Aires en 1952, el año en que Perón formó su segundo Gobierno, para iniciar una trayectoria profesional y personal fructífera y feliz. "A los veinte años me reinventé y descubrí que el mundo era mucho más amplio", sentencia. A orillas del Plata, se le abrían un sinfín de oportunidades y supo aprovecharlas para ir forjando su actual perfil de empresario de éxito, mecenas cultural y embajador con paciencia y tesón. El primer peldaño que subió Benito una vez establecido en la capital porteña fue emplearse como lavacopas en un bar de la Avenida de Mayo. Con el tiempo, abrió una agencia de tramitaciones, en sociedad con Longueira y Longueira. Y dio después el gran paso: se metió en el campo de la minería, invitado por un amigo de Lalín, que lo llevó a ver unas minas de bentonita en Río Negro. Se ilusionó tanto que, en menos de un año, invirtió lo que tenía en el negocio. Lo malo es que... lo perdió todo. Pero su fe en la empresa y su capacidad como emprendedor pudieron más que las adversidades. Así fue como con la ayuda de los Longueira volvió a crear una compañía, Minera Patagónica S.A., que, con una facturación mensual de más de tres mil toneladas, se convirtió en la más importante de Argentina en el sector de la bentonita, una arcilla de grano muy fino utilizada en cerámica y que, mezclada con agua, resulta imprescindible para fabricar lodos de perforación.

FERNANDO BLANCO
Benito Blanco, derecha, charlando animadamente con Alberto Núñez Feijóo a principios de mes
FOTO: FERNANDO BLANCO

Vendrían luego otras empresas antes de la creación en 1973 de la Compañía Minera del Lago. Con ella entró en el sector del petróleo en años de efervescencia coincidentes con la celebración del Mundial de Fútbol. Lo hizo después de llevar a cabo toda una hazaña con el control de un pozo muy peligroso. Exponiéndose a un accidente grave, le inyectó mil seiscientas toneladas de aditivos y pasó seis días sin comer y sin dormir. Era el principio de la leyenda que le llevó a ser considerado como el Rey del Petróleo.

Dedicada a la ingeniería de inyección de lodo en pozos petrolíferos, la Compañía Minera del Lago se convirtió en el principal abastecedor de Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF), por aquella época monopolio público de la extracción de crudo en Argentina y en la actualidad la filial más potente de Repsol.

Los contratos con YPF le permitieron a Benito Blanco diversificar sus negocios. Así fue como en 1982 se hizo con 21.000 hectáreas en la provincia de Río Negro para introducirse en el sector de la horticultura. Un canal de riego de cinco kilómetros, otros diez secundarios y 250 compuertas de hierro, hicieron posible convertir aquel terreno árido en prados verdes como los gallegos, tal y como deseaba, y, por ende, alcanzar una producción de 6,5 millones de kilos de tomates y 450.000 fardos de alfalfa por temporada.

Sin perder nunca su vinculación con Galicia, a donde viaja dos o tres veces al año, Benito Blanco está muy orgulloso de haber invertido también en su tierra de origen. Primero, y de la mano del entonces alcalde de Lalín, Xosé Cuiña, participó en proyectos inmobiliarios en la capital dezana. Y después, invirtió, hasta 2.800 millones de pesetas, en Polipropileno de Galicia (Poligal), empresa que tenía como finalidad producir compomentes plásticos en el polígono naronés de A Gándara en aras a lograr el autoabastecimiento del mercado español.

Pero la intensa biografía de Benito Blanco como emigrante de éxito se queda coja si nos limitamos a señalar sus proezas como emprendedor sin resaltar que es miembro y colaborador de numerosas entidades, que ha participado en incontables proyectos sociales y culturales o que ha desarrollado, y desarrolla todavía, una ingente labor encaminada a tender puentes entre Galicia y Argentina, entre Europa y Latinoamérica, en muy diferentes ámbitos.

Así, el nombre de este lalinense emprendedor está vinculado a la Cámara Argentina de la Mediana Empresa, la Federación de Comercio de Buenos Aires, la Federación de Sociedades Españolas, el Club Español, la Federación Argentina de Colectividades o la Asociación Amigos de la Avenida de Mayo.

Justamente, en el número 1.194 de la Avenida de Mayo fueron colocadas dos placas en honor a Benito Blanco el año pasado. Una se la dedicaron sus amigos y la otra recuerda que fue en ese lugar en donde comenzó su periplo argentino. Trabajando como camarero en el bar que le brindó una de sus primeras alegrías porteñas: conocer al popular cantante Pedrito Rico. Este iba a actuar en el Teatro Avenida, el mismo que, años después, el propio Benito contribuiría a recuperar tras un incendio y que hoy en día, declarado como Sitio de Interés Cultural, es uno de los grandes iconos de la vía.

Por la Avenida de Mayo encaminó sus pasos Benito Blanco durante más de sesenta años para dirigirse a las oficinas de sus empresas en el Palacio Barolo, al propio Teatro Avenida o a alguno de los locales de hostelería que fundó y mantuvo hasta no hace mucho. Mítica arteria portense forjada con los proyectos de los emigrantes españoles, quedó hermanada con la Gran Vía madrileña en 2012 precisamente por iniciativa del empresario gallego.

Benito Blanco fue, además, impulsor del viaje inaugural al extranjero del primer presidente argentino tras la dictadura. Raúl Alfonsín vino en el año 1984 a Galicia para visitar la aldea de Ribadumia en la que nacieron sus abuelos. Estos emigraron y se establecieron en la localidad de Chascomús, ubicada a unos cien kilómetros de Buenos Aires y hermanada con Lalín en 1988. Efectivamente, también gracias a una iniciativa de de Blanco y otros dos paisanos suyos: Marcial Sánchez y José Luis López Garra.

En el currículo del mecenas lalinense figura además la restauracion del avión Plus Ultra, aquel con el que otro gallego, Ramón Franco, consiguió cruzar por primera vez al Atlántico realizando el primer vuelo entre España y Argentina. "Blanco contrató a un ingeniero naval, un carpintero y siete peones para desarmar la aeronave. Luego lo embalaron pieza por pieza y, a continuación, un camión de dieciocho metros de largo, que Blanco hizo venir desde una de sus bases mineras en Comodoro Ribadavia, y previo permiso de Vialidad Nacional, transportó el aparato al aeropuerto de Ezeiza. De allí fue trasladado a España en un avión de Iberia", nos cuenta su biografía. Titulada De Lalín a Buenos Aires. Benito Blanco, un gallego emprendedor y firmada por su mujer, la escritora, periodista, editora y directora de Abey Ediciones Mariana Vicat, la obra fue presentada en 2010 tanto en Galicia como en Buenos Aires. Los beneficios de las ventas se destinaron a Unicef y fue declarada de Interés Cultural por la Comisión de Cultura de la Honorable Cámara de Diputados de la Nación.

Toda esta intensa actividad empresarial, social y cultural, unida a la de mecenazgo, le ha reportado a Benito Blanco, además de satisfacciones, un gran número de reconocimientos. Entre otras distinciones, recibió del rey Juan Carlos I la Encomienda de la Orden del Mérito Civil (1984), fue nombrado Hijo Predilecto de Lalín (1986), es cofrade de la Enxebre Orde da Vieira (1990), tiene en su haber la Medalla de la Hispanidad (2012) o fue nombrado Caballero de la Muy Honorable Cofradía Internacional de Don Quijote (2014).

Asimismo, Benito Blanco fue declarado el pasado año 2016 Personalidad destaca de la Cultura por la Legislatura porteña. Al respecto, cabe destacar su impulso al proyecto Intergración Cultural Compostelana-Porteña, cuyo objetivo es "galleguizar Buenos Aires y porteñizar Galicia" y que tuvo un papel muy destacado en la organización de la 42.ª Feria del Libro de Buenos Aires, en la que Santiago fue la ciudad invitada. Además, Benito Blanco encabezó una delegación que visitó España y Galicia con el objetivo de tender puentes de intercambio cultural, pero también comercial. Para ello, se entrevistó con personalidades de distintos ámbitos entre las que se encontraron el conselleiro de Cultura, Román Rodríguez; el rector de la Universidade de Santiago, Juan Viaño; o el presidente de la Cámara de Comercio compostelana, Jesús Asorey. Dedicado en cuerpo y alma a esta labor de embajador de sus dos patrias, la gallega y la argentina, Benito Blanco asumió hace apenas un mes, el 1 de febrero, y a sus 84 años, la presidencia del Club Europeo de Argentina, fundado en 2003 e integrado por clubes de España, Alemania, Francia, Suecia, Dinamarca, Italia, Holanda, Bélgica, Austria, Hungría o Polonia. Estrenándose en sus nuevas atribuciones, y tras visitar Galicia y pasar por Madrid para participar en los actos del cincuenta aniversario de la Enxebre Orde da Vieira, visitó esta misma semana Bruselas. Allí, en el Parlamento Europeo, fue recibido por un numeroso grupo de eurodiputados.