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tribuna libre

España de mis amores

BEGOÑA PEÑAMARÍA  | 04.12.2016 
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Vivimos en un pequeño fragmento de lo que se supone es una gran nación. Un país civilizado y que forma parte del, quizás, mal llamado primer mundo... Y lo pongo en duda principalmente por dos grandes razones: la corrupción desmedida por parte de muchos de sus dirigentes y la apatía o la disculpa que proviene de una buena parte de españolitos testigos de un sinfín de actos indecentes.

No está todo perdido, pero para que España llegue a convertirse en el gran país que lo considera el setenta por ciento de sus ciudadanos y el treinta por ciento de los habitantes de sus países aliados; tendrían que cambiar muchas cosas..., como por ejemplo, que las autoridades pertinentes se parasen a proteger nuestros intereses cerrando puertas a las empresas de telefonía que ofrecen los servicios más caros de Europa y los de peor calidad..., o que el salario mínimo de un trabajador no fuera la sexta parte que el de un diputado... Y, por seguir hablando de todo un poco, tampoco estaría mal que los profesores ganaran algo más que los concejales de fiestas de los ayuntamientos de cuarta, o que los diputados tuvieran que cotizar a la seguridad social los mismos años que el resto de los mortales para cobrar la pensión máxima...

Desde mi punto de vista, lo más increíble de este bello país de opereta y posiblemente la causa de una buena parte de sus males, radica en que a su clase dirigente no se le exige superar una prueba cultural o intelectual para llevar a cabo su cargo... Y yo no dejo de preguntarme por qué este colectivo goza de bula cuando al resto de los españoles se les exige cualificación académica para desempeñar prácticas que, muchas veces, conllevan una responsabilidad bastante menor que la que los gobernantes tienen entre manos.

Sean cuales sean los colores que nos guíen, todos los políticos se benefician de un modo u otro de una serie de derechos que se han auto regalado y que casi ninguno tiene el más mínimo interés en hacer que cambien... Es la pescadilla que se muerde la cola...

Porque, como dice el refrán tan español como sus gobernantes: quien hizo la ley, hizo la trampa... En definitiva, somos súbditos de un país rico en unos recursos infrautilizados y en una picaresca utilizada hasta la saciedad... Vivimos en España... No nos queda más remedio..., o quizás sí... Pero en cualquier caso, a la mayoría de sus pobladores nos encantaría tener la satisfacción de ver cómo los que mandan se afanan en proteger nuestros derechos, en lugar de los suyos propios o los de la banca.

(*) La autora es diseñadora