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Tolo por ti

¿Dónde los pelotas?

JOSÉ MARÍA MÁIZ TOGORES  | 15.01.2017 
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En la enseñanza, ya no existen los pelotas. ¿Cómo? ¿Qué quieres decir? ¿Estamos en esas? ¿En la añoranza de un baboseo juvenil que alicataba un comportamiento humillante? In illo tempore, cuando uno entraba en el aula, siempre había un joven que se esmeraba en manifestar una fingida pero detonante alegría por el comienzo de la clase. Alambicaba los gestos con unas certeras palabras: "Hoy aprenderemos una barbaridad". Uno sabía que era una afectación habitual que desairaba al resto, pero que te inyectaba una prestancia literaria impermeable durante los cincuenta minutos que duraba la clase. Otros, en ese momento ceremonioso de la recogida de los libros utilizados, en la primera fila, susurraban en tono lo suficientemente alto, a un compañero, "me encantan las clases de José María". En un grado máximo de pelotilleo habitaban aquellos que, tras informarse de mi domicilio, de mi cumpleaños, o de la fecha de mi santo, me mandaban una pomposa y grandilocuente felicitación navideña o una tarjeta de cumplido agasajo por mi onomástica o aniversario. En algunos casos, si era anónima, y la mano femenina, podía ir acompañada de unos febriles y fogosos versos, bien de torpe autoría adolescente, bien de un reconocido poeta, en los que se expresaba cierta agitada veneración por mí. ¿Recuerdas, José María? Viene a mi memoria una joven alumna que, habilidosa hasta la extenuación en el conocimiento de mi horario de clases, me esperaba, en un sinfín de ocasiones, en la puerta de la sala donde se realizaban las fotocopias con una litúrgica sonrisa y una eterna predisposición para llevarme "a donde fuera menester, como dice mi abuelo" el montón de fotocopias que portaba yo. "Usted, con haber ideado los ejercicios tiene suficiente. Déjeme a mí que le lleve esas pesadas fotocopias", sentenciaba rubicunda y partisana la susodicha. Otro se esmeraba en que la silla donde yo me sentaba estuviera pulcra y casi purificada. Luego, con higiénica sonrisa, desplazaba la silla hacia atrás para que yo me sentara con inmaculada facilidad. "¿Qué tal el fin de semana? ¡Qué bonita camisa! ¿Ha corregido mucho? ¡Qué buen aspecto tiene! ¿Ha podido ir al teatro?". "Es que a José María le encanta el teatro", le explicaba a una compañera que alucinaba con la batería de oraciones que salían de la agraciada y obsequiosa boca de su amiga. Pero el máximo exponente del pelotilleo, y ya termino, tranquilos, se llamaba Jaime el Pelota. Este zalamero fluía sin viscosidad alguna en la adulación de los más diversos profesores. Si eran antagónicos, mejor, pues el ejercicio requería una despenalización de los comportamientos más dispares. Ponderaba con palabras exudadas de adoración al educador autoritario y sanguinolento a la par que esculpía una lisonja tan galante a la profesora condescendiente y bonachona y no le importaba plagiar al mejor adulador que inciensaba los éxitos del Madrid siendo fanático del Barça. Desfalco de la honradez. Pero le daba igual. Elegía a la "víctima" con certera competencia y se dirigía a ella con una carantoña profesional. "Es tan buen profesor que no necesita más tiempo", balbuceaba con un pavoneo execrable cuando defendía ante sus lenguaraces compañeros sus continuas ausencias. "Como dice mi padre, lo condensa todo. Aprende de él, hijo, aprende de él". Esperpento del desmesurado abuso de un falso profesional. ¿El alumno? ¿El profesor? Non cho sei. La nostalgia, en mi caso, turbia babeante los recuerdos.

Descansen en paz los alumnos pelota.

(*) El autor es profesor