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EN LA MUERTE DE HUGH THOMAS

En una España Lorca, enterrada en sangre y arena

ALBERTO BARCALA  | 21.05.2017 
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España tuvo la suerte de Velázquez, de Zurbarán, de Murillo, de Goya, de Picasso. El nuestro es un país de pintacristos geniales y toreros rijosos, de meninas y curas falderos, donjuanes y celestinas, y también de ambiciones contables. Cálida tierra de poetas, como Bécquer, los Machado, Cernuda o Hierro, y de guerras hechas para novelar dolores de hermanos heridos, o muertos, enemigos casuales del mismo dolor que se autoprovocan.

 España, una Historia que se cuenta como un cuento, con 27 letras, y que se vive siempre, en las tabernas, como si todo hubiese ocurrido ayer. Galdós atento, a pie de imprenta, para narrar las gestas a su manera. Larra en la calle para describir el suicidio de cada día. Hugh Thomas, con perspectiva distante, para desgranar la Guerra Civil. Darío Villanueva y sus Académicos actualizando el diccionario, con Guillermo Rojo, por si se escapa una palabra del pueblo.

De las locas hazañas se encargó Cervantes, con lugar sin nombre ni mancha, manco como Valle Inclán, esperpento carlista desuelado. De los sueños se rió Quevedo y los cantó Calderón. Literatura para un país de valientes gobernados por un militar reducido, un soldado de los generales y gallegos, crecido bajo palio, como el Señor manda, omnipotente, enredado en collares y arrimado de sayas. Astuto, austero y ahora ausente, por la gracia Dios y de los que pretenden renovar el Movimiento sus restos caídos. “Al pudridero, al pudridero”, gritaran algunos. España de sello, moneda y timbre, de abonos aristocráticos en forma de óbolos, monarcas con bolsillos secretos, propinas irreferenciadas por Hacienda, recursos casi de circo o de feria, como en las que de los cuernos se encargaban los lalandas, los manoletes, entre imposibles citas de Rafael “El Gallo”, o ranas del Cordobés, en la cátedra del toreo o en las Ventas. Casi todo cabría en El Escorial, quemado a la parrilla.

 Todo parece toro, o paella, o bajo el sol, o pasodoble, o todopoderosos señores, caciques con derecho de pernada. Charanga, pandereta y tópicos. Todo aparenta coplas de cantantes o danzares de folclóricas, flores esenciales, o bailadores; de señoritos de capa de cebolla, que llora en Nana por Hernández, y espada, como la del Cid de Menéndez y Pidal.

España aloque, diversión enmarcada sobre fondo azul, donde un clavel es una rosa despeinada. Cardenales rojos; marquesa rojas, nunca coloradas; sangre y arena, como para que las bravas reses reaccionen y corran tras los rojos atavíos sobre blanco de las San Fermines, y los cornudos sientan pena de no ser ellos los que empitonen a los queridos de sus mujeres. Crímenes pasionales para Margarita Landi, para publicar en El Caso de roja cabecera, que ya no existe, como tampoco se conserva la camisa azul de Eugenio Suárez, su editor.

Señoras hermosas, morenas, de ojos de sabiduría, madres y cármenes cigarreras, arreboladas. En todo mejores que las invasoras suecas sesenteras. Señores machos y olé. Entremedias divertidos. Tolerancia imprecisa.

Una España Lorca, enterrada de sí misma, en una cuneta eterna, trentaisesina, como víctima de un pecado mortal ensimismado en la que yacen Séneca, Marcial Averroes, Maimónides, Viriato... Algún día seremos libres, como en 1812, o nos descubriremos a nosotros mismos en taparrabos en Atapuerca, con ayuda de algún genovés despistado de cuartos y ansioso de haberes coloniales, y volveremos a pintar en Altamira, para recomenzar a sabernos españoles y humanos, y entender que para querer a España hay que saborearse, saberse y leer en Córdoba o en Granada a los árabes con su alfabeto, su palabras. Hay que hacerlo sin miedos, como si fuésemos nosotros mismos tras ochocientos años de genéticas cruzadas. Tenemos que rehistoriarnos para no expulsar a los judíos, o para dejar de que otros inventen por nosotros lo que ya sabíamos. O simplemente para dejar de renegarnos.

San Juan de la Cruz, Unamuno, Ortega y Gasset, Madariaga, Severo Ochoa y tantos otros, quizás se hayan ido para volver un día a reiventarnos una España en la que quepan catalanes, vascos, andaluces, gallegos... Cuantos conforman esa cultura universal y mestiza, romana, gitana, celta... que resbala en aceite de jamón ibérico o ensalza a los Príncipes de Asturias premiando a los mejores, a Nélida Piñón, hija de la emigración tan española como el exilio.  Requiebro de libertades inspiradas en leyes inmaduras, infecundas pero intencionales, dirigidas para llegar a Suiza disfrazados de monjas o de caimanes. La calle es nuestra y de los guiris cerveceros arrojados en nuestras playas.
 
Reino republicano de pasionales y Pasionaria, roja de roja mujer, de azañas y funcionarios. Somos Rosalía de Castro, y somos también el más machista de los países consagrados a María. Somos rosario de zambranos, un poco burros por Platero, rosas corregidas hasta la saciedad por Juan Ramón Jiménez, zenobias somos de saberes enaltecidos con Vicente Risco hasta las estrellas de Tagore. Somos levitables como teresas, somos agerridos para defender imperios que nunca nos pertenecieron sólo por intentar que el sol no se pusiese nunca, mareados como estábamos de voltear mundos en busca de aventuras con elcanos; con porqueros que anunciaron culturas, mundos y mares. Borgias de papadas inmensas y orgías mundiales. Arqueólogos espadachines que semillaron palabras que crecieron inspiradas para censurar los propios desmanes.

Cuánta Historia, grande, mayúscula como los errores, incandescente, usurpadora, pero enorme. Cuántos tesoros conquistamos para los banqueros alemanes e italianos, los piratas ingleses, los soldados francesas, los comerciantes holandeses... Como si no bastaran los nativos para esquilmar bienes y aprecios. Cuánta cultura desparramada de eñes hemos regalado al mundo. También cuánto arte en piedra de Mateo o Gaudí elevada al cielo, o enmarcada en reales colecciones de pintura y otros menesteres quevedescos de calderones con barca para navegar tinteros, o en hermosos libros de la Escula de Traductores del gran Alfonso X El Sabio.

En qué manera esfuerzos para labrar tierras, avanzar mares, y gozar de cereales y vinos y pescados. Un español bebe la vida, la festeja en la vianda y la rebaña con pan, mientras la Historia se ahoga en los humos de La Habana, en añoranzas bonaerenses, casi tangables, en ignorancia intencionada o analfabeta, fruto de escuelas insuficientes y de maestros brillantes. La inteligencia nos salva, la intuición y la fuerza nos redimen, los pocos sabios nos disculpan y nos visten de Zara o Desigual. Amancio bendito, Ortega del corte español.

Somos de la estirpe de los pueblos nómadas, vinimos de la fábrica genética africana, que casi besamos con nuestro Giblartar inglés, que queremos en Melilla y Ceuta, que protectoramos y que dejamos ir en verde, no rojo, como en un reloj de arena que se fundió un imperio. De Europa nos separan los Pirineos, la Revolución francesa, la Ilustración. Nos perdimos lo mejor de nosotros mismos a cambio del mal negocio de las guerras, y encontramos clientes para venderles sol a precio de saldo.
 A América nos vinculan el Atlántico y la sangre, roja hermana, el saber de mares portugués, la suerte de saber gritar “¡Tierra!” al otear una especie de China prolongada.

Al otro lado, desde siempre,  el Mediterráneo fenicio, griego, romano, el mar de Serrat, parte de nuestra dieta cultural y alimenticia.
Más allá, Plus Ultra, Filipinas, olvidada y triste, como los últimos.

Entre los unos y los otros, nos sometimos al romano, le ganamos al turco, convertimos a indígenas, nos venció el inglés y la tormenta, expulsamos a judíos, vencimos a los franceses, nos gobernaron reyes alemanes, monarcas enfermos de sí mimos, locos de amor, napoleones, traidores, foráneos enjambres de austriacos y borbones, que resultaron ser más españoles que nosotros mismos, y a los que el pueblo abanicó con vaivenes de inelegantes peinetas, al albur de intereses de asesores foráneos, bárbaros. Somos transición de un régimen de cuarenta años de posguerra y de siglos de alternancias.

Conquistamos al Greco y al Bosco, parimos a Miró, nos bañamos con Sorolla, toleramos a Dalí con su galas de loco y su tiempo derretido en franquismo. Somos románicos, barrocos en lo político, neoclásicos de tapa y caña, pero sobre todo somos barro místico cantado al son de guitarras, desamortizados ya de miedos inquisitoriales, presumimos de ser anticlericales descreídos, lo fuimos en verdad de procesión y cirio ante los grises.

España, lotera y aquinielada, un país ahíto de fútbol, baraja y pan. Ciudadanos seguidores de santanas, angelesnieto, ocañas, induraíns, sánchesvicarios, nadales, gasoles, alonsos o iniestas, individuales de moto, raqueta clasista, bicicletas y balón, hasta que se pudo beber en la Copa del Mundo, de la roja. El que resiste, como Cela, gana el Nobel, al parchís y una marina, para yates del petroleo o de rusos indescifrables, o un mundial sudafricano, al mus, o al tute.

Vengan hijos de San Luis, vengan moros por el Camino de Santiago. Vengan molinos o vientos, incluidas las tramontanas de Plá. Vengan crisis. Vengan nuevos filibusteros. Venganza y desconfianza. Unidas las disensiones, nos venceremos a nosotros mismos; al menos en orgullo somos valientes, y ahora modernos, y universitarios por el mundo, y arrojados, y románticos empedernidos, latinos en fin del uno al otro confín, con un Espronceda y con cien cañones por banda. Claro que enfrente hay más bandas y más cañones.

En España, dicen algunos, se vive en el Paraíso, al menos esos algunos. Felicidad tragicómica la nuestra, de garcías y martínez enlutados, de taxi negro y franja roja. Zaragatera pero no triste, de sangre y arena, de marquesas y marujas, de baúles mundo de la Píquer y de maletas de cartón. España rojigualda, dividida en dos o en diecisiete, pero hermana. El odio es clasista, mutuo y mata sin remordimiento, como el cotilleo televisivo o los lunch de canapé y diplomacia exenta de remordimiento, con música de Falla o de Rodrigo. Un país de zarzuela y buena voz de domingos y carreras, a lo Caballé. He dicho lo que he dicho y si no cabe todo, al menos se intuye la bandera. Seamos españoles y normales, lo primero es de honor, el resto es humor de Mingote o de Gila, o de Tip, o de Berlanga, del que ayuda a vivir sin Guernicas y nos retrata. ¿Olé y Viva España! Vale.

PERIODISTA