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narración

Después del amor

Primer capítulo del libro de Sonsoles Ónega publicado recientemenete por Planeta y colocado desde el primer moemento a la cabeza de las listas de éxitos editoriales

06.08.2017 
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Barcelona,27 de septiembre de 1933
—¿Ha escuchado alguna vez silbar a los árboles en Tremolencs?
Carmen se escondió bajo el ala de su gorro de fieltro granatey negó con la cabeza.

—Algún día la llevaré.
Cuando alzó la mirada para buscar la suya, él ya no estaba allí. Había desaparecido del andén. Y, con él, las dos parejas de mozos y ese hombre que se había cuadrado de forma disciplinada cuando bajaron del tren. Como si hubiera sido unsueño. Como si nada hubiera ocurrido en realidad. Como si aquella persona solo fuera producto de un delirio. De una imaginación. Solo un deseo.

¿Cuánto hacía que no le hablaban con esa ternura? ¿Cuánto que un hombre no apreciaba su rostro? ¿Cuánto que alguien no se detenía un minuto a observar su inquietud y, como si la sintiera propia, se preocupaba por ella?

Carmen pensó que quizá, de ahora en adelante, serían los extraños los que se detuvieran en su tristeza. Ahora serena.
Ayer, agitada y soberbia. Había deseado tantas veces volver a ser aquello que fue, que una conversación vacía era capaz de colmarla.

Después de lo que había sucedido, del tiempo que lleva-ba aguantando sin tener derecho a réplica, conteniendo la furia como si fuera parte de sus obligaciones, había decidido imponerse.

Al precio que fuera.
Pensó que había llegado la hora de sacudirse la esclavitud.
Dejar de ser rehén de los acontecimientos que no controlaba, del peso de cumplir con su tiempo. Y con las circunstancias que la rodeaban, obligándola a actuar como debía. Y no como quería.
Había llegado el momento de aprender la lección.

La vida.
Así es.
Solo eso.

Vivimos una vez. Y no hay ensayos. Estrenamos cada día.
La Manola, Rosalía y los niños la esperaban en casa. Salió de la estación y sintió el calor del sol de La Garriga. Atrás dejaba cuarenta y dos kilómetros de vías desde Barcelona. Era la primera vez que cogía ese tren sola. Alguna vez había hecho el trayecto con José María.
«Al principio», pensó.

Al principio de todo, su marido José María Escardó viajaba con ella y pasaba a su lado los meses de verano en Villa María, la imponente casa palaciega propiedad de los Puig, una familia de industriales barceloneses, a quienes se la alquilaban durante todo el año.

En origen, la rentaba tía Esther, la soltera de la familia y a la que unos y otros fueron mejorando en sus testamentos para evitar que la soledad a la que había sido condenada la pillara desprovista de bienes. Tía Esther siempre había sentido predilección por su sobrino médico José María. Era, sin duda, una predilección interesada. Hasta el final de sus días, José María le tomó el pulso cada mañana y cada noche y le surtió de medicamentos a domicilio que, de tanto decirle que obrarían el milagro de la inmortalidad, la buena de tía Esther nunca llegó a saber que se había muerto. Una mañana, sin haber dado señales previas de enfermedad, tía Esther no despertó. Fue José María quien la encontró en la cama sin vida. El médico nunca se lo perdonó. Ni a sí mismo ni a la criada que no tuvo el acierto de reparar en lo tarde que se le había hecho a la señora. La familia tampoco le preguntó si había advertido algún signo inequívoco del acecho de la muerte porque, la verdad sea dicha, la vieja no dio señales.

Hasta la última noche, tía Esther se había comportado igual que siempre. Cenó una sopa de gallina y una tortilla a la francesa.

Bebió un vaso de leche y tomó sus pastillas. José María certificó que el pulso era correcto y se despidió de ella con el mismo ritual, que consistía en colocarle una manta sobre las piernas, un cojín detrás de los riñones y un libro en las manos.

Cuando leyeron el testamento de tía Esther, José María sintió algo de pudor al comprobar que había ordenado entregarle el dinero en efectivo que resultara de multiplicar el precio del alquiler de Villa María durante los siguientes veinte años de vida de su sobrino. El pudor le duró apenas unos días. El tiempo que tardó en recomponerse de la muerte de tía Esther y en recibir la suculenta cantidad que aseguraba sus veraneos en aquella torre de principios del siglo xx, de casi dos mil metros cuadrados de terreno.
Al poco de todo esto, Carmen pasó a ser señora de Escardó y nueva inquilina de Villa María. Casi se cae de espaldas al descubrir la majestuosidad de cada una de las estancias de la vivienda. Ni en sueños habría podido imaginar algo igual. O no al menos en los primeros sueños de su matrimonio con aquel joven médico que empezaba a hacer cartera de pacientes en la Barcelona de finales de los años veinte y que enseguida se dio a conocer entre la burguesía catalana que depositó en él toda su confianza.

Tampoco pasó mucho tiempo hasta que la pareja se mudó al número 253 de Rosellón, principal, segundo, entre paseo de Gracia y Rambla de Cataluña. La vivienda era tan grande que pudieron dedicar una zona amplia y luminosa a la consulta, otra a la sala de espera y a la de reconocimiento, y otra más para el ayudante, Conrado, un joven licenciado que aprendió allí más que en toda su vida. José María era un brillante observador con un ojo clínico elogiado por sus pacientes.

Lo de tía Esther había sido una excepción que confirmaba la regla. Sabía distinguir a la legua al enfermo del enfermo imaginario que vivía instalado en el dolor sin saber que lo que realmente necesitaba era una caricia. José María, pese a la bravura de su carácter, las dispensaba con una ternura que Carmen empezó a echar en falta al poco de nacer sus hijos. Entonces, su cuerpo, su rostro, su cuello se convirtieron en territorios abandonados por las manos de José María.

De eso habían pasado ya años.

Los tacones de Carmen rebotaban ahora sobre la arena, camino a Villa María. Discurría por el paseo entre frondosa vegetación y casonas que nada tenían que envidiar a la de tía Esther. La Garriga siempre le provocaba la impresión de que el tiempo se había detenido en algún momento impreciso de la historia. Carmen la prefería a Barcelona. Le gustaba su silencio en las noches de verano. El sonido de los grillos. El olor de los prados. El cántico armónico de las aves.

El pueblo acababa de celebrar la fiesta de la Virgen de la Mercè, que marcaba el fin del verano. Muchas de las casas, propiedad de familias de pomposo apellido, habían cerrado ya sus puertas hasta el año siguiente. Cada mes de septiembre se repetían las idas y venidas. De los de siempre que se marchaban devolviendo a las calles de La Garriga su caden-cia y una calma que aquel día a Carmen le pareció impostada.

Una a una, fue revisando las ventanas que hasta hacía solo unos días habían estado abiertas con sus cortinas descorridas, dejando que el aire se colara en los dormitorios, en los baños y en la cocina. Se le hizo extraño el silencio que había sustituido al rumor de las sirvientas. Ajena esa brisa de finales de verano que ya no transportaba el olor de los perfumes de las señoras que salían a pasear sus mejores galas o el de los puros de los caballeros que, henchidos de su fama de galanes, cortejaban a las señoritas solteras.

Pensó.
No había dejado de pensar desde que abandonó la estación y se sintió una extranjera en ese paseo tantas veces recorrido sola o en compañía. Sola o de la mano de José María.
Sola o con sus niños.
Sola.
Casi siempre sola.

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